martes, 4 de septiembre de 2012

Capitulo 7: "Un nuevo comienzo" (3ª parte)


Papá contrató a una enfermera para cuidar a madre cuando esta llegó a casa, y durante un tiempo parecía que se hubo calmado la tormenta. Papá y yo regresamos a la oficina en un horario regular y Belinda retomó su vida social. Todas las noches teníamos discusiones sobre lo que su futuro nos pudiera traer. Nuestro optimismo se elevó, porque incluso habló de matricularse en una universidad. Papá se comprometió a hablar con algunos de sus socios más influyentes y ver que podía hacer.
Madre comenzó su quimioterapia, la cual en un principio fue muy devastadora. Perdió el pelo rápidamente y se volvió apática y agotada la mayor parte del tiempo. La casa comenzó a parecerse más al ala de un hospital con la enfermera corriendo de un lado para otro, atendiendo las necesidades de madre, y las frecuentes visitas del médico.
Casi no me di cuenta de los primeros días de primavera, pero madre me lo recordó cuando me pidió que la llevara a ver las flores y escuchar a los pájaros. Las margaritas florecieron y las petunias se propagaron. El césped estaba iluminado por el sol lleno de azafrán. Los tulipanes, narcisos y junquillos, estallaron en un gran colorido sobre la tierra. Nuestros arboles estaban llenos y verdes, y una vez más, los enebros se balanceaban en las colinas al ritmo de la brisa cálida. Los veleros salían con más frecuencia los fines de semana. Parecía como si el mundo hubiera vuelto a la vida y con ella vino un motivo de esperanza y una posibilidad de ser más felices, un tiempo para dar luz al romance y las relaciones, un tiempo para esperar que algo maravilloso sucediera.
Sin embargo, me sorprendí un día, cuando un hombre joven, Samuel Logan, el hijo de un hombre que poseía una pequeña flota para la pesca de langosta y una compañía de distribución, vino a visitar a papá, pero pasó la mayor parte de su tiempo hablando conmigo. Era un hombre alto, bien construido, de poco más de un metro ochenta de altura. Tenía unos diabólicos ojos verdes que destacaban sobre tu tez oscura y pelo castaño claro. Yo pensaba que era por mucho el hombre más guapo que había mostrado interés por mí.
“Creo que es muy bueno que trabajes al lado de tu padre”, dijo. “Sé por unas cuantas conversaciones que he tenido con él que aprecia mucho tu trabajo. La mayoría de las mujeres que conozco son sólo una fachada. Quiero decir”, agregó rápidamente, “no hay nada malo con tener un buen aspecto. Pero tiene que haber algo más en el paquete.”
No le respondí y él parecía nervioso. “No me refiero a un paquete como un tipo de mercancía. Quiero decir, una persona completa. Supongo que no soy el mejor expresándome”, concluyó todavía sentado mirándome.
“Le entiendo”, dije finalmente. Su sonrisa encendió un brillo de felicidad e hizo que sus ojos se volvieran más verdes aún.
“Bueno”, dijo. “Entonces, ¿querrías venir a cenar conmigo esta noche?”
“¿Cómo dice?”
“Esto.. ir a cenar. Puedes elegir el restaurante, por supuesto”, agregó.
“¿Me estas pidiendo que vaya a cenar contigo?”
“Si, lo estoy haciendo”, dijo con firmeza. “Yo consideraría un honor que me enseñara Provincetown. Si estas libre, por supuesto”, agregó. “No quiero imponértelo. Quiero decir, si quieres pensarlo…”
“No es la decisión más importante que he tomado”, le dije. “¿Quieres algo diferente a marisco, supongo?, añadí, pero pareció demasiado parecido al conserje de un hotel que a una mujer a la que le acabaran de pedir una cita.
El sonrió.
“Nunca me canso de eso, pero me gustaría comida italiana.”
“Se de un lugar”, le dije.
“Sabía que conocerías algún lugar. ¿Quieres que haga la reserva?”
“Lo haré yo”, le dije. “Venga a las siete.”
“A las siete estaré”, dijo golpeándose las rodillas y, a continuación, se puso de pie. “Estoy deseando que llegue. Bueno, entonces, me despediré de su padre y seguiré mi camino.”
Lo vi tropezar consigo mismo mientras volvía a la oficina de mi padre. Hizo un gesto antes de irse. Me senté allí, sacudiendo la cabeza con asombro. No sabía cuánto tiempo había estado esperando a que alguien, que yo considerara guapo, alguien a quien Belinda considerara atractivo también, me pidiera una cita. Parecía que nunca fuera a suceder, y lo había hecho con tanta facilidad y tan rápido que me daba vueltas la cabeza. Fui a contárselo a papá.
“Así que al final te lo pregunto, ¿verdad?” dijo.
“¿Qué quieres decir?” empecé a sospechar. “¿No lo habrás hecho tu de nuevo?”
“No, no,” dijo rápidamente. “El me preguntó por ti y me dijo si podrías considerar la posibilidad de salir a cenar con él. Eso es todo. De verdad”, respondió él, levantando su mano derecha hacia mí.
“¿Quería invitarme a salir por su propia voluntad?”
“Si, Olivia, lo hizo. Deja de entrecerrar los ojos de esa manera. No deberías ser tan desconfiada.”
“¿Estamos asociándonos con  la compañía de su padre, papa?” el garabateo sobre una hoja de papel. ¿Papá?
“Podríamos”, admitió, “pero no tiene nada que ver con que Samuel Logan te haya pedido una cita.”
“¿Por qué me la pidió entonces?”
Se encogió de hombros.
“Eres una joven muy bonita y ya era hora de que llegara un joven apuesto para ti, Olivia”.
Yo le sostuve la mirada, hasta que él la apartó. Quería creerlo. Por un momento, pensé, me gustaría ser más como mi madre y como Belinda. Me gustaría darle una oportunidad a mis sueños y permitirme creer en ellos.
Cuando llegué a casa esa noche y le conté a madre que tenía una cita se puso muy contenta por mí. El color le volvió al rostro y se sentó en la cama mientras revisaba todas las opciones de vestuario que tenía. Tan pronto como Belinda llegó a casa y me vio preparándome para una cita, se emociono también. Era como si ella pensara que por el hecho de que yo saliera con un hombre se justificaba todo lo que ella hacía, como si yo me volviera más como ella. Se sentó en mi cama y me miró mientras recorría mi habitación, eligiendo pendientes, arreglando mi pelo. “¿Por qué no me dejas que te arreglé las uñas, Olivia? Soy muy buena en eso. Se las hice hoy a Kimberly”.
“Nunca me arreglo las uñas,”, le dije.
“Bueno, pues deberías. A los hombres les gustan las uñas pintadas. Y necesitas usar un pintalabios más oscuro.”
“No llevo pintalabios.”
“Oh”, dijo ella riendo. “Entonces, definitivamente lo necesitas, y deberías también arreglarte las cejas.”
“No voy a empezar a ser alguien que no soy, Belinda, sólo porque un hombre me haya invitado a cenar.”
“No tienes que cambiarte a ti misma, pero puedes hacerte más atractiva. No es ningún pecado”, declaró. “Estas compitiendo con otras mujeres”, concluyó.
“¿Qué?” me volví hacia ella. “No lo creo. Yo no le pedí que me invitara a cenar. Lo hizo por su propia voluntad.”
“¿Su qué?” sacudió la cabeza. “No importa. Cuando estás con un hombre debes verte mejor que las demás mujeres en las que él pueda fijarse. ¿Qué hay de malo en ello? Basta con peinarse de manera diferente. No dejes que caiga sin forma, y ponte algo de maquillaje. “Mira”, dijo abriendo su bolso, ”prueba esta sombra. A mi me va muy bien y tenemos la misma complexión.

 "¿Qué?" Me volví hacia ella. "No lo creo. Yo no le pido que me pregunte a cenar. Lo hizo por su propia voluntad."
Yo la miraba, sopesando la posibilidad.
“No te va a morder, Olivia. Si no te gusta como te ves, te lo puedes quitar.”
“Vale”, le dije.
Ella sonrió con una engañosa sonrisa diabólica como si me estuviera tentando a dar los primeros pasos hacia el pecado.
“Voy a arreglarte el pelo”, dijo de seguido y fue al baño a por mi cepillo.
“Espera, yo no he dicho…”
“Siéntate y déjame hacerlo, Olivia. Por una vez, deja que haga algo por ti”, suplicó.
Me quedé quieta un momento. Parecía sincera.
“Esta bien”, dije. “¿Cuál será la diferencia?”
“Ya lo verás. Habrá una gran diferencia”, prometió, y empezó.
Una hora más tarde, cuando mire mis cejas depiladas, el colorete en mis mejillas, mis labios, el pelo cuidadosamente peinado, me atreví a pensar que después de todo, podría ser tan bonita como Belinda.
“No tienes nada agradable que ponerte”, declaró. “Ponte uno de mis vestidos. Elije uno que sea un poco apretado por aquí”, dijo indicando el pecho, ”y,” susurró, “ponte mi sujetador con relleno nuevo”.
“Yo no necesito eso. Tengo un vestido muy apropiado.” Le mostré el vestido que madre había aprobado, un vestido de seda azul oscuro con el cuello de un encaje delicado. Belinda hizo una mueca. “No es nada sexy”, dijo. “Parece un vestido para ir a una de las fiestas del té de mamá.”
“No quiero lucir sexy. Quiero lucir decente y adecuada.”
“Aburrida”, cantó, corrió a su habitación y volvió con un vestido de noche negro de corte bajo. “Por lo menos pruébatelo,” dijo. “Con el sostén.2 Sostuvo las dos prendas hasta que yo las cogí. Entré al cuarto de baño para vestirme. Había pasado mucho tiempo desde que estuve desnuda delante de cualquiera, incluso de Belinda. Yo no quería que midiera mis pechos y estudiara mi cintura o mis caderas para ver si había algún tipo de grasa. Ella se había desarrollado más rápido de lo que debiera para su edad y su desarrollo no parecía querer parar, mientras que el mío llegó a un estancamiento y se paró.
Cuando salí, ella silbó.
“¿Esta es Olivia Ann Gordon? ¿Mi hermana?”
“Oh, para”, dije, entonces me miré en el espero. Nunca había estado tan sexy. El corazón empezó a aletearme en el pecho. ¿Me atrevería a salir con esa ropa? “No lo sé”, dije.
“Hazlo, Olivia. No te arrepentirás. Enséñaselo a mamá y papá, también.”
“No se”, dije de nuevo, pero me hizo ir al dormitorio de madre. Papá estaba allí, sentado a su lado. Los dos me miraron cuando entré, la cara de papá se llenó de sorpresa. Madre sonrió.
“Te ves absolutamente hermosa, querida”, dijo.
“Yo ya sabía que tenía dos hermosas hijas”, dijo papá. “Cualquier hombre tendría que estar ciego para no darse cuenta, Olivia.”
“¿No es demasiado, mamá?”
“No, yo creo que te ves muy bien”, dijo.
“¿Ves?” se jactó Belinda. “Yo lo hice. Yo la arreglé.”
“Es por eso por lo que no estoy segura”, le dijo, pero mi madre hizo un gesto de aprobación. “De acuerdo, voy a salir así”.
“¿A dónde vas?” preguntó papá.
No me lo podía creer.
“¡Oh, no. Me olvidé de hacer la reserva!” Lloré. Madre se echó a reír. Me apresuré a realizar la llamada confiando en que no habría ningún problema. YO quería que fuéramos a Toni Pont. Para mí siempre fue un lugar muy especial. Afortunadamente, no hubo problemas para hacer una reserva a las siete y cuarto. Todo lo que me quedaba por hacer era esperar a Samuel Logan.

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