lunes, 3 de septiembre de 2012

Capitulo 7: "Un nuevo comienzo" (2ª parte)


“Bueno, Wiston”, comenzó, “el problema de Leonora no radica en el estómago, pero como sabes, ella se ha abandonado a sí mismo mucho tiempo. Tengo miedo de las consecuencias. Ella también tenía miedo. Yo creo que eso es lo que le ocasionaba los problemas estomacales. Voy a hacerle algunas pruebas en su estómago, pero estoy seguro de que ya conoce la causa. En cuanto a su problema más grave”, continuó, “por desgracia estaba en la negación, negándose a creer que podría ser cualquier cosa. Espero que tuviera razón. Vamos a hacer una biopsia de inmediato. Mientras tanto voy a tratarle los dolores de estómago. Si eso es todo lo que hay…” “¿Qué piensa usted?” le pregunté directamente. Mi corazón latía frenéticamente, tecleando una melodía de miedo en la jaula de mis costillas, pero papá parecía incapaz de hablar.
“Es menor no hacer conclusiones sin tener el trabajo de laboratorio, Olivia,” respondió el doctor Covington.
“Sin embargo, hay una posibilidad de que sea maligno?, preguntó papá finalmente.
“Por supuesto que la hay. Es por eso que las mujeres no deben jamás descuidar los síntomas”, dijo el doctor Covington, mirándome más a mí.
Papá dio un pequeño gemido.
“No vamos a asumir lo peor. Déjame hacer lo que tengo que hacer para obtener un diagnóstico firme, Wiston. Vamos a realizar la biopsia. Me he puesto en contacto con el doctor Friedman en Boston, un especialista que es además amigo y colega. Él va a llamarme tan pronto como tengan los resultados”.
Papá asintió con la cabeza.
“El mal tiempo no ha parado en ningún momento. Parece que es una tormenta fuerte”, comentó el doctor Covington, mirando por las ventanas delanteras. “Ella está descansando cómodamente ahora. Le di algo para ayudarla a dormir. Ustedes dos también podrían ir a casa. Vuelvan más tardes, Wiston.”
“Estaremos en la oficina en caso de que nos necesitaran”, dijo papá.
“Buena idea. Mantente ocupado”, dijo el doctor Covington. “Parece que haya tormenta en nuestra familia también”, murmuró papá después de que el doctor nos dejara.
“Ya oíste lo que dijo, papá. No debemos asumir lo peor”.
Él asintió con la cabeza, pero no había optimismo en sus ojos.
Tuvimos un horrible viaje hasta la oficina, pasamos hasta dos accidentes por el camino. La tormenta siguió hasta el final de la tarde. La mayor parte del día, papá y yo estuvimos muy ocupados, pero de vez en cuando, se detenía en al puerta de mi oficina y me decía que no habían llamado.
“Creo que ella estará descansando cómodamente ahora mismo”, comentó. “Vamos a ir antes de la hora de la cena, y luego podemos ir a un restaurante”, decidió. “¿Ha llamado Belinda?
“Solo esta mañana”, le dije.
“Es mejor que esté ocupada a que nos atosigue”, dijo.
Como ella no llamó en toda la tarde, la llamé a casa de Kimberly. El teléfono sonó por tanto tiempo que pensé que nadie iba  a contestar. Kimberly finalmente lo hizo, pero me hizo esperar casi un minuto mientras Belinda lo cogía. “Ahora te iba a llamar”, dijo rápidamente. Parecía sin resuello.
“¿Qué estabas haciendo?”
“Nada”, contestó. “¿Cómo está mamá? ¿Volverá a casa mañana?”
“Difícilmente, Belinda. Le han hecho una biopsia  y le están tratando su problema de estómago.” Le expliqué todo y ella se quedó en silencio.
“Papá quiere que los tres vayamos a verla y luego a cenar a algún restaurante en la ciudad”, le dije. “¿Puedes estar aquí en una hora?”
“Oh, si. Bruce me llevará.”
“¿Bruce? ¿Quién es Bruce?”
“Bruce Lester, el primo de Kimberly. Es muy guapo, pero apenas esta en undécimo curso”, dijo.
Yo no quería hacer más preguntas. Tenía miedo de las respuestas. Llegó cuarenta y cinco minutos más tarde y fuimos todos a ver a madre. El sedante que el médico le había recetado para calmarla le había dado sueño. Ella dormitaba mientras estábamos allí. Vi que Belinda se sentía incomoda al verla con la intravenosa puesta. Por último, papá decidió que debíamos salir.
Una vez fuera del hospital, Belinda sacó el tema una y otra vez acerca de su día, describiendo a sus amigas, muchas de las cuales no había visto en mucho tiempo. Ni papá ni yo le prestamos mucha atención, pero ella no parecía darse cuenta, o no le importaba.
“Todo el mundo piensa que estoy mejor sin Carson. Todos dicen que habría sido un matrimonio desastroso. Su madre habría estado interfiriendo en todo, dando su opinión y haciendo mi vida miserable. Las cosas terminan como deben ser”, concluyó.
Papá la miro, apenas había comido.
“Muy bien, Belinda,” le dije. “No estás inscrita en ninguna escuela. No tienes ninguna habilidad para conseguir empleo. No tienes ninguna perspectiva en este momento. Las cosas han salido muy bien”, dije secamente.
Ella se echó a reír.
“No te preocupes. Voy a tener perspectivas cuando las necesite”, dijo con tanta confianza que me molestó. Papá levantó las cejas y luego negó con la cabeza. “Vamos a preocuparnos por vuestra madre en este momento y nada más”, declaró finalmente.
Puso fin al balbuceo de Belinda, lo cual yo agradecí. En el momento en que entramos en casa, Belinda corrió escaleras arriba para coger el teléfono y continuar con sus bromas con quien quisiera escucharla. Sentí pena por papá. Él parecía mucho más viejo y cansado. Toda mi vida imaginé que los huesos de mi padre eran de acero. Ningún hombre tenía una mirada más dura ni inspiraba más respeto. No fue tan doloroso como aterrador verlo débil y derrotado.
Se sirvió un poco de brandy y se sentó en su oficina mirando por la ventana al cielo, hasta que estuvo demasiado cansado como para mantener los ojos abierto.
Belinda no fue con nosotros al hospital por la mañana. Ella no se levantó a tiempo y tanto papá como yo pensamos que sería mejor no tenerla alrededor mientras esperábamos al doctor.
“Su estómago está mejor”, explicó el médico, “ella ha comido. Esta descansando ahora”.
“¿Cuándo tendrá los resultados?”, le pregunté.
“Tardarán, por lo menos, otro día”, dijo. “Esta tarde llamaré al doctor Friedman.”
Sentí que él esperaba lo peor. ¿Por qué sino iba a consultar con un especialista en tan poco tiempo? Yo no le había dicho nada al respecto a papá. Fuimos a ver a madre que nos pregunto de inmediato donde estaba Belinda.
“Luego vendremos con ella, mamá”, le dije. “No se levantó temprano y ni papá ni yo teníamos paciencia para esperarla”, le explique. Vi dolor en su rostro.
“¿Qué será de ella?”, murmuró.
“Va a estar bien”, le dije.
“Por supuesto que lo estará”, coincidió papá. “Una mujer joven, bien parecida y que vive en un hogar como el nuestro. ¿Cómo puede no estar bien?”, gruñó.
Madre asintió con la cabeza, pero no lo hizo con confianza. Nuestros ojos se encontraron por un momento y vio mis verdaderos sentimientos. Yo no podía mentir, no a madre y, especialmente, no cuando se trataba de Belinda.

Como yo había previsto, lo peor pasó. Era casi anticlimático. A veces, se puede sentir la tragedia entorno a uno mismo. Aparece en el viento, una bestia gris, grande con una gran cola, y se pega a tu alma, como un parásito, succionando la esperanza y la felicidad.
El doctor Covington nos llamó a su oficina al día siguiente por la tarde. Esta vez, Belinda había venido con nosotros. Ella se sentó en silencio, en su cara se reflejaba, de repente, la inocencia de una niña de cinco años aterrada.
“Me temo que la biopsia fue positiva, Winston”, comenzó el doctor Covington.
“¿Eso es bueno?”, susurró Belinda, demasiado fuerte.
“Lo siento”, dijo el doctor, “pero no, no es bueno. El doctor Friedman piensa que hay que realizar la mastectomía, y después comenzar con la quimioterapia.”
“¿Cuándo?” le pregunté antes de que papá pudiera reabsorber su aliento.
“Podemos programarla para este martes en Boston”, respondió.
Papá asintió con la cabeza, los hombros caídos.
“Entonces vamos a hacerlo”, dijo con firmeza, pero había preocupación en sus atormentados ojos oscuros.
“La vamos a trasladar a Boston hoy y prepararemos la operación”, dijo el doctor Covington.
“¿Lo sabe¿”, le pregunté.
“Si”, dijo el doctor. “Yo no creo que la clandestinidad de un diagnóstico sea positiva para el paciente”, dijo.
“¿Se lo dijo? Pero ella se habrá asustado”, se quejó Belinda.
“En realidad, ella lo tomó bastante bien”, dijo el doctor Covington. “Tu madre me miró y dijo: Así es como lo arreglaré. Cerraré los ojos y cuando los abra se habrá ido.”
Comencé a sonreír. Las lágrimas asomaron a mis ojos. Así es como era madre, pensé.
“La tormenta del otro día”, dijo papá con un profundo suspiro cuando salimos de la consulta del doctor, “no es nada en comparación con la tormenta que tenemos por delante”.
Seguimos a la ambulancia que la llevaba a Boston. A veces penaba que Belinda estaba mas entusiasmada porque nos alojaríamos en un hotel en Boston, comeríamos en restaurantes y tendría tiempo para hacer algunas compras, de lo que estaba preocupada por madre. No me importa, me espetó, y ella continuó hablando y actuando como si fuera un niño haciendo un viaje emocionante. Por último, en el hotel, ella se echó a llorar después de que la reprendiera por coquetear con el botones.
“Estoy tan asustada como tú, Olivia, y muy preocupada. Sólo estoy tratando de no pensar en ello. No me importa lo que pienses sobre eso. Tu cerebro es como… como un castillo en comparación al mío que es una casa, no tengo tanto espacio en mi casa y no soy tan fuerte como tu, así que ¡deja de gritarme!” declaró, con el rostro retorcido por el dolor.
La miré un momento. Ella estaba en lo cierto, pensé. “No vamos a discutir ahora”, declaró papá. “Tenemos que parecer fuertes y alegres para vuestra madre”.
“Bueno, entonces dile que deje de meterse conmigo”, se quejó Belinda.
“No voy a decir una palabra más. Haz lo que quieras. Puedes hacer el tonto todo el día, por toda la ciudad”, le dije. Ella estaba satisfecha.
Con el tiempo, papá cedió a algunas de sus peticiones y siempre que no estaban en el hospital, él la llevaba de compras y le daba dinero para ir a los grandes almacenes. Las cajas se amontonaban en la habitación del hotel. Se estaba quedando sin ideas, incluso me había comprado cosas a mí.
El cirujano nos dijo que la operación había ido bien, pero que los resultados y el pronóstico tendrían que esperar hasta después de la quimioterapia. Tan pronto como ella se recuperara completamente de la operación, iban a comenzar la terapia, y podría realizarla en un  hospital o en casa.  
Al tercer día después de la operación, madre estaba más boyante y alerta de lo que la había visto en mucho tiempo.
“Mira”, nos dijo, “sabía que los médicos arreglarían las cosas.”
Belinda vio la recuperación de madre como una oportunidad para hablar sobre todas las cosas que había comprado y todos los lugares a los que había ido. Aquello divirtió a madre, y yo empecé a preguntarme si la forma de ser de Belinda no sería tan mala después de todo. Se rieron mucho y el espíritu de papá se levantó también.

No hay comentarios:

Publicar un comentario