jueves, 30 de agosto de 2012

Capitulo 7: "Un nuevo comienzo" (1ª parte)


Papá espero hasta por la mañana para contarle a madre la situación de la boda de Belinda. Se lo tomó muy mal y, de hecho, fue incapaz de bajar a desayunar. Era un día gris, el cielo estaba bajo, plagado de nubes plomizas y un fuerte viento soplaba desde el mar. Papá pensó que teníamos tormenta y salió con Jerome para asegurarse de que todas las cosas estuvieran amarradas firmemente. El invierno había sido tan leve este año que todos pensábamos que la tormenta pasaría de largo. Sin embargo, según avanzaba el día, las predicciones de papá se hicieron realidad.
Subí inmediatamente a visitar a madre cuando papá nos informó que ella no se sentía lo suficientemente bien como para bajar a desayunar.
“No tiene hambre”, añadió, “Voy a mandar que le suban una taza de té.”
“Yo la llevaré”, le dije y me fui a la cocina para hacerlo. Belinda ya había hecho planes para pasar el día en casa de Kimberly Hughes donde yo estaba segura de que se unirían a sus otras amigas goma de mascar que no tenían nada que hacer, para escuchar la rota historia de amor con Carson. Me imaginaba las exageraciones y el histrionismo de Belinda. Ella realmente disfrutaba de ser el centro de atención. De hecho, estaba tan absorta en sus planes que apenas preguntó acerca de nuestra madre.
Casi se me parte el corazón al ver a madre tan pálida y con los ojos llenos de lágrimas, el enrojecimiento alrededor de los párpados era tan brillante que parecía como si las gafas rojas hubieran despintado hasta sus ojos. Sus labios comenzaron a temblar en cuanto me acerqué a la cama. Ella se acercó a mí con su mano inerte y fría.
“Olivia, ¿qué paso? Winston está diciendo algo que no tiene sentido. ¿Por qué se canceló la boda? Todos los planes que hemos hecho, la lista de invitados, la decoración y los…”
“Por favor, no permitas que eso te aflija, madre”, le dije. “Beba una taza de té. Tiene que meter algo caliente en el estómago.”
“Lo haré”, dijo, “pero siéntate aquí y dime todo lo que sabes.”
La taza de té se tambaleó precariamente contra el platillo cuando ella me la quitó de las manos. Se la llevó a sus labios y apenas dio un sorbo, sus ojos buscando mi rostro con ansiedad en busca de pistas sobre el borde la taza. Me senté a su lado en la cama.
“Ninguno de nosotros deberíamos sorprendernos realmente por estos acontecimientos, madre,” comencé con calma. “Siempre hemos tratado de proteger a Belinda de sí misma. Siempre hemos tratado de mantener sus errores y pecados enterrados.”
Madre dio un respingo al oír esa palabra y me detuve, dándome cuenta de la referencia al bebé prematuro que yacía enterrado en el patio trasero de nuestra casa.
“Al mantener las cosas ocultas, o solo las muestras a medias siempre corres el riesgo de ser expuesto de una forma aún más terrible. Eso es lo que ocurrió con Belinda. Carson se enteró de algunas de sus indiscreciones pasadas y estaba muy disgustado. Belinda no sabía como tratar con él. De hecho, ella le dijo aún más de lo que el sabía. Ella había estado fingiendo ser virginal e inocente en su compromiso. El contraste entre la ilusión y la realidad fue lo que, probablemente, le espantara más que otra cosa”, le dije. Me detuve, miré mis manos y le pregunté: “¿Papá te contó sobre el anillo de compromiso?”
“¿Qué pasa?
“No me gusta decir cosas cuando estás enferma.”
“Estoy bien. Dime”, suplicó.
“Disfruté de su té, madre. Por favor.”
Se obligó a hacerlo. Vi por la forma de cerrar los ojos y por la mueca que hizo que incluso el té le molestaba. Asimismo, mi corazón latía con fuerza. “Hoy te va a ver un médico”, insistí, “incluso si tengo que obligarte.”
“Muy bien, Olivia. Muy bien. Decías algo acerca de un anillo de compromiso”.
“Ella lo tiró por la ventanilla del coche cuando Carson se enfado por las mentiras”.
“¿Qué? ¿Quieres decir que…” Ella sacudió la cabeza como si quisiera sacudirse mis palabras de los oídos.
“Se ha perdido. No lo podrá encontrar. Es como buscar un determinado pez en el océano”.
“Oh, querido, querido. ¿Qué van a pensar y decir de lo que hizo con ese caro aniño?”
“Lo superarán”, vaticiné, pero ella negó con la cabeza, esta vez con deliberada lentitud.
“No, será como el asunto de Potter”, dijo. Madre se refería a la infame historia de Helen Potter, hija de un multimillonario distribuidor de cervezas y vinos en Hyannis Port, que, después de haber sido prometida con el hijo de un adinerado constructor de Boston, fue descubierta desnuda en la cama con su mejor amiga. Decían que aquel suceso era del todo inocente, pero el daño ya estaba hecho y los planes de boda se cancelaron. Helen fue enviada a Europa y finalmente desapareció bajo una montaña de historias, algunos describieron su cambio de nombre y su boda con un barón húngaro, otros decían que se había convertido en una prostituta lesbiana en París y que vivía en la indigencia. La verdad realmente no importaba. La verdad es que se convirtió en médico y vivía en California, pero los Potter se convirtieron en personas no gratas a la hora de los eventos sociales y nunca se recuperaron. El señor Potter llegó a tener un derrame cerebral y murió solo con su esposa y sus sirvientes a su lado. Se había convertido en objeto de bromas y chistes simplistas, pero los padres ansiosos acerca de su condición social utilizaban a menudo el asunto de los Potter como una amenaza para mantener a sus hijos e hijas dentro de los límites del buen comportamiento.
“No será tan grave como eso, madre. Todo el mundo sabe como es Belinda, saben que es impulsiva y tonta.”
“¿Qué será de ella?”
“Con el tiempo ella encontrará a alguien mas, estoy segura!, le dije, pero no con verdadera convicción. Madre cerró los ojos y asintió con la cabeza. Luego me entregó la taza y el platillo. “Tienes que beber más”, le dije.
“Estoy cansada. Déjame descansar, Olivia.”
“Voy abajo a hablar con papá para que vayas a ver a un médico o este venga aquí, mamá.”
“Son sólo mis nervios”, dijo.
“No pueden ser sólo nervios. Ha durado demasiado y…”
“Me he olvidado de algo y estoy nerviosa por eso”, confesó de repente.
Me quedé mirándola, mi corazón latía con fuerza.
“¿Qué estás diciendo, madre? ¿Qué olvidaste?”
“Hace un tiempo me di cuenta de que tenía un pequeño bulto, no más grande que un guisante”.
“¿Un bulto? ¿Dónde?”
“Aquí”, dijo tocándose el pecho izquierdo. “Se lo comenté al doctor Covington, de pasada, y él me aconsejó que me hicieran un examen, pero yo… yo pensé que se quitaría solo.”
“¡Madre!”
“No se ha quitado. Se ha agrandado un poco y estoy en ascuas pensando en ello. Es por eso que no puedo comer y el porqué estoy tan cansada.”
“Mañana irás al médico,” ordené. “Voy a ir directamente a decírselo a papá.”
Ella no opuso ninguna resistencia.
“De acuerdo, pero no le preocupes. Podría no ser nada en absoluto.”
“Siempre y cuando veas al médico”, le dije.
“Lo haré”.
Me levanté y fui corriendo a decirle a papá que madre había accedido a ver a un médico, pero no cumplí con mi promesa. Le dije el por qué estaba tan nerviosa. Se puso pálido y llamó al doctor Covington inmediatamente.
“Me ha dicho que se puso en contacto varias veces con ella para hacerle el examen. ¡Dios mío, no nos dijo nada! Debería haber estado más preocupado por su mala salud.”
“Ella lo hará ahora, papá.”
“¿Qué? ¡Oh! El médico dice que es mejor que la llevemos al hospital de inmediato, sobre todo después de lo que dijo sobre que el bulto esta cada vez más grande. Él va a revisarle y hacerle las pruebas”, concluyó papá.
“Voy a ayudarla a vestirse”, dije, y corrí hacia la escalera al mismo tiempo en que Belinda bajaba.
“Vamos a llevar a madre al hospital,” le dije. Ella se quedo parada.
“Oh, ¿por qué?”
“Tiene un bulto en el pecho. Es por eso por lo que ha estado tan nerviosa últimamente”.
“Un bulto ¿quiere decir eso que tiene cáncer? Uf”.
“A veces no es nada serio, pero muchas veces puede ser cáncer”, le dije.
“¿Cáncer?” Pensó durante un momento y luego preguntó ¿Qué va a pasar?”
“Tienen que examinarla y hacerle unas pruebas.”
“Oh, vale, ¿qué debo hacer?”
“Haz lo que creas que debes hacer”, repliqué, y subí las escaleras para ayudar a madre a vestirse.
Belinda fue a casa de su amiga, pero quedó con papá en que nos llamaría y, si era necesario, ella iría al hospital. El tiempo empeoró con mucha rapidez, sin embargo, tuvimos al suerte de llegar al hospital. La lluvia caía fuertemente y el cielo era plomizo. Seguía lloviendo fuerte cuanto Belinda llamó. Papá le dijo que se quedará donde estaba. Eso, le aseguré, no le rompería el corazón a Belinda.
Pero lo que realmente estaba en su apogeo era el exterior. El viento rompió las ramas de los arboles. El tráfico se colapso. El cielo se volvió más, y más oscuro hasta que parecía de noche. La lluvia continuaba, cayendo ahora en gotas frías y heladas que salpicaban contra los cristales y golpeaban las paredes y tejados. Las luces se encendían y apagaban. Todo el mundo estaba corriendo por los pasillos, agotados por el furor de la tormenta.
Afortunadamente, el doctor Covington había llegado al hospital cinco minutos antes que nosotros, y estaba allí para supervisar la entrada de madre.
El doctor Covington acababa de cumplir los sesenta años, pero todavía tenía la cabeza llena, de lo que mi madre llamaba, pelo de camaleón. A la luz del día o con luces brillantes, su pelo parecía de color ámbar, pero por la noche o con luces tenues se veía marrón oscuro. Él ha sido nuestro médico de familia desde que puedo recordar. Un hombre de voz suave, de pocas palabras, sin embargo, firme y decidido cuando hacía un diagnostico y prescribía un tratamiento. Recuerdo haber pensado que tenía un temperamento y una disposición perfecta para un médico: confianza hasta el punto de ser arrogante, pero a causa de eso, me sentía segura, sentía que estábamos en buenas manos. Belinda, de vez en cuando, se quejaba de que el doctor Covington era demasiado frio.
“Tiene microscopios por ojos y termómetros por dedos”, se quejó ella. En aquel momento Belinda solo tenía 12 años y pensé que era gracioso. “Deja de reírte. No tiene sangre en las venas. Tiene jarabe para la tos”.
“No te tiene que gustar, Belinda. Él no es candidato a ningún premio de popularidad. No tiene que obtener votos. Tú simplemente escúchalo y haz lo que el te diga que hagas”.
“No me gusta”, insistió.
“Entonces no enfermes”, le dije.
El doctor Covington no era muy alto, tal vez un metro sesenta, pero nunca pensaba en él más que como impresionante e imponente. Estaba casado y su único hijo, un hijo, había ido a la escuela de medicina también, y se estableció en un hospital en Connecticut. A mamá le gustaba su esposa Ruth, pero ella era una persona muy tranquila y no era aficionada a seguir la vida social. Rara vez aceptaban invitaciones para cenar y organizaba muy pocas en su casa, la mayor parte de sus invitados eran los socios y los familiares.
Papá y yo esperábamos en el vestíbulo del hospital, intentando distraernos y pasar el tiempo leyendo revistas y, en ocasiones, hablando con algún empleado. Por fin, el doctor Covington apareció.