sábado, 30 de junio de 2012

Capitulo 6: "Uvas Agrias" (2ª parte)


Después de terminar la contabilidad de papá fui a comer y salí a leer al mirador. Era un día de sol glorioso con unas nubes blancas, como la leche, magistralmente colocadas en el cielo azul. El mar estaba en calma, los veleros parecían pintados por el pincel de un artista en el lienzo del Océano Atlántico. Había un olor fresco y delicioso a aire salado. Aquello realmente me hizo apreciar y amar nuestro hogar. Yo no podría ser de ningún otro sitio. Aquí era donde me gustaría hacer mi vida, encontrar mi propio marido y criar mi familia. Me sentía segura de ello, mas segura que de mi misma, a pesar de los recientes acontecimientos. La naturaleza misma había demostrado a mí alrededor y enseñado la lección: el fuerte finalmente gana. Es solo cuestión de tiempo.
No llevaba allí mucho tiempo cuando una pequeña bomba explotó, Belinda entró por la puerta trasera de la casa, las lágrimas corrían por sus mejillas, las manos levantadas como si la tuvieran sujeta por las cuerdas de una marioneta.
“¡Ya lo has conseguido! ¡Ahí estás! Traidora. Eres una hermana celosa, horrible.”
Ella corrió por el césped, sus tacones altos se hundían en la hierba y estuvo a punto de tropezar. Se quitó los zapatos y los arrojó con rabia antes de continuar hacia mí.
“¿Qué pasa, Belinda? ¿Por qué has vuelto tan pronto?” le pregunté con calma, bajando mi libro hasta el regazo.
Ella se enfureció por un momento, balbuceó y luego se sujeto a la barandilla.
“Le dijiste a Carson porque me expulsaron de la escuela”, la acuso, su dedo índice apuntando hacia mi como un cuchillo. Pude ver que ella quería que ver algo en mis ojos.
Me encogí de hombros.
“Él ya sabía que habías salido precipitadamente antes de terminar la escuela”, le dije, todavía con la voz suave y controlada.
“Si, si, pero el pensó que era porque quise irme, porque yo había sido acusada de robar a alguien una estúpida joya”.
“¿Qué? Yo no sabía eso, Belinda. ¿Cómo se supone que debo saber todas las mentiras que les dices a la gente? Si habías inventado una historia para tapar lo que hiciste deberías habérmela contado para qué yo pudiera corroborarla cuando Carson me preguntará. Pensé que le habías dicho la verdad, así que yo…”
“Así, ¿qué? ¿Cómo has podido decirle que yo fui sorprendida en la cama con dos chicos?”
“Yo no lo dije eso”, dije, ahora hablando con seguridad convincente. Después de todo para algo la tenía. “Nunca he dicho que fuiste sorprendida en la cama con nadie.”
“¿No lo hiciste? Pues, el dijo que… así que pensé en eso justamente, y entonces le dije. Oh, le dije demasiadas cosas y demasiado rápido”, exclamó.
“Si, apuesto a que lo hiciste. Le ofreciste más información de la que tenías que darle. Pero ese el peligro de construir una relación sobre mentiras, Belinda. Nunca se sabe cuando se te va a derrumbar encima.
“El estaba muy sorprendido y no dejaba de hacerme preguntas sobre la academia. Pensé que alguno de los muchachos había hablado con él, que se jactó de haberme dejado… embarazada.
“Se jactaba de haberte. ¿Le dijiste que estabas embarazada?”
Ella me miró.
“´Si, algo así.”
“¿Quieres decir que le dijiste que habías estado embarazada?”
“No exactamente. El quería saber si yo podía tener hijos. Nunca habíamos hablado antes de niños, así que yo no sabía que decir. Dijo que tal vez yo no podía tener hijos y le dije que por supuesto que podía. Luego quiso saber porque estaba tan segura. Yo no le dije nada, pero…”
“No es tan estúpido como esperabas, ¿es eso?” Le pregunté. Ella sacudió la cabeza.
“No lo sé. Se enfadó tanto conmigo que paro el coche, dio la vuelta y me trajo a casa. Dijo que tenía que pensar en todo esto.
Belinda puso mala cara, abrazándose a si misma.
“Estoy muy nerviosa”, se quejo ella.
“Si el te ama tanto como piensas un pequeño malentendido no tiene importancia”, le dije.
Levantó los ojos hacía mí.
“¿Qué debo hacer? ¿Qué debo decirle?”
“Si él te llama y te reclama, dile que tiene que estar contigo como eres o no estarlo. Eso es lo que yo diría”.
“Si”, asintió ella moviendo la cabeza. “Imagínalo, dándose la vuelta y llevándome de nuevo a casa después de prometerme que me llevaría de compras y a cenar. ¿Qué debo hacer yo ahora el resto del día? Estoy vestida, peinada y maquillada”.
“¿Vas a decirle eso?”
“No debería haberme hecho esto. Lo haré”, dijo. “Voy a llamarlo e insistiré en que vuelva”.
“Hace un día muy agradable”, le dije mirando el mar. “Si no vuelve, sal aquí fuera y lee un rato”.
“¿Leer? ¡Leer! Tengo cosas por comprar. Yo quería una capa nueva para mi vestido de terciopelo rojo”, se quejó.
“Yo voy a estar aquí” le dije, “si no vas a Boston puedes hacerme compañía”.
Me miró un momento y luego, mordiéndose el labio inferior, con sus ojos brillantes, se dio la vuelta y se dirigió a la casa.
Miré hacia la casa de botes. Imagina si Carson se entera de eso, pensé. Es probable que de vueltas al asunto durante varios días. Aquel pensamiento trajo una sonrisa a mis labios. Me acorde de una cita que había leído recientemente. “Un hombre se enamora a través de sus ojos, una mujer a través de sus oídos.” Carson McGill fue el mejor ejemplo de ello, concluí. Tal vez algún día yo lo borde un día en una funda de almohada y se lo envíe para que pueda dormir con la sabiduría en su cabeza. Hombres, pensé con desdén.
Volví a mi libro, contenta conmigo misma.

Belinda estuvo enfurecida durante el resto del día, porque Carson no había estado en casa para recibir su llamada furiosa y no devolvió la llamada hasta entrada la noche. Acabábamos de terminar de cenar en un ambiente de velatorio. Belinda puso mala cara después de despotricar sobre lo mal que Carson la había tratado. La cara de papá se torno en un profundo ceño fruncido, los ojos oscuros, la frente arrugada, signo de que estaba meditando. Madre sigue teniendo problemas de estómago, comió poco, gimió de dolor de vez en cuando y se sentó con los labios temblorosos la mayor parte del tiempo. Belinda comió mucho menos. Ella normalmente tenía un apetito voraz. Intenté construir una conversación hablando sobre el nuevo libro que estaba leyendo y lo hermoso que había sido el día.
“Bueno, pues no fue hermoso para mí”, nos recordó Belinda. “Pasé la mayor parte del tiempo esperando una llamada”.
“Eso me sorprende, Belinda”, le dije. “Nunca dejes que un hombre manipule así tu vida”. Ella me miró durante un momento y luego parpadeó y asintió.
“Tienes razón”.
“¡Dios mío, Dios mío!, se quejó mamá.
“Estas molestando a tu madre”, advirtió papá. Era más como un gruñido. Belinda regresó a su mal humor y yo comí en silencio.
Tan pronto como terminó la cena, mamá se fue a su habitación, aferrándose el estómago. Pensé que tenía la tez pálida, pastosa.
“¿Por qué no va al médico?”, le pregunte a papá. El miró hacia la puerta, pensativo.
“Ya ha ido. Por el momento creo que son los nervios. Todo el asunto de Belinda”, añadió con un gesto con la mano. Belinda había vuelto a su habitación. “¿Qué pudo haber pasado entre ellos?, preguntó.
“Lo único que sé es que tuvieron algunas conversaciones acerca de su pasado, papá. Carson no estaba contento con ella, y ella le dijo más de lo que tenía que decir, supongo. Usted sabía que algún día él llegaría a conocer alguna de sus indiscreciones. Las personas no pueden mantener los chismes bajo llave en una provincia más de lo que se puede en otro lugar”.
“Umm”, dijo. “No creo que nada de eso importe una vez que se encuentren de camino al altar”, murmuró.
De repente, oímos a Belinda bajando las escaleras con rapidez, saltando los escalones. Ella corrió hasta el comedor para anunciarnos que Carson por fin había llamado.
“Bien”, dijo papá.
“¿Y?” le pregunté al ver una mirada de irritación en los ojos de Belinda.
“Solo quiere venir a recogerme para hablar, no para llevarme a cualquier sitio agradable. Estará aquí en diez minutos, espero que traiga tapones para los oídos, porque tengo la intención de darle una buena reprimenda en primer lugar”.
“No digas nada de lo que te puedas arrepentir después, Belinda”, advirtió papá. “Una persona madura piensa antes de hablar.”
“Yo sé que una persona madura esa así, papá. No es ser madura dar la vuelta cuando vas de camino a Boston  y decidir que no puede hacer algo que prometió, no contestar el teléfono y no devolverme la llamada en todo el día tampoco es ser maduro, ¿verdad? Creo que en este asunto yo he sido la más madura.
“Todo lo que quiero es que tengas en cuenta que os vais a casar pronto. Tú tienes que construir una vida con él y no quiero que vayas y lo eches a perder todo ahora”, aconsejó papá. “Es Carson, quien está echando a perder las cosas”, insistió.
“No pude contener una sonrisa, apreté los labios para que papá no lo pudiera ver. Belinda podía ser muy testadura cuando dejaba que su orgullo y arrogancia se convirtieran en plomo. A ese aspecto no se parecía a nadie que conociera, ni siquiera a papá.
Belinda se fue al baño a comprobar su maquillaje. Un poco más tarde, Carson estaba en la puerta, sin embargo Belinda no le permitió entrar. Ella le saludó y salió con él, sacándolo de la casa de inmediato.


sábado, 16 de junio de 2012

Capitulo 6: "Uvas Agrias" (1ª parte)


Durante las semanas que transcurrieron desde que me enfrenté a Nelson y finalmente me enteré de su compromiso, me permití fantasear acerca de nosotros. Me castigo a mi misma por haber sido tan estúpida, incluso más que Belinda porque ella podía fantasear para luego olivarse de él y pasar a fantasear con otra persona, mientras que yo trataba a mis sueños romos como si fueran reliquias de familia, destrozados sin posibilidad de repararse.
Yo había pensado en telefonear a Nelson. Me imaginé que algo había ocurrido en nuestra conversación en el coche, que el creía que yo era excepcional, tal especial que quería saber y hablar más conmigo. Yo era sustancial. Seguro que alguien tan inteligente y tan ambicioso como Nelson se daría cuenta de la importancia de tener una esposa con sus mismas cualidades.
Me imaginaba que el despertaría una mañana y se golpearía la cabeza diciendo: ¿Qué estoy haciendo? He tenido delante a Olivia Gordon todo el tiempo, sin ataduras, atractiva y sensible y voy y tengo citas nocturnas con sus hermana menor, arriesgando mi carrera, mi reputación, la reputación de mi familia, y ¿para qué?”  En cualquier momento el teléfono de la oficina o el de casa sonaría y sería Nelson preguntándome si querría cenar con él la noche que regresara de la universidad. Yo fingiría pensarlo y luego aceptaría, nos volveríamos a ver y pasaríamos una velada maravillosa, descubriendo que realmente tenemos los mismos intereses y ambiciones. La cita se convertiría en otra y otra, y en las próximas semanas, unos meses a lo sumo, me pediría que me casara con él. La boda de Belinda sería seguida por el anuncio de mi compromiso y la inminente boda. Esos días mi cabeza se elevaría tan alto y tan lejos que olvidaría las penurias. Y por fin sería recompensada por ser la hija buena.
Las palabras de Papá sobre Nelson, parecieron un trueno en mi cabeza, una tormenta, las nubes de incredulidad se arremolinaban, airosas, alrededor de mis pensamientos en una tempestad de agonía.
“El coronel acaba de llamar para decirme que Nelson está comprometido con Louise Branagan. Su abuelo era juez supremo. Saldrá en todas las columnas sociales la próxima semana y están planeando una fiesta de compromiso para un mes después de la boda de Belinda.”
Apenas reaccioné. Solo lo miré fijamente, mi expresión en blanco enmascaraba mi corazón aplastado. “Creo que esto esta muy lejos de lo que había pensado sobre el matrimonio de Nelson y Belinda ¿eh?”
“Si, papá”, le dije, y pensé que los dos nos habíamos equivocado.
Yo no serví para nada el resto de este día y durante los días que siguieron. Yo deambulaba por la casa, me escondía de la gente y sobre todo, evitaba a Belinda, su risa y sus sonrisas flotaban por la casa, como si ella estuviera hecha de aire y nosotros de arcilla. Ella seguía suspirando por la maravillosa vida que ella y Carson iban a tener, una casa nueva, ropa, coches, los viajes que habían planeado.
“Hemos decidido… en realidad, he decidido… que vamos a ir de luna de miel a las Bermudas. Nos vamos a hospedar en el hotel más caro. Fui a una agencia de viajes y le dije que me encontrara lo mejor sin reparar en gastos. Solo tengo que acostumbrarme a soportar a Carson McGil. “¿Crees que llegaré a acostumbrarme Olivia?” Ella sonrió.
“Cuando te casas con alguien, Belinda, debes preocuparte por él. No debes arruinarle ni hacerle daño de ninguna manera. Tú y él, se supone, que debéis estar juntos, para bien o para mal. Se supone que tenéis que mirar el uno por el otro”, le dije.
“Eso es ridículo. No debe, tiene que mirar siempre por mi. Siempre debe mirar por mi, protegerme, exhibirme, que habla todo lo posible para hacerme feliz”, replicó ella.
 “¿Y tú no harás nada para hacerle feliz?”
“Si yo estoy feliz, él será feliz, si yo estoy triste, el va a estar triste”, amenazó. “Carson lo ha aprendido ya y lo ha aceptado. Él sabe que si me quiere tiene que tomarme como soy, y , mi quería hermana, me quiere, me quiere mucho, mucho.”
Ella se rió y susurró.
“Le he estado prometiendo la más grande de las noches de luna de miel, el placer más allá de su salvaje imaginación, y deberías ver la forma en que babea. Yo juro que su lengua cuelga como la de un perro. Él trata cada uno de mis besos como si de una joya se tratara, así que he decidido no darle muchos besos. Él cree que me asusta el sexo”.
Negué con la cabeza e hice una mueca hacia ella.
“No voy a ser infeliz, Olivia”, insistió apretando los labios. “Estoy haciendo todo esto porque casarme con Carson es bueno para la familia, pero no tengo porque ser infeliz por eso ¿no? “Dios nos libre,” le dije. “En un principio sentí lástima por ti, Belinda. Pensé que podían estar obligándote a hacer algo que tu no queráis, pero ahora me doy cuenta de que es por Carson por quien debo sentir pena, no por ti.”
“Eso que terrible. ¡Qué cosa más horrible acabas de decir.” Ella sonrió, sus ojos brillando como la luz de la luna. “Oigo el ding-dong de los celos”, cantó.
“Eso no es cierto.”
“Ding-dong, ding-dong”.
“¡Basta!.
“Bueno, pues deja de hacerme sentir mal. Carson está muy contento por tenerme. Si se le preguntara o día, el diría que es el hombre más afortunado del mundo. Él seguramente lo es. Se va a casar con la mujer de sus sueños,” añadió y se fue creyendo su propia propaganda.
Ella estaba muy lejos de ser la mujer de sus sueños. Me enfermaba pensar que todos los hombres fueran tan ingenuos y ciegos como Carson McGil, pero esa era la manera en que los miraba yo ahora. Incluso Nelson Childs fue engañado por mi hermana.
Un sábado por la noche, poco después, Carson llamó a Belinda para llevarla de compras a Boston. Ella se había jactado ante mi de cómo el gastaba gran parte de su dinero en ella y en como iba a insistir en que la llevara a uno de esos elegantes restaurantes de la ciudad. Después ella se quedaba dormida en el coche y el la llevaría a casa como un chofer.
“Y”, añadió con confianza, “está muy feliz de hacerlo”.

Papá fue a pescar con algunos de los socios de la empresa, y mamá estaba arriba en su habitación, aquejada de otro de sus dolores de estómago. Esos dolores le daban con más frecuencia últimamente. Ella lo achacaba a su propio nerviosismo por la inminente boda de Belinda y por todos los preparativos. Yo le creí.
Carmelita recibió a Carson y le dijo que esperara en la sala de estar. Yo estaba en el despacho de papá revisando algunos proyectos de ley que él me había pedido que mirara. Oí el timbre de la puerta, escuche la conversación entre Carmelita y Carson y volví al trabajo. Momentos más tarde, sin embargo, me sorprendí cuando Carson abrió la puerta del despacho y me miró.
“Oh, siento la interrupción,” dijo con una débil sonrisa. “Estoy esperando a Belinda. Ella se retrasa,” agregó.
“Como siempre”, le dije. “Está bien, Carson. Adelante, por favor,” le dije que se sentara en el sillón de cuero de papá. Parecía Ricitos de Oro sentada en la silla de Papá Oso.
“Este es un despacho muy agradable. Tiene… personalidad. Puedo ver a tu padre aquí. La habitación se le ajusta como un guante”, murmuró, observando alrededor con su mirada y evitando la mía. ¿Por qué mi presencia le ponía tan nervioso? Me pregunté.
“¿Está todo bien entre tú y Belinda? Le pregunté directamente.
Se dio la vuelta bruscamente y asintió con la cabeza.
“Oh, sí, claro. Es un momento emocionante para los dos. Ella quiere proceder correctamente”, agregó. “Al fin”, murmuré.
“¿Perdón?”
“Nada. Es estupendo que estéis los dos tan felices”, dije, y me senté en la silla de la mesa de trabajo con la intención de regresar al proyecto de ley y poner fin a aquella tonta charla antes de que realmente hubiera comenzado.
“Bueno, tenemos nuestros altos y bajos, como cualquier joven pareja, pero en general…”
Me miró fijamente. Él estaba asustado en su última etapa como soltero, pensé. Tal vez no era tan tonto como parecía. De repente sentí pena por él.
“Mi hermana es muy afortunada por haber encontrado una pareja como usted, Carson”. “Oh, no”, dijo con modestia, con el rostro carmesí, “yo soy el afortunado”.
“Es muy generoso por tu parte decir eso”, dije, “teniendo en cuenta su pasado turbulento”.
“¿Qué? Sonrió con interrogación en sus ojos, “¿Pasado turbulento?”
Se sujeto el sombrero contra el pecho como si fuera un escudo que le protegiera de las adversidades.
Sonreí con dulzura amargura.
“Bueno, ahora que eres prácticamente un miembro de nuestra familia, no esta demás que seas consiente de que Belinda en el pasado tuvo problemas. Ella estaba a punto de terminar la escuela, ya lo sabes, pero no funcionó y tuvimos que traerla de regreso a casa”.
“Oh, eso sí”, dijo con una mirada de alivio. “Ella me lo contó todo.”
“¿Te lo contó? ¿Te contó el qué? Tuve que sentarme de nuevo, apretando las manos.
“Como fue acusada erróneamente de haber robado joyas del dormitorio de una chica, y que las demás, por celos, se pusieron en contra de ella. No podía seguir viviendo bajo esas condiciones”, declaró con la firmeza de un protector. “¿Ese es el cuento de hadas que ella inventó?”.
“¿Cómo dice?”
“Belinda fue expulsada, Carson. Da igual que conozcas la verdad. Lo vas a tener que descubrir algún día.”
“Expulsada por robo”, dijo asintiendo con la cabeza.
“No, no por robar”, le contesté. Se quedó mirándome un momento, miró la puerta y se arrellanó en el sillón.
“¿Qué fue entonces?”
“Vamos a llamarlo promiscuidad”, le dije. Sus cejas casi saltaron de su rostro.
“¿Promiscuidad?” hizo una pausa, intentado reunir valentía suficiente para decir sus palabras. “¿Quieres decir de naturaleza sexual?”
“Yo no conozco ningún otro”, dije tan dulcemente como pude. “Pero aprendió la lección, al igual que de las otras cosas”, le dije. “Usted no debe preocuparse por ello ahora”.
“¿Qué otras cosas?”
“Los problemas que tenía cuando estaba en la secundaría”, le dije con toda la indiferencia que pude. “Todas las niñas tienen algunos”.
“¿En serio?”
“No hay nadie que tenga lo que tiene Belinda, pero Belinda es Belinda”, le contesté. “¿Qué se supone que significa eso?
“Todos somos diferentes, Carson. Algunas personas son más liberales con su cuerpo que otras, tienen más apetitos. Eso es lo que le da emoción a la vida, ¿verdad? ¿no lo distingues? La amas por ser quien es ella ¿no?”
“Yo… yo creía que sabía quien era ella.”
“Bueno, ¿qué hablas con ella, no habláis de vuestro pasado?” le pregunté con inocencia.
“Me contó todo sobre ella, si, pero nunca menciono la promiscuidad… ¿Qué dice usted? ¿Expulsada por ello? ¿Qué tipo de promiscuidad? Quiero decir, ¿Qué hizo?”
“Tienes que entender que era mucho menos madura que ahora,” le dije.
“No fue hace mucho tiempo”, respondió rápidamente.
“Los acontecimientos de su madurez”, le dije. “A veces se madura cuando las cosas son más grandes de lo que esperamos.” “¿Quiere decir que fue una especie de escándalo?”
“Casi. Papá lo detuvo antes de que comenzara,” me jacté.
El negó con la cabeza, los ojos vidriosos, entumecido.
“No tenía ni idea. ¿Quién más lo sabe?”
“Además de la familia… los administradores de la escuela, las otras chicas, y, por supuesto, los chicos involucrados”, le dije.
“¿Chicos? ¿Quieres decir que había más de uno?”
“Oh, ¿por qué hablar de algo que una niña hizo cuando era joven e inmadura, Carson? Ella no es esa chica ahora, ¿verdad? Esa no es la chica con la que se ha comprometido, la chica con la que va a construir una casa, la chica con la que quiere tener a sus hijos, si todavía puede tenerlos, por supuesto.”
¿Qué? ¿Por qué no iba a hacerlo?”
“Eso es un asunto completamente diferente, Carson. Yo no me siento bien discutiendo esto con el futuro esposo de Belinda. Es algo que deben hablar entre usted, su esposa y su medico”, añadí.
“No sabía… no tenía ni idea de nada de esto”, dijo sacudiendo la cabeza. “No suelo poner atención a los chismes y se muy poco de las amistades de Belinda. No conozco a ninguna de sus amigas, en realidad.”
“No te pierdas nada”, le dije. “Sus amigos son… sobre todo indeseables. No creo que usted quiera que ninguno de ellos entre en su casa, y mucho menos que asistan a su boda.”
Su boca se abrió.
“Lo siento”, dije, “pero le prometí a mi padre que revisaría y corregiría estos documentos hoy y…” “Oh, si”. Él se levantó.
Habíamos escuchando a Belinda bajando las escaleras. Mi miro con la expresión de un hombre que estaba a punto de enfrentarse a su destino.
“Carson McGil”, cantó en el pasillo. “¿Dónde te escondes? Sé que usted no se atrevería a llegar tarde a una cita. ¿Carson?”
Empezaba a salir de la oficina cuando Belinda apareció en la puerta.
“Ahí estás. ¿Visitando a Olivia? Qué bien. Nosotros vamos a ir a Boston, Olivia”.
“Lo sé. Me lo has dicho ya dos veces, Belinda.”
“No te cansas de hacer el trabajo de los hombres”, dijo con una sonrisa picara.
“No es trabajo de hombres. No es trabajo de mujeres. Solo es trabajo”, le dije. “Esa es una palabra que no esta en el vocabulario de Belinda”, le expliqué a Carson. Él asintió con la cabeza.
“Y no quiero que esté en mi vocabulario”, se quejó ella, “Disfrutar”, siguió, “esa es palabra será el invitado más valioso en mi casa. ¿Nos vamos Carson, querido?”
Él la miró y luego a mí.
“Es mejor que nos vayamos”, anunció.
“Que paséis un buen día”, les dije. Carson asintió con la cabeza y salió de la habitación. En los ojos de Belinda apareció una pequeña chispa de recelo por un momento y luego, cualquier pensamiento cruzó en su mente y desapareció siendo sustituida por su habitual fanfarria.
“Gracias, Olivia. Lo haremos”, prometió e hizo girar con rapidez su mano para colarla por debajo del brazo de Carson.
Les oí salir de la casa y todo se quedó en silencio otra vez. La pequeña bola que tenía instalada en al parte inferior del estómago se disipó y olas de alegría cálida viajaron a mi corazón, que rezumaba satisfacción a través de mis venas. Viendo como la cara de Carson se hizo añicos igual que una mascara de plástico me hizo sentir bien. Los hombres deben sentir el peso de su propia estupidez. Se debe de sentir caer el talón de la verdad caer sobre sus pies desnudos.
No tenía sentimientos de culpa. Si Carson no podía aceptar a Belinda por como era, ese era su problema y no el mío. Algún día, iba a venir a verme y me daría las gracias por ser tan honesta, por ser la única que se atrevió a abrirle los ojos. Belinda tendría que ser honesta con él también. Un matrimonio debe de tener la verdad como parte principal en su fundación, ¿no? Fue un error por parte de papá el haber mantenido todo esto en secreto. ¿Cómo podría gustarle comprar un barco que tenía las articulaciones del casco débiles? ¿Le gustaría descubrir la verdad cuando ya estuviera en alta mar? Bueno, es lo mismo para Carson McGil, ¿no? Un día, meses después de su matrimonio, la verdad acerca de Belinda saldría a la luz y Carson se sentiría como un hombre en un barco que se hunde. Era mejor hacer las cosas a sabiendas de los peligros y las debilidades de su pequeño bote del amor.
Durante un tiempo, esa tarde, me sentí como alguien que había llevado a cabo un gran acto de caridad. ¿Quién me iba a criticar por asegurar que el matrimonio de mi hermana se basase en la confianza? Sí, me sentí bien. Me sentí como si me hubieran dado un abrazo cada mujer decente y sensible de Estados Unidos y si los hombres como Nelson Childs y McGil Carson no lo entendían, bueno, mala suerte. Algún día, lo harían.