miércoles, 5 de septiembre de 2012

Capitulo 7: "Un nuevo comienzo" (4ª parte)


Llegó con casi quince minutos de retraso y se disculpó alegando que se había perdido mientras buscaba nuestra casa.
“Tomé el camino equivocado y un anciano me dio unas indicaciones también equivocadas”, explicó, con la mirada en continuo movimiento de mi cara a la de Belinda que se encontraba detrás mía esperando a ser presentada.
“Esta es mi hermana Belinda”, dije finalmente. Ella casi se abalanzó sobre él, subió su mano a su rostro como si esperara que el se la besara en lugar de estrechársela.
“Oh, si. Puedo ver el parecido”, dijo Samuel.
“Olivia piensa que ella se ve demasiado sexy con uno de mis vestidos”, espetó Belinda.
“¡Belinda!”
“No, está muy bien”, dijo Samuel mientas le sonreía. Ella pestañeó y sonrió tímidamente.
“Eso es lo que le dije. Ves, Olivia”, dijo Belinda con la mirada fina en Samuel.
“Llegamos tarde”, le dije. “No quiero perder la reserva.”
“Correcto”, dijo Samuel. “Encantado de conocerte, Belinda.”
“Igualmente, seguro”, dijo. Se echó a reís y salió de la casa.
“No sabía que tenías una hermana”, dijo Samuel. “Tú padre nunca lo mencionó”. Me abrió la puerta del coche y entre sin responder. “¿A dónde vamos?” preguntó cuando se puso al volante. “Toni Pont. Es un lugar pequeño, pero tienen una comida estupenda y una bonita vista desde todas las mesas”, le dije.
“Suena perfecto. ¿Qué hace tu hermana? ¿Trabaja con su padre también?”
“Belinda no hace nada”, le dije bruscamente.
“¿No hace nada?”
“Ella juega”, le dije.
“Oh. Usted tiene una vida más agradable”, dijo. “No es de extrañar que su padre piense más en ti”.
“Tú y mi padre, al parecer, hablan mucho de mi”, le dije.
Se echó a reír.
“Bueno, ya que podríamos convertirnos en socios, pensé que sería una buena idea. Tú y yo finalmente tomaremos el control de las empresas de nuestra familia. Por supuesto, la tuya es mayor que la mía, e incluso nos podrían absorber, pero puedo pensar en una mejor asociación para Empresas Logan”.
“¿No tiene hermanos o hermanas?”
“No. Mi madre murió cuando yo era joven y mi padre nunca se volvió a casar”.
“A veces, me gustaría ser hija única”, murmuré. Él me escucho y se echo a reír.

Tuvimos la suerte de conseguir una mesa junto a una ventana que daba al agua y a una buena vista del faro. Unas luces, que parecían de un crucero de lujo, parpadeaban en el horizonte y el cielo tenía un resplandor púrpura.
“Este restaurante ha sido una elección excelente, Olivia. Veo que puedo dejar que tomes todas las decisiones importantes de mi vida”, dijo Samuel.
“¿Tu vida? No estoy en tu vida, solo estoy cenando con usted, Samuel”.
Su sonrisa parecía la sonrisa de alguien que tenía un profundo y oscuro secreto.
“Eso es un descuido que espero que pronto se corrija”, comento. Su valentía casi me hace reír en voz alta. A petición suya, pedí para los dos.
Como de costumbre la comida estaba deliciosa. Sabía que había bebido demasiado vino porque sentía el calor en mi cuello y rostro. Samuel llevó la mayor parte de la conversación, hablando de si mismo, su educación, su familia y sus planes.
“He viajado un poco, pero todavía tengo que encontrar un lugar tan maravilloso como este. ¿Hay alguno?”
“No he viajado mucho”, le dije, “pero me gusta estar aquí”.
“Exactamente. Yo ya sabía, desde la primera vez que la vi, que usted y yo teníamos mucho en común, y no me refiero solo a los intereses empresariales”, dijo.
Incluso habiendo bebido demasiado vino, ese comentario me levantó las cejas por la sorpresa. ¿Qué es lo que tenemos en común? Yo aún no había oído nada que pudiera ser significativo en ese sentido. Parecía que para él todo parecía suficiente para creerlo.
Tuve que admitir que él era un hombre simpático, afable. Parecía maduro para su edad. “¿Te gusta navegar?”, preguntó.
“Si, pero no soy muy buena haciéndolo. Soy mejor pasajera.”
“Perfecto”, declaró. “Yo soy bueno navegando y un pasajero terrible. Me gusta mantenerme ocupado mientras estoy en el barco. Incluso ayudo a nuestros pescadores y hago el trabajo básico. En ese momento pensé en padre, siempre decía que esa era la mejor manera de aprender un negocio, no solo servía heredarlo. “Parece que a usted le pasa lo mismo en su negocio”, dijo.
Se inclinó sobre la mesa y cogió mi mano.
“Me gustaría llevarla mañana a navegar. Tal vez podríamos preparar un almuerzo. Sería un día perfecto.”
“No sé”, dije. “Mi madre no está bien y me podrían necesitar”.
“Siento mucho lo de tu madre. Espero que mejore, y también espero que tengas un par de horas libres. Te llamaré por la mañana, ¿vale?”
“Bueno… está bien”, le dije.
“Bien”.
El se aferró a mi mano y yo le dejé cogerla hasta que oí una voz conocida, una voz que sólo necesitaba pronunciar una palabra, una sola silaba para hacer que mi corazón se acelerara.
Era Nelson Childs, estaba en la entrada de la mano de una mujer alta y elegante, morena con unos suaves ojos azules y una figura que parecía moldeada por un escultor.
“Olivia, que alegría verte”, dijo haciendo una pausa. “Me gustaría que conocieras a mi novia, Louise Branaga. Louise, esta es Olivia, una vieja amiga”, dijo. Pensé que había puesto demasiado énfasis en lo de vieja. Ella me tendió la mano.
“Mucho gusto”, dijo con una sonrisa brillante. “Igualmente”, le dije. “Él es Samuel Logan”.
“Conozco a Samuel”, dijo Nelson rápidamente y los dos se sonrieron con aire conspirador.
“¿En serio?”
“Si, nos hemos visto unas cuantas veces durante estos días, ¿verdad, Samuel?”
“Por lo menos unas cuantas copas”, dijo Samuel. “Hola Louise. Encantado de verte de nuevo.”
Los miré y mi sorpresa fue floreciendo en mi cara como una erupción.
“Espero que vengan a la fiesta de compromiso la próxima semana. A mis padres se les fue la mano y exageraron”, dijo Nelson. Entonces su rostro se puso más serio. “¿Cómo está tu madre, Olivia?”
“Ella está haciendo lo mejor que puede”, le dije. Yo estaba esperando a ver si se atrevía a preguntar acerca de Belinda, pero él asintió tristemente con la cabeza.
“Bueno, no quiero interrumpirlos más. Disfruten y esperamos verlos pronto”, dijo.
“Ha sido un placer conocerte”, me dijo Louise dándose la vuelta y continuó hacia su mesa.
 “¿No son una pareja agradable?” dijo Samuel admirándolos.
“Estoy cansada”, le dije. “Ha sido un día largo y tengo que ir a ver como está mi madre.”
“Oh, por supuesto. Pediré que nos traigan la cuenta”, declaró y le hizo una señal a nuestro camarero.
Samuel fue el único que habló mientras íbamos de camino a mi casa. Yo sólo lo escuchaba a medias, recordando el repentino encuentro que habíamos tenido con Nelson. Parecía aún más elegante y maduro que nunca, y me molestó que Louise Branagan fuera cogida de su brazo. ¿Por qué se tendría que haber comprometido con ella?
“Así que la voy a llamar a eso de las diez de la mañana, ¿te parece bien?”
Cuando Samuel lo dijo ya estábamos en la entrada de casa. La reja estaba abierta para nosotros.
“¿Qué? Oh, si”.
“Lo pase maravillosamente, Olivia. De verdad”, dijo parando el coche. “Espero que tu también disfrutaras de la cena”.
“Si, lo hice, Samuel. Gracias.”
Se inclinó y me dio un beso rápido en la mejilla. “Estoy deseando que llegue mañana. Lo deseo muchísimo”
Una vez más su audacia me tomó por sorpresa. Sólo pude asentir con la cabeza. Se levantó rápidamente y se precipitó a abrirme la puerta del coche. Me acompaño hasta la puerta principal y allí me puso las manos sobre los hombros para que lo mirará.
“Buenas noches”, dijo y se inclinó para besarme en los labios. “Me siento como un pirata que ha descubierto un tesoro enterrado”, dijo y se volvió hacia su coche, y yo me quedé allí, sin palabras en la puerta.

Cape Cod es famosa por su clima, famosa por la forma en que una tormenta puede cambiarlo todo en una misma mañana. No es de extrañar que a Samuel Logan le gustara esto, pensé, entre en casa y me ruborice, abrumada por su energía y determinación. Alguien había encendido un fuego en él, concluí. Sólo esperaba que ese alguien fuera yo.

martes, 4 de septiembre de 2012

Capitulo 7: "Un nuevo comienzo" (3ª parte)


Papá contrató a una enfermera para cuidar a madre cuando esta llegó a casa, y durante un tiempo parecía que se hubo calmado la tormenta. Papá y yo regresamos a la oficina en un horario regular y Belinda retomó su vida social. Todas las noches teníamos discusiones sobre lo que su futuro nos pudiera traer. Nuestro optimismo se elevó, porque incluso habló de matricularse en una universidad. Papá se comprometió a hablar con algunos de sus socios más influyentes y ver que podía hacer.
Madre comenzó su quimioterapia, la cual en un principio fue muy devastadora. Perdió el pelo rápidamente y se volvió apática y agotada la mayor parte del tiempo. La casa comenzó a parecerse más al ala de un hospital con la enfermera corriendo de un lado para otro, atendiendo las necesidades de madre, y las frecuentes visitas del médico.
Casi no me di cuenta de los primeros días de primavera, pero madre me lo recordó cuando me pidió que la llevara a ver las flores y escuchar a los pájaros. Las margaritas florecieron y las petunias se propagaron. El césped estaba iluminado por el sol lleno de azafrán. Los tulipanes, narcisos y junquillos, estallaron en un gran colorido sobre la tierra. Nuestros arboles estaban llenos y verdes, y una vez más, los enebros se balanceaban en las colinas al ritmo de la brisa cálida. Los veleros salían con más frecuencia los fines de semana. Parecía como si el mundo hubiera vuelto a la vida y con ella vino un motivo de esperanza y una posibilidad de ser más felices, un tiempo para dar luz al romance y las relaciones, un tiempo para esperar que algo maravilloso sucediera.
Sin embargo, me sorprendí un día, cuando un hombre joven, Samuel Logan, el hijo de un hombre que poseía una pequeña flota para la pesca de langosta y una compañía de distribución, vino a visitar a papá, pero pasó la mayor parte de su tiempo hablando conmigo. Era un hombre alto, bien construido, de poco más de un metro ochenta de altura. Tenía unos diabólicos ojos verdes que destacaban sobre tu tez oscura y pelo castaño claro. Yo pensaba que era por mucho el hombre más guapo que había mostrado interés por mí.
“Creo que es muy bueno que trabajes al lado de tu padre”, dijo. “Sé por unas cuantas conversaciones que he tenido con él que aprecia mucho tu trabajo. La mayoría de las mujeres que conozco son sólo una fachada. Quiero decir”, agregó rápidamente, “no hay nada malo con tener un buen aspecto. Pero tiene que haber algo más en el paquete.”
No le respondí y él parecía nervioso. “No me refiero a un paquete como un tipo de mercancía. Quiero decir, una persona completa. Supongo que no soy el mejor expresándome”, concluyó todavía sentado mirándome.
“Le entiendo”, dije finalmente. Su sonrisa encendió un brillo de felicidad e hizo que sus ojos se volvieran más verdes aún.
“Bueno”, dijo. “Entonces, ¿querrías venir a cenar conmigo esta noche?”
“¿Cómo dice?”
“Esto.. ir a cenar. Puedes elegir el restaurante, por supuesto”, agregó.
“¿Me estas pidiendo que vaya a cenar contigo?”
“Si, lo estoy haciendo”, dijo con firmeza. “Yo consideraría un honor que me enseñara Provincetown. Si estas libre, por supuesto”, agregó. “No quiero imponértelo. Quiero decir, si quieres pensarlo…”
“No es la decisión más importante que he tomado”, le dije. “¿Quieres algo diferente a marisco, supongo?, añadí, pero pareció demasiado parecido al conserje de un hotel que a una mujer a la que le acabaran de pedir una cita.
El sonrió.
“Nunca me canso de eso, pero me gustaría comida italiana.”
“Se de un lugar”, le dije.
“Sabía que conocerías algún lugar. ¿Quieres que haga la reserva?”
“Lo haré yo”, le dije. “Venga a las siete.”
“A las siete estaré”, dijo golpeándose las rodillas y, a continuación, se puso de pie. “Estoy deseando que llegue. Bueno, entonces, me despediré de su padre y seguiré mi camino.”
Lo vi tropezar consigo mismo mientras volvía a la oficina de mi padre. Hizo un gesto antes de irse. Me senté allí, sacudiendo la cabeza con asombro. No sabía cuánto tiempo había estado esperando a que alguien, que yo considerara guapo, alguien a quien Belinda considerara atractivo también, me pidiera una cita. Parecía que nunca fuera a suceder, y lo había hecho con tanta facilidad y tan rápido que me daba vueltas la cabeza. Fui a contárselo a papá.
“Así que al final te lo pregunto, ¿verdad?” dijo.
“¿Qué quieres decir?” empecé a sospechar. “¿No lo habrás hecho tu de nuevo?”
“No, no,” dijo rápidamente. “El me preguntó por ti y me dijo si podrías considerar la posibilidad de salir a cenar con él. Eso es todo. De verdad”, respondió él, levantando su mano derecha hacia mí.
“¿Quería invitarme a salir por su propia voluntad?”
“Si, Olivia, lo hizo. Deja de entrecerrar los ojos de esa manera. No deberías ser tan desconfiada.”
“¿Estamos asociándonos con  la compañía de su padre, papa?” el garabateo sobre una hoja de papel. ¿Papá?
“Podríamos”, admitió, “pero no tiene nada que ver con que Samuel Logan te haya pedido una cita.”
“¿Por qué me la pidió entonces?”
Se encogió de hombros.
“Eres una joven muy bonita y ya era hora de que llegara un joven apuesto para ti, Olivia”.
Yo le sostuve la mirada, hasta que él la apartó. Quería creerlo. Por un momento, pensé, me gustaría ser más como mi madre y como Belinda. Me gustaría darle una oportunidad a mis sueños y permitirme creer en ellos.
Cuando llegué a casa esa noche y le conté a madre que tenía una cita se puso muy contenta por mí. El color le volvió al rostro y se sentó en la cama mientras revisaba todas las opciones de vestuario que tenía. Tan pronto como Belinda llegó a casa y me vio preparándome para una cita, se emociono también. Era como si ella pensara que por el hecho de que yo saliera con un hombre se justificaba todo lo que ella hacía, como si yo me volviera más como ella. Se sentó en mi cama y me miró mientras recorría mi habitación, eligiendo pendientes, arreglando mi pelo. “¿Por qué no me dejas que te arreglé las uñas, Olivia? Soy muy buena en eso. Se las hice hoy a Kimberly”.
“Nunca me arreglo las uñas,”, le dije.
“Bueno, pues deberías. A los hombres les gustan las uñas pintadas. Y necesitas usar un pintalabios más oscuro.”
“No llevo pintalabios.”
“Oh”, dijo ella riendo. “Entonces, definitivamente lo necesitas, y deberías también arreglarte las cejas.”
“No voy a empezar a ser alguien que no soy, Belinda, sólo porque un hombre me haya invitado a cenar.”
“No tienes que cambiarte a ti misma, pero puedes hacerte más atractiva. No es ningún pecado”, declaró. “Estas compitiendo con otras mujeres”, concluyó.
“¿Qué?” me volví hacia ella. “No lo creo. Yo no le pedí que me invitara a cenar. Lo hizo por su propia voluntad.”
“¿Su qué?” sacudió la cabeza. “No importa. Cuando estás con un hombre debes verte mejor que las demás mujeres en las que él pueda fijarse. ¿Qué hay de malo en ello? Basta con peinarse de manera diferente. No dejes que caiga sin forma, y ponte algo de maquillaje. “Mira”, dijo abriendo su bolso, ”prueba esta sombra. A mi me va muy bien y tenemos la misma complexión.

 "¿Qué?" Me volví hacia ella. "No lo creo. Yo no le pido que me pregunte a cenar. Lo hizo por su propia voluntad."
Yo la miraba, sopesando la posibilidad.
“No te va a morder, Olivia. Si no te gusta como te ves, te lo puedes quitar.”
“Vale”, le dije.
Ella sonrió con una engañosa sonrisa diabólica como si me estuviera tentando a dar los primeros pasos hacia el pecado.
“Voy a arreglarte el pelo”, dijo de seguido y fue al baño a por mi cepillo.
“Espera, yo no he dicho…”
“Siéntate y déjame hacerlo, Olivia. Por una vez, deja que haga algo por ti”, suplicó.
Me quedé quieta un momento. Parecía sincera.
“Esta bien”, dije. “¿Cuál será la diferencia?”
“Ya lo verás. Habrá una gran diferencia”, prometió, y empezó.
Una hora más tarde, cuando mire mis cejas depiladas, el colorete en mis mejillas, mis labios, el pelo cuidadosamente peinado, me atreví a pensar que después de todo, podría ser tan bonita como Belinda.
“No tienes nada agradable que ponerte”, declaró. “Ponte uno de mis vestidos. Elije uno que sea un poco apretado por aquí”, dijo indicando el pecho, ”y,” susurró, “ponte mi sujetador con relleno nuevo”.
“Yo no necesito eso. Tengo un vestido muy apropiado.” Le mostré el vestido que madre había aprobado, un vestido de seda azul oscuro con el cuello de un encaje delicado. Belinda hizo una mueca. “No es nada sexy”, dijo. “Parece un vestido para ir a una de las fiestas del té de mamá.”
“No quiero lucir sexy. Quiero lucir decente y adecuada.”
“Aburrida”, cantó, corrió a su habitación y volvió con un vestido de noche negro de corte bajo. “Por lo menos pruébatelo,” dijo. “Con el sostén.2 Sostuvo las dos prendas hasta que yo las cogí. Entré al cuarto de baño para vestirme. Había pasado mucho tiempo desde que estuve desnuda delante de cualquiera, incluso de Belinda. Yo no quería que midiera mis pechos y estudiara mi cintura o mis caderas para ver si había algún tipo de grasa. Ella se había desarrollado más rápido de lo que debiera para su edad y su desarrollo no parecía querer parar, mientras que el mío llegó a un estancamiento y se paró.
Cuando salí, ella silbó.
“¿Esta es Olivia Ann Gordon? ¿Mi hermana?”
“Oh, para”, dije, entonces me miré en el espero. Nunca había estado tan sexy. El corazón empezó a aletearme en el pecho. ¿Me atrevería a salir con esa ropa? “No lo sé”, dije.
“Hazlo, Olivia. No te arrepentirás. Enséñaselo a mamá y papá, también.”
“No se”, dije de nuevo, pero me hizo ir al dormitorio de madre. Papá estaba allí, sentado a su lado. Los dos me miraron cuando entré, la cara de papá se llenó de sorpresa. Madre sonrió.
“Te ves absolutamente hermosa, querida”, dijo.
“Yo ya sabía que tenía dos hermosas hijas”, dijo papá. “Cualquier hombre tendría que estar ciego para no darse cuenta, Olivia.”
“¿No es demasiado, mamá?”
“No, yo creo que te ves muy bien”, dijo.
“¿Ves?” se jactó Belinda. “Yo lo hice. Yo la arreglé.”
“Es por eso por lo que no estoy segura”, le dijo, pero mi madre hizo un gesto de aprobación. “De acuerdo, voy a salir así”.
“¿A dónde vas?” preguntó papá.
No me lo podía creer.
“¡Oh, no. Me olvidé de hacer la reserva!” Lloré. Madre se echó a reír. Me apresuré a realizar la llamada confiando en que no habría ningún problema. YO quería que fuéramos a Toni Pont. Para mí siempre fue un lugar muy especial. Afortunadamente, no hubo problemas para hacer una reserva a las siete y cuarto. Todo lo que me quedaba por hacer era esperar a Samuel Logan.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Capitulo 7: "Un nuevo comienzo" (2ª parte)


“Bueno, Wiston”, comenzó, “el problema de Leonora no radica en el estómago, pero como sabes, ella se ha abandonado a sí mismo mucho tiempo. Tengo miedo de las consecuencias. Ella también tenía miedo. Yo creo que eso es lo que le ocasionaba los problemas estomacales. Voy a hacerle algunas pruebas en su estómago, pero estoy seguro de que ya conoce la causa. En cuanto a su problema más grave”, continuó, “por desgracia estaba en la negación, negándose a creer que podría ser cualquier cosa. Espero que tuviera razón. Vamos a hacer una biopsia de inmediato. Mientras tanto voy a tratarle los dolores de estómago. Si eso es todo lo que hay…” “¿Qué piensa usted?” le pregunté directamente. Mi corazón latía frenéticamente, tecleando una melodía de miedo en la jaula de mis costillas, pero papá parecía incapaz de hablar.
“Es menor no hacer conclusiones sin tener el trabajo de laboratorio, Olivia,” respondió el doctor Covington.
“Sin embargo, hay una posibilidad de que sea maligno?, preguntó papá finalmente.
“Por supuesto que la hay. Es por eso que las mujeres no deben jamás descuidar los síntomas”, dijo el doctor Covington, mirándome más a mí.
Papá dio un pequeño gemido.
“No vamos a asumir lo peor. Déjame hacer lo que tengo que hacer para obtener un diagnóstico firme, Wiston. Vamos a realizar la biopsia. Me he puesto en contacto con el doctor Friedman en Boston, un especialista que es además amigo y colega. Él va a llamarme tan pronto como tengan los resultados”.
Papá asintió con la cabeza.
“El mal tiempo no ha parado en ningún momento. Parece que es una tormenta fuerte”, comentó el doctor Covington, mirando por las ventanas delanteras. “Ella está descansando cómodamente ahora. Le di algo para ayudarla a dormir. Ustedes dos también podrían ir a casa. Vuelvan más tardes, Wiston.”
“Estaremos en la oficina en caso de que nos necesitaran”, dijo papá.
“Buena idea. Mantente ocupado”, dijo el doctor Covington. “Parece que haya tormenta en nuestra familia también”, murmuró papá después de que el doctor nos dejara.
“Ya oíste lo que dijo, papá. No debemos asumir lo peor”.
Él asintió con la cabeza, pero no había optimismo en sus ojos.
Tuvimos un horrible viaje hasta la oficina, pasamos hasta dos accidentes por el camino. La tormenta siguió hasta el final de la tarde. La mayor parte del día, papá y yo estuvimos muy ocupados, pero de vez en cuando, se detenía en al puerta de mi oficina y me decía que no habían llamado.
“Creo que ella estará descansando cómodamente ahora mismo”, comentó. “Vamos a ir antes de la hora de la cena, y luego podemos ir a un restaurante”, decidió. “¿Ha llamado Belinda?
“Solo esta mañana”, le dije.
“Es mejor que esté ocupada a que nos atosigue”, dijo.
Como ella no llamó en toda la tarde, la llamé a casa de Kimberly. El teléfono sonó por tanto tiempo que pensé que nadie iba  a contestar. Kimberly finalmente lo hizo, pero me hizo esperar casi un minuto mientras Belinda lo cogía. “Ahora te iba a llamar”, dijo rápidamente. Parecía sin resuello.
“¿Qué estabas haciendo?”
“Nada”, contestó. “¿Cómo está mamá? ¿Volverá a casa mañana?”
“Difícilmente, Belinda. Le han hecho una biopsia  y le están tratando su problema de estómago.” Le expliqué todo y ella se quedó en silencio.
“Papá quiere que los tres vayamos a verla y luego a cenar a algún restaurante en la ciudad”, le dije. “¿Puedes estar aquí en una hora?”
“Oh, si. Bruce me llevará.”
“¿Bruce? ¿Quién es Bruce?”
“Bruce Lester, el primo de Kimberly. Es muy guapo, pero apenas esta en undécimo curso”, dijo.
Yo no quería hacer más preguntas. Tenía miedo de las respuestas. Llegó cuarenta y cinco minutos más tarde y fuimos todos a ver a madre. El sedante que el médico le había recetado para calmarla le había dado sueño. Ella dormitaba mientras estábamos allí. Vi que Belinda se sentía incomoda al verla con la intravenosa puesta. Por último, papá decidió que debíamos salir.
Una vez fuera del hospital, Belinda sacó el tema una y otra vez acerca de su día, describiendo a sus amigas, muchas de las cuales no había visto en mucho tiempo. Ni papá ni yo le prestamos mucha atención, pero ella no parecía darse cuenta, o no le importaba.
“Todo el mundo piensa que estoy mejor sin Carson. Todos dicen que habría sido un matrimonio desastroso. Su madre habría estado interfiriendo en todo, dando su opinión y haciendo mi vida miserable. Las cosas terminan como deben ser”, concluyó.
Papá la miro, apenas había comido.
“Muy bien, Belinda,” le dije. “No estás inscrita en ninguna escuela. No tienes ninguna habilidad para conseguir empleo. No tienes ninguna perspectiva en este momento. Las cosas han salido muy bien”, dije secamente.
Ella se echó a reír.
“No te preocupes. Voy a tener perspectivas cuando las necesite”, dijo con tanta confianza que me molestó. Papá levantó las cejas y luego negó con la cabeza. “Vamos a preocuparnos por vuestra madre en este momento y nada más”, declaró finalmente.
Puso fin al balbuceo de Belinda, lo cual yo agradecí. En el momento en que entramos en casa, Belinda corrió escaleras arriba para coger el teléfono y continuar con sus bromas con quien quisiera escucharla. Sentí pena por papá. Él parecía mucho más viejo y cansado. Toda mi vida imaginé que los huesos de mi padre eran de acero. Ningún hombre tenía una mirada más dura ni inspiraba más respeto. No fue tan doloroso como aterrador verlo débil y derrotado.
Se sirvió un poco de brandy y se sentó en su oficina mirando por la ventana al cielo, hasta que estuvo demasiado cansado como para mantener los ojos abierto.
Belinda no fue con nosotros al hospital por la mañana. Ella no se levantó a tiempo y tanto papá como yo pensamos que sería mejor no tenerla alrededor mientras esperábamos al doctor.
“Su estómago está mejor”, explicó el médico, “ella ha comido. Esta descansando ahora”.
“¿Cuándo tendrá los resultados?”, le pregunté.
“Tardarán, por lo menos, otro día”, dijo. “Esta tarde llamaré al doctor Friedman.”
Sentí que él esperaba lo peor. ¿Por qué sino iba a consultar con un especialista en tan poco tiempo? Yo no le había dicho nada al respecto a papá. Fuimos a ver a madre que nos pregunto de inmediato donde estaba Belinda.
“Luego vendremos con ella, mamá”, le dije. “No se levantó temprano y ni papá ni yo teníamos paciencia para esperarla”, le explique. Vi dolor en su rostro.
“¿Qué será de ella?”, murmuró.
“Va a estar bien”, le dije.
“Por supuesto que lo estará”, coincidió papá. “Una mujer joven, bien parecida y que vive en un hogar como el nuestro. ¿Cómo puede no estar bien?”, gruñó.
Madre asintió con la cabeza, pero no lo hizo con confianza. Nuestros ojos se encontraron por un momento y vio mis verdaderos sentimientos. Yo no podía mentir, no a madre y, especialmente, no cuando se trataba de Belinda.

Como yo había previsto, lo peor pasó. Era casi anticlimático. A veces, se puede sentir la tragedia entorno a uno mismo. Aparece en el viento, una bestia gris, grande con una gran cola, y se pega a tu alma, como un parásito, succionando la esperanza y la felicidad.
El doctor Covington nos llamó a su oficina al día siguiente por la tarde. Esta vez, Belinda había venido con nosotros. Ella se sentó en silencio, en su cara se reflejaba, de repente, la inocencia de una niña de cinco años aterrada.
“Me temo que la biopsia fue positiva, Winston”, comenzó el doctor Covington.
“¿Eso es bueno?”, susurró Belinda, demasiado fuerte.
“Lo siento”, dijo el doctor, “pero no, no es bueno. El doctor Friedman piensa que hay que realizar la mastectomía, y después comenzar con la quimioterapia.”
“¿Cuándo?” le pregunté antes de que papá pudiera reabsorber su aliento.
“Podemos programarla para este martes en Boston”, respondió.
Papá asintió con la cabeza, los hombros caídos.
“Entonces vamos a hacerlo”, dijo con firmeza, pero había preocupación en sus atormentados ojos oscuros.
“La vamos a trasladar a Boston hoy y prepararemos la operación”, dijo el doctor Covington.
“¿Lo sabe¿”, le pregunté.
“Si”, dijo el doctor. “Yo no creo que la clandestinidad de un diagnóstico sea positiva para el paciente”, dijo.
“¿Se lo dijo? Pero ella se habrá asustado”, se quejó Belinda.
“En realidad, ella lo tomó bastante bien”, dijo el doctor Covington. “Tu madre me miró y dijo: Así es como lo arreglaré. Cerraré los ojos y cuando los abra se habrá ido.”
Comencé a sonreír. Las lágrimas asomaron a mis ojos. Así es como era madre, pensé.
“La tormenta del otro día”, dijo papá con un profundo suspiro cuando salimos de la consulta del doctor, “no es nada en comparación con la tormenta que tenemos por delante”.
Seguimos a la ambulancia que la llevaba a Boston. A veces penaba que Belinda estaba mas entusiasmada porque nos alojaríamos en un hotel en Boston, comeríamos en restaurantes y tendría tiempo para hacer algunas compras, de lo que estaba preocupada por madre. No me importa, me espetó, y ella continuó hablando y actuando como si fuera un niño haciendo un viaje emocionante. Por último, en el hotel, ella se echó a llorar después de que la reprendiera por coquetear con el botones.
“Estoy tan asustada como tú, Olivia, y muy preocupada. Sólo estoy tratando de no pensar en ello. No me importa lo que pienses sobre eso. Tu cerebro es como… como un castillo en comparación al mío que es una casa, no tengo tanto espacio en mi casa y no soy tan fuerte como tu, así que ¡deja de gritarme!” declaró, con el rostro retorcido por el dolor.
La miré un momento. Ella estaba en lo cierto, pensé. “No vamos a discutir ahora”, declaró papá. “Tenemos que parecer fuertes y alegres para vuestra madre”.
“Bueno, entonces dile que deje de meterse conmigo”, se quejó Belinda.
“No voy a decir una palabra más. Haz lo que quieras. Puedes hacer el tonto todo el día, por toda la ciudad”, le dije. Ella estaba satisfecha.
Con el tiempo, papá cedió a algunas de sus peticiones y siempre que no estaban en el hospital, él la llevaba de compras y le daba dinero para ir a los grandes almacenes. Las cajas se amontonaban en la habitación del hotel. Se estaba quedando sin ideas, incluso me había comprado cosas a mí.
El cirujano nos dijo que la operación había ido bien, pero que los resultados y el pronóstico tendrían que esperar hasta después de la quimioterapia. Tan pronto como ella se recuperara completamente de la operación, iban a comenzar la terapia, y podría realizarla en un  hospital o en casa.  
Al tercer día después de la operación, madre estaba más boyante y alerta de lo que la había visto en mucho tiempo.
“Mira”, nos dijo, “sabía que los médicos arreglarían las cosas.”
Belinda vio la recuperación de madre como una oportunidad para hablar sobre todas las cosas que había comprado y todos los lugares a los que había ido. Aquello divirtió a madre, y yo empecé a preguntarme si la forma de ser de Belinda no sería tan mala después de todo. Se rieron mucho y el espíritu de papá se levantó también.

jueves, 30 de agosto de 2012

Capitulo 7: "Un nuevo comienzo" (1ª parte)


Papá espero hasta por la mañana para contarle a madre la situación de la boda de Belinda. Se lo tomó muy mal y, de hecho, fue incapaz de bajar a desayunar. Era un día gris, el cielo estaba bajo, plagado de nubes plomizas y un fuerte viento soplaba desde el mar. Papá pensó que teníamos tormenta y salió con Jerome para asegurarse de que todas las cosas estuvieran amarradas firmemente. El invierno había sido tan leve este año que todos pensábamos que la tormenta pasaría de largo. Sin embargo, según avanzaba el día, las predicciones de papá se hicieron realidad.
Subí inmediatamente a visitar a madre cuando papá nos informó que ella no se sentía lo suficientemente bien como para bajar a desayunar.
“No tiene hambre”, añadió, “Voy a mandar que le suban una taza de té.”
“Yo la llevaré”, le dije y me fui a la cocina para hacerlo. Belinda ya había hecho planes para pasar el día en casa de Kimberly Hughes donde yo estaba segura de que se unirían a sus otras amigas goma de mascar que no tenían nada que hacer, para escuchar la rota historia de amor con Carson. Me imaginaba las exageraciones y el histrionismo de Belinda. Ella realmente disfrutaba de ser el centro de atención. De hecho, estaba tan absorta en sus planes que apenas preguntó acerca de nuestra madre.
Casi se me parte el corazón al ver a madre tan pálida y con los ojos llenos de lágrimas, el enrojecimiento alrededor de los párpados era tan brillante que parecía como si las gafas rojas hubieran despintado hasta sus ojos. Sus labios comenzaron a temblar en cuanto me acerqué a la cama. Ella se acercó a mí con su mano inerte y fría.
“Olivia, ¿qué paso? Winston está diciendo algo que no tiene sentido. ¿Por qué se canceló la boda? Todos los planes que hemos hecho, la lista de invitados, la decoración y los…”
“Por favor, no permitas que eso te aflija, madre”, le dije. “Beba una taza de té. Tiene que meter algo caliente en el estómago.”
“Lo haré”, dijo, “pero siéntate aquí y dime todo lo que sabes.”
La taza de té se tambaleó precariamente contra el platillo cuando ella me la quitó de las manos. Se la llevó a sus labios y apenas dio un sorbo, sus ojos buscando mi rostro con ansiedad en busca de pistas sobre el borde la taza. Me senté a su lado en la cama.
“Ninguno de nosotros deberíamos sorprendernos realmente por estos acontecimientos, madre,” comencé con calma. “Siempre hemos tratado de proteger a Belinda de sí misma. Siempre hemos tratado de mantener sus errores y pecados enterrados.”
Madre dio un respingo al oír esa palabra y me detuve, dándome cuenta de la referencia al bebé prematuro que yacía enterrado en el patio trasero de nuestra casa.
“Al mantener las cosas ocultas, o solo las muestras a medias siempre corres el riesgo de ser expuesto de una forma aún más terrible. Eso es lo que ocurrió con Belinda. Carson se enteró de algunas de sus indiscreciones pasadas y estaba muy disgustado. Belinda no sabía como tratar con él. De hecho, ella le dijo aún más de lo que el sabía. Ella había estado fingiendo ser virginal e inocente en su compromiso. El contraste entre la ilusión y la realidad fue lo que, probablemente, le espantara más que otra cosa”, le dije. Me detuve, miré mis manos y le pregunté: “¿Papá te contó sobre el anillo de compromiso?”
“¿Qué pasa?
“No me gusta decir cosas cuando estás enferma.”
“Estoy bien. Dime”, suplicó.
“Disfruté de su té, madre. Por favor.”
Se obligó a hacerlo. Vi por la forma de cerrar los ojos y por la mueca que hizo que incluso el té le molestaba. Asimismo, mi corazón latía con fuerza. “Hoy te va a ver un médico”, insistí, “incluso si tengo que obligarte.”
“Muy bien, Olivia. Muy bien. Decías algo acerca de un anillo de compromiso”.
“Ella lo tiró por la ventanilla del coche cuando Carson se enfado por las mentiras”.
“¿Qué? ¿Quieres decir que…” Ella sacudió la cabeza como si quisiera sacudirse mis palabras de los oídos.
“Se ha perdido. No lo podrá encontrar. Es como buscar un determinado pez en el océano”.
“Oh, querido, querido. ¿Qué van a pensar y decir de lo que hizo con ese caro aniño?”
“Lo superarán”, vaticiné, pero ella negó con la cabeza, esta vez con deliberada lentitud.
“No, será como el asunto de Potter”, dijo. Madre se refería a la infame historia de Helen Potter, hija de un multimillonario distribuidor de cervezas y vinos en Hyannis Port, que, después de haber sido prometida con el hijo de un adinerado constructor de Boston, fue descubierta desnuda en la cama con su mejor amiga. Decían que aquel suceso era del todo inocente, pero el daño ya estaba hecho y los planes de boda se cancelaron. Helen fue enviada a Europa y finalmente desapareció bajo una montaña de historias, algunos describieron su cambio de nombre y su boda con un barón húngaro, otros decían que se había convertido en una prostituta lesbiana en París y que vivía en la indigencia. La verdad realmente no importaba. La verdad es que se convirtió en médico y vivía en California, pero los Potter se convirtieron en personas no gratas a la hora de los eventos sociales y nunca se recuperaron. El señor Potter llegó a tener un derrame cerebral y murió solo con su esposa y sus sirvientes a su lado. Se había convertido en objeto de bromas y chistes simplistas, pero los padres ansiosos acerca de su condición social utilizaban a menudo el asunto de los Potter como una amenaza para mantener a sus hijos e hijas dentro de los límites del buen comportamiento.
“No será tan grave como eso, madre. Todo el mundo sabe como es Belinda, saben que es impulsiva y tonta.”
“¿Qué será de ella?”
“Con el tiempo ella encontrará a alguien mas, estoy segura!, le dije, pero no con verdadera convicción. Madre cerró los ojos y asintió con la cabeza. Luego me entregó la taza y el platillo. “Tienes que beber más”, le dije.
“Estoy cansada. Déjame descansar, Olivia.”
“Voy abajo a hablar con papá para que vayas a ver a un médico o este venga aquí, mamá.”
“Son sólo mis nervios”, dijo.
“No pueden ser sólo nervios. Ha durado demasiado y…”
“Me he olvidado de algo y estoy nerviosa por eso”, confesó de repente.
Me quedé mirándola, mi corazón latía con fuerza.
“¿Qué estás diciendo, madre? ¿Qué olvidaste?”
“Hace un tiempo me di cuenta de que tenía un pequeño bulto, no más grande que un guisante”.
“¿Un bulto? ¿Dónde?”
“Aquí”, dijo tocándose el pecho izquierdo. “Se lo comenté al doctor Covington, de pasada, y él me aconsejó que me hicieran un examen, pero yo… yo pensé que se quitaría solo.”
“¡Madre!”
“No se ha quitado. Se ha agrandado un poco y estoy en ascuas pensando en ello. Es por eso que no puedo comer y el porqué estoy tan cansada.”
“Mañana irás al médico,” ordené. “Voy a ir directamente a decírselo a papá.”
Ella no opuso ninguna resistencia.
“De acuerdo, pero no le preocupes. Podría no ser nada en absoluto.”
“Siempre y cuando veas al médico”, le dije.
“Lo haré”.
Me levanté y fui corriendo a decirle a papá que madre había accedido a ver a un médico, pero no cumplí con mi promesa. Le dije el por qué estaba tan nerviosa. Se puso pálido y llamó al doctor Covington inmediatamente.
“Me ha dicho que se puso en contacto varias veces con ella para hacerle el examen. ¡Dios mío, no nos dijo nada! Debería haber estado más preocupado por su mala salud.”
“Ella lo hará ahora, papá.”
“¿Qué? ¡Oh! El médico dice que es mejor que la llevemos al hospital de inmediato, sobre todo después de lo que dijo sobre que el bulto esta cada vez más grande. Él va a revisarle y hacerle las pruebas”, concluyó papá.
“Voy a ayudarla a vestirse”, dije, y corrí hacia la escalera al mismo tiempo en que Belinda bajaba.
“Vamos a llevar a madre al hospital,” le dije. Ella se quedo parada.
“Oh, ¿por qué?”
“Tiene un bulto en el pecho. Es por eso por lo que ha estado tan nerviosa últimamente”.
“Un bulto ¿quiere decir eso que tiene cáncer? Uf”.
“A veces no es nada serio, pero muchas veces puede ser cáncer”, le dije.
“¿Cáncer?” Pensó durante un momento y luego preguntó ¿Qué va a pasar?”
“Tienen que examinarla y hacerle unas pruebas.”
“Oh, vale, ¿qué debo hacer?”
“Haz lo que creas que debes hacer”, repliqué, y subí las escaleras para ayudar a madre a vestirse.
Belinda fue a casa de su amiga, pero quedó con papá en que nos llamaría y, si era necesario, ella iría al hospital. El tiempo empeoró con mucha rapidez, sin embargo, tuvimos al suerte de llegar al hospital. La lluvia caía fuertemente y el cielo era plomizo. Seguía lloviendo fuerte cuanto Belinda llamó. Papá le dijo que se quedará donde estaba. Eso, le aseguré, no le rompería el corazón a Belinda.
Pero lo que realmente estaba en su apogeo era el exterior. El viento rompió las ramas de los arboles. El tráfico se colapso. El cielo se volvió más, y más oscuro hasta que parecía de noche. La lluvia continuaba, cayendo ahora en gotas frías y heladas que salpicaban contra los cristales y golpeaban las paredes y tejados. Las luces se encendían y apagaban. Todo el mundo estaba corriendo por los pasillos, agotados por el furor de la tormenta.
Afortunadamente, el doctor Covington había llegado al hospital cinco minutos antes que nosotros, y estaba allí para supervisar la entrada de madre.
El doctor Covington acababa de cumplir los sesenta años, pero todavía tenía la cabeza llena, de lo que mi madre llamaba, pelo de camaleón. A la luz del día o con luces brillantes, su pelo parecía de color ámbar, pero por la noche o con luces tenues se veía marrón oscuro. Él ha sido nuestro médico de familia desde que puedo recordar. Un hombre de voz suave, de pocas palabras, sin embargo, firme y decidido cuando hacía un diagnostico y prescribía un tratamiento. Recuerdo haber pensado que tenía un temperamento y una disposición perfecta para un médico: confianza hasta el punto de ser arrogante, pero a causa de eso, me sentía segura, sentía que estábamos en buenas manos. Belinda, de vez en cuando, se quejaba de que el doctor Covington era demasiado frio.
“Tiene microscopios por ojos y termómetros por dedos”, se quejó ella. En aquel momento Belinda solo tenía 12 años y pensé que era gracioso. “Deja de reírte. No tiene sangre en las venas. Tiene jarabe para la tos”.
“No te tiene que gustar, Belinda. Él no es candidato a ningún premio de popularidad. No tiene que obtener votos. Tú simplemente escúchalo y haz lo que el te diga que hagas”.
“No me gusta”, insistió.
“Entonces no enfermes”, le dije.
El doctor Covington no era muy alto, tal vez un metro sesenta, pero nunca pensaba en él más que como impresionante e imponente. Estaba casado y su único hijo, un hijo, había ido a la escuela de medicina también, y se estableció en un hospital en Connecticut. A mamá le gustaba su esposa Ruth, pero ella era una persona muy tranquila y no era aficionada a seguir la vida social. Rara vez aceptaban invitaciones para cenar y organizaba muy pocas en su casa, la mayor parte de sus invitados eran los socios y los familiares.
Papá y yo esperábamos en el vestíbulo del hospital, intentando distraernos y pasar el tiempo leyendo revistas y, en ocasiones, hablando con algún empleado. Por fin, el doctor Covington apareció.

lunes, 16 de julio de 2012

Capitulo 6: "Uvas Agrias" (3ª parte)


Entré en la sala para comentar con papá el trabajo que había hecho ese día. Parecía distraído y fue a ver como se encontraba mamá. Cuando regresó me dijo que ella dormía pero que seguía gimiendo de dolor.
“No me gusta”, dijo sacudiendo la cabeza. “No tiene fiebre. No es una gripe estomacal.”
“No eres médico, papá. Llévala a ver al doctor por la mañana.”
“Si”, dijo. “Tienes razón, Olivia. Siempre tienes razón cuando se trata de hacer las cosas bien. Me gustaría que Belinda tuviera una decima parte de tu sentido común”, dijo, “pero tengo miedo de que ella naciera sin ninguno”.
Casi media hora más tarde, la puerta se cerró y los dos nos miramos con sorpresa y expectación. Luego escuchamos a Belinda correr por las escaleras.
“¿Qué es eso?”
“No sé”, dije. “Voy a averiguar”.
“Luego regresa y me informas de lo que ha sucedido”, dijo.
Asentí con la cabeza y seguí a Belinda por las escaleras hasta su habitación. Ella había cerrado la puerta. Toqué suavemente y abrí para encontrarla tendida sobre su estomago, la cabeza le colgaba por un lado de la cama. Ya no lloraba tanto pero esta furiosa.
“¿Qué paso?” le pregunté.
Se dio la vuelta y vi que su cara estaba un tono más oscuro que el color rosa, los labios blancos por las esquinas. Sus ojos ardían de furia.
“Dice que no puede casarse conmigo ahora. Dice que pasó todo el día pensando en ello y tuvo una discusión con sus padres referente a eso y que están de acuerdo con él. Ahí es donde estuvo todo el día, hablando con su madre y su padre en lugar de hablar conmigo. Quiere que le diga a papá que el pagará todos los gastos que pudieran haber incurrido hasta el momento. Tiré mi anillo de compromiso por la ventanilla del coche.”
“¿Qué?”
“Abrí la ventanilla del coche y tire el anillo. Ahí es donde hemos estado la mayor parte del tiempo. Él estaba allí en el camino con su linterna buscando en la suciedad. No lo encontró”, dijo con satisfacción. “El volverá por la mañana. Espero que pase el resto de su vida buscándolo”.
“¿Cómo has podido tirar un anillo que vale miles de dólares?”, me gritó. Me reí en su cara. Le dije: ¿Cómo se puede tirar a una mujer como yo, solo porque has oído algunos rumores y te has creído algunas historias? Habrías estado orgullosa de mí, Olivia. Le dije que era un fideo endeble, húmedo, un niño de mamá y que la única manera de meterse en la cama con una mujer era ir a un barrio oscuro y pagar a una prostituta, aunque seguro que ella lo rechazaba de todos modos.”
“Tenías razón. Realmente no me ama, de lo contrario no me haría esto. Le dije que todavía me debe un día de compras y cena en Boston.”
“Así que la boda se ha cancelado”, le dije asintiendo con la cabeza.
“Papá se va a volver loco por el asunto, pero no pude evitarlo, Olivia.”
“Yo se lo explicaré”, le dije.
“¿Tu? Por favor. Gracias, Olivia. Soy tan afortunada de tenerte como mi hermana mayor. Eres muy inteligente. Gracias por tus buenos consejos también”, dijo. “Bueno”, continuó casi sin inmutarse, “Creo que debería llamar a algunos de mis amigos y hacerles saber que soy un alma libre de nuevo. ¿Eh? No se puede dejar crecer el musgo bajo los pies”, dijo y se fue al teléfono.
La vi por un momento antes de salir a ver a papá. Otras mujeres tendrían el corazón roto y llorarían toda la noche, pero Belinda se comporto como hubiera perdido solo un día en la escuela.
Papá levantó la vista de su escritorio tan pronto como aparecí por la puerta.
“¿Y bien?” dijo antes de que yo hubiera entrado por completo en el despacho.
“Carson rompió su compromiso. La boda se ha cancelado, papá.”
“Tenía miedo por ello”, dijo papá después de contener la respiración un momento. “Va a ser devastador para tu madre”.
“Él dijo que con mucho gusto pagaría las facturas de todos los gastos. Belinda arrojó su aniño de compromiso por la ventanilla del coche”, añadí rápidamente para que no me preguntará si había alguna posibilidad de reconciliación.
“¿Ella hizo qué? ¿Lo arrojó por la ventanilla? ¿Lo encontraron?”
“No”, dije. “Dios mío. Ese anillo valía veinticinco mil dólares, Olivia. McGil se jactaba de ello el otro día”.
“Así es Belinda,” le dije y se encogió de hombros.
“Ella esta loca. Nuca vamos a encontrar a nadie para ella ahora, no después de que la historia se sepa.”
“Tal vez no, papá”, le dije. “Tal vez tengamos que enfrentarnos a todo esto y hacer lo mejor que podamos”.
“Si”, dijo. “Tal vez sea así.” Bajo la mirada hacia su escritorio y luego alzó los ojos cansados y tristes hacia mi. “Bueno, creo que sería mejor poner mi mente y mi energía en tu bienestar, Olivia. Tendría más oportunidad de éxito”.
“Voy a estar bien, papá.”
“Se que lo harás. Ese es mi consuelo”, dijo. “Pero no se puede descuidar porque es un fracaso en todos los sentidos y en todo lo que trate de arreglar para ella.”
Él se levantó.
“Creo que voy a tener que subir y darle la noticia a vuestra madre. Podría esperar hasta mañana si todavía está dormida”, dijo.
“Deberías hacerlo de todos modos, papá. Dele la oportunidad de dormir una buena noche para que pueda recuperarse de ese problema de estómago.”
“Si, si, tienes razón otra vez, Olivia.” Se detuvo frente a mí y me besó en la frente.
“Buenas noches y gracias por ser mi pequeño general”, dijo.
Estaba tan angustiado, estuve a punto de arrojar esas lágrimas que se habían formado bajo mis párpados, pero se quedaron donde estaban. Lo vi salir con los hombros caídos, la cabeza gacha. Estaba tan deprimido; madre estaba arriba, enferma, y Belinda estaba charlando alegremente por teléfono, bastante recuperada de su ruptura con Carson. En un día sería como si él no hubiera existido para ella.
Si, pensé, uno de estos días, tal vez años, Carson McGill me encuentre. Él asentirá con la cabeza, tal vez se quite el sombrero y de las gracias.
Yo estaba tan segura de eso como de las promesas que papá había hecho para mí. 

sábado, 30 de junio de 2012

Capitulo 6: "Uvas Agrias" (2ª parte)


Después de terminar la contabilidad de papá fui a comer y salí a leer al mirador. Era un día de sol glorioso con unas nubes blancas, como la leche, magistralmente colocadas en el cielo azul. El mar estaba en calma, los veleros parecían pintados por el pincel de un artista en el lienzo del Océano Atlántico. Había un olor fresco y delicioso a aire salado. Aquello realmente me hizo apreciar y amar nuestro hogar. Yo no podría ser de ningún otro sitio. Aquí era donde me gustaría hacer mi vida, encontrar mi propio marido y criar mi familia. Me sentía segura de ello, mas segura que de mi misma, a pesar de los recientes acontecimientos. La naturaleza misma había demostrado a mí alrededor y enseñado la lección: el fuerte finalmente gana. Es solo cuestión de tiempo.
No llevaba allí mucho tiempo cuando una pequeña bomba explotó, Belinda entró por la puerta trasera de la casa, las lágrimas corrían por sus mejillas, las manos levantadas como si la tuvieran sujeta por las cuerdas de una marioneta.
“¡Ya lo has conseguido! ¡Ahí estás! Traidora. Eres una hermana celosa, horrible.”
Ella corrió por el césped, sus tacones altos se hundían en la hierba y estuvo a punto de tropezar. Se quitó los zapatos y los arrojó con rabia antes de continuar hacia mí.
“¿Qué pasa, Belinda? ¿Por qué has vuelto tan pronto?” le pregunté con calma, bajando mi libro hasta el regazo.
Ella se enfureció por un momento, balbuceó y luego se sujeto a la barandilla.
“Le dijiste a Carson porque me expulsaron de la escuela”, la acuso, su dedo índice apuntando hacia mi como un cuchillo. Pude ver que ella quería que ver algo en mis ojos.
Me encogí de hombros.
“Él ya sabía que habías salido precipitadamente antes de terminar la escuela”, le dije, todavía con la voz suave y controlada.
“Si, si, pero el pensó que era porque quise irme, porque yo había sido acusada de robar a alguien una estúpida joya”.
“¿Qué? Yo no sabía eso, Belinda. ¿Cómo se supone que debo saber todas las mentiras que les dices a la gente? Si habías inventado una historia para tapar lo que hiciste deberías habérmela contado para qué yo pudiera corroborarla cuando Carson me preguntará. Pensé que le habías dicho la verdad, así que yo…”
“Así, ¿qué? ¿Cómo has podido decirle que yo fui sorprendida en la cama con dos chicos?”
“Yo no lo dije eso”, dije, ahora hablando con seguridad convincente. Después de todo para algo la tenía. “Nunca he dicho que fuiste sorprendida en la cama con nadie.”
“¿No lo hiciste? Pues, el dijo que… así que pensé en eso justamente, y entonces le dije. Oh, le dije demasiadas cosas y demasiado rápido”, exclamó.
“Si, apuesto a que lo hiciste. Le ofreciste más información de la que tenías que darle. Pero ese el peligro de construir una relación sobre mentiras, Belinda. Nunca se sabe cuando se te va a derrumbar encima.
“El estaba muy sorprendido y no dejaba de hacerme preguntas sobre la academia. Pensé que alguno de los muchachos había hablado con él, que se jactó de haberme dejado… embarazada.
“Se jactaba de haberte. ¿Le dijiste que estabas embarazada?”
Ella me miró.
“´Si, algo así.”
“¿Quieres decir que le dijiste que habías estado embarazada?”
“No exactamente. El quería saber si yo podía tener hijos. Nunca habíamos hablado antes de niños, así que yo no sabía que decir. Dijo que tal vez yo no podía tener hijos y le dije que por supuesto que podía. Luego quiso saber porque estaba tan segura. Yo no le dije nada, pero…”
“No es tan estúpido como esperabas, ¿es eso?” Le pregunté. Ella sacudió la cabeza.
“No lo sé. Se enfadó tanto conmigo que paro el coche, dio la vuelta y me trajo a casa. Dijo que tenía que pensar en todo esto.
Belinda puso mala cara, abrazándose a si misma.
“Estoy muy nerviosa”, se quejo ella.
“Si el te ama tanto como piensas un pequeño malentendido no tiene importancia”, le dije.
Levantó los ojos hacía mí.
“¿Qué debo hacer? ¿Qué debo decirle?”
“Si él te llama y te reclama, dile que tiene que estar contigo como eres o no estarlo. Eso es lo que yo diría”.
“Si”, asintió ella moviendo la cabeza. “Imagínalo, dándose la vuelta y llevándome de nuevo a casa después de prometerme que me llevaría de compras y a cenar. ¿Qué debo hacer yo ahora el resto del día? Estoy vestida, peinada y maquillada”.
“¿Vas a decirle eso?”
“No debería haberme hecho esto. Lo haré”, dijo. “Voy a llamarlo e insistiré en que vuelva”.
“Hace un día muy agradable”, le dije mirando el mar. “Si no vuelve, sal aquí fuera y lee un rato”.
“¿Leer? ¡Leer! Tengo cosas por comprar. Yo quería una capa nueva para mi vestido de terciopelo rojo”, se quejó.
“Yo voy a estar aquí” le dije, “si no vas a Boston puedes hacerme compañía”.
Me miró un momento y luego, mordiéndose el labio inferior, con sus ojos brillantes, se dio la vuelta y se dirigió a la casa.
Miré hacia la casa de botes. Imagina si Carson se entera de eso, pensé. Es probable que de vueltas al asunto durante varios días. Aquel pensamiento trajo una sonrisa a mis labios. Me acorde de una cita que había leído recientemente. “Un hombre se enamora a través de sus ojos, una mujer a través de sus oídos.” Carson McGill fue el mejor ejemplo de ello, concluí. Tal vez algún día yo lo borde un día en una funda de almohada y se lo envíe para que pueda dormir con la sabiduría en su cabeza. Hombres, pensé con desdén.
Volví a mi libro, contenta conmigo misma.

Belinda estuvo enfurecida durante el resto del día, porque Carson no había estado en casa para recibir su llamada furiosa y no devolvió la llamada hasta entrada la noche. Acabábamos de terminar de cenar en un ambiente de velatorio. Belinda puso mala cara después de despotricar sobre lo mal que Carson la había tratado. La cara de papá se torno en un profundo ceño fruncido, los ojos oscuros, la frente arrugada, signo de que estaba meditando. Madre sigue teniendo problemas de estómago, comió poco, gimió de dolor de vez en cuando y se sentó con los labios temblorosos la mayor parte del tiempo. Belinda comió mucho menos. Ella normalmente tenía un apetito voraz. Intenté construir una conversación hablando sobre el nuevo libro que estaba leyendo y lo hermoso que había sido el día.
“Bueno, pues no fue hermoso para mí”, nos recordó Belinda. “Pasé la mayor parte del tiempo esperando una llamada”.
“Eso me sorprende, Belinda”, le dije. “Nunca dejes que un hombre manipule así tu vida”. Ella me miró durante un momento y luego parpadeó y asintió.
“Tienes razón”.
“¡Dios mío, Dios mío!, se quejó mamá.
“Estas molestando a tu madre”, advirtió papá. Era más como un gruñido. Belinda regresó a su mal humor y yo comí en silencio.
Tan pronto como terminó la cena, mamá se fue a su habitación, aferrándose el estómago. Pensé que tenía la tez pálida, pastosa.
“¿Por qué no va al médico?”, le pregunte a papá. El miró hacia la puerta, pensativo.
“Ya ha ido. Por el momento creo que son los nervios. Todo el asunto de Belinda”, añadió con un gesto con la mano. Belinda había vuelto a su habitación. “¿Qué pudo haber pasado entre ellos?, preguntó.
“Lo único que sé es que tuvieron algunas conversaciones acerca de su pasado, papá. Carson no estaba contento con ella, y ella le dijo más de lo que tenía que decir, supongo. Usted sabía que algún día él llegaría a conocer alguna de sus indiscreciones. Las personas no pueden mantener los chismes bajo llave en una provincia más de lo que se puede en otro lugar”.
“Umm”, dijo. “No creo que nada de eso importe una vez que se encuentren de camino al altar”, murmuró.
De repente, oímos a Belinda bajando las escaleras con rapidez, saltando los escalones. Ella corrió hasta el comedor para anunciarnos que Carson por fin había llamado.
“Bien”, dijo papá.
“¿Y?” le pregunté al ver una mirada de irritación en los ojos de Belinda.
“Solo quiere venir a recogerme para hablar, no para llevarme a cualquier sitio agradable. Estará aquí en diez minutos, espero que traiga tapones para los oídos, porque tengo la intención de darle una buena reprimenda en primer lugar”.
“No digas nada de lo que te puedas arrepentir después, Belinda”, advirtió papá. “Una persona madura piensa antes de hablar.”
“Yo sé que una persona madura esa así, papá. No es ser madura dar la vuelta cuando vas de camino a Boston  y decidir que no puede hacer algo que prometió, no contestar el teléfono y no devolverme la llamada en todo el día tampoco es ser maduro, ¿verdad? Creo que en este asunto yo he sido la más madura.
“Todo lo que quiero es que tengas en cuenta que os vais a casar pronto. Tú tienes que construir una vida con él y no quiero que vayas y lo eches a perder todo ahora”, aconsejó papá. “Es Carson, quien está echando a perder las cosas”, insistió.
“No pude contener una sonrisa, apreté los labios para que papá no lo pudiera ver. Belinda podía ser muy testadura cuando dejaba que su orgullo y arrogancia se convirtieran en plomo. A ese aspecto no se parecía a nadie que conociera, ni siquiera a papá.
Belinda se fue al baño a comprobar su maquillaje. Un poco más tarde, Carson estaba en la puerta, sin embargo Belinda no le permitió entrar. Ella le saludó y salió con él, sacándolo de la casa de inmediato.