jueves, 17 de junio de 2010

Capitulo 2: "Es mi fiesta" (1ª Parte)

En los primeros días Belinda se convirtió en una inválida. No comía bien y lo que comía, a menudo lo devolvía. Su tez siempre sonrosada desapareció y no regresó hasta al final de la semana, que fue justo a tiempo para lo que ella había planeado. El sábado, vinieron tres chicos a verla. Ellos trajeron flores y dulces. Carmelita apareció en la puerta de la sala donde estábamos mamá, papá y yo.
Hay tres jóvenes aquí para ver Belinda, anunció con poca emoción.
¿Tres? Preguntó papa levantando las cejas.
Sí, señor.
¿Chicos?
Sí, señor Gordon.
Papa dirigió su mirada hacia mí y frunció el ceño.
Es un gran detalle, declaró mama. Me sonrió y siguió su camino sin prestar atención a nuestros ceños fruncidos.
Que pasen, papá se puso rígido, adquirió la presencia que solía usar cuando se sentaba en una reunión de negocias que sabía sería difícil. Tenía una manera de cuadrar sus hombros y subir su imponente nariz hasta que se parecía a un ave de presa. Papá era fornido, fuerte y muy intimidante cuando se enfadaba y con un destello de acero en sus ojos.
Sabía que todos los muchachos conocían a Carmelita. Todos habían estado aquí para ver a Belinda en varias ocasiones durante este año. Vino a Arnold Miller, que había sido mi principal sospechoso sólo porque Belinda había pasado mucho tiempo con él últimamente. Era muy alto, bien parecido con el pelo castaño claro y ojos verdes manchadas de marrón. Por lo que Belinda me había dicho, ella lo imaginaba porque era una especie de héroe de la escuela de deportes, su jugador estrella de baloncesto y el lanzador estrella de béisbol. La mayoría de las chicas lo quería como novio. A Belinda le gustaba ser envidiada más de lo que le gustaba ser amada.
Los padres de Arnold eran dueños de una fábrica de madera y almacén de equipos de jardinería, uno de los mayores puntos de venta en Provincetown. Arnold era el mayor de tres hermanos, todos varones. Pensé que era un poco tímido, pero yo no podía estar segura de ello cuando lo tenía delante. Belinda simplemente reía cuando estaba con él aquello había sido muy a menudo en los últimos meses.
Junto a Arnold estaba Quin Lothar, que tenía su pelo largo de color ámbar casi hasta los hombros, que era algo que padre detestaba de los hombres jóvenes. Quin fue también muy popular porque tenía su propia banda en la escuela, pero en mi opinión no era de ninguna manera tan guapo como Arnold. Las características de Quin eran demasiado grandes y tenía una frente estrecha con unas cejas que quedaban demasiado lejos en sus ojos castaños. La esquina derecha de su boca siempre parecía metida en la mejilla, dándole una sonrisa habitual e inteligente. Ahora que lo miraba, pensaba que él podría ser el padre del niño. Parecía capaz de dejar embarazada a Belinda y no preocuparse por ello.
Iba vestido descuidadamente, con pantalones gastados y un jersey descolorido, y obviamente no le importaba su aspecto o causar una buena impresión a mis padres.
El tercer joven era Peter Wilkes, un muchacho bajito, rechoncho, con cara redonda y suave. Su padre era Presidente de la Caja de Ahorros de Cape Cod. Belinda dijo que siempre tenía dinero para gastar y siempre se lo pagaba todo y lo llamaba su cartera, incluso a la cara. Belinda se jactaba de que ella sólo tenía que mirar algo y si deseaba que fuera suyo él iba y se lo compraba.
Llevaba una camisa blanca abotonada, pantalones y zapatos de cordones de vestir, pero de alguna manera, tal vez por la forma en la ropa colgada en su cuerpo obeso, el no parecía mejor que los demás.
Quin era el portavoz.
Buenas tardes, dijo. Vinimos a ver como se encuentra Belinda. Pensábamos que podríamos animarla, agregó.
Peter doblo sus mejillas en una sonrisa y levantó la caja de dulces en sus manos.
Si te parece bien, me gustaría que le dieras esto, dijo. Son bombones importados.
Arnold llevó flores. Él sólo asintió con la cabeza, cogía las flores como la Estatua de la Libertad sostenía la antorcha.
Papá no dijo nada. Tenía una manera de escucharlos y observarlos que nadie había previsto. Era algo que hacía para crear mal ambiente y una manera de probar a los demás. El silencio, por más breve que fuera, hizo que los tres muchachos se incomodaron. Se miraron el uno al otro con rapidez, se retorcían en sus ropas y miraban hacia mí y mi madre, al suelo y luego volvían a mirar a papa.
Le traje también algunas notas de las clases que está perdido, agregó Peter sacando del bolsillo del pantalón unos papeles.
Eso es muy responsable, dijo al fin mamá.
¿No tienen ustedes, muchachos, miedo de enfermar al final del año escolar? Preguntó papa estrechando los ojos de forma sospechosa.
No señor, Arnold respondió rápidamente.
No vamos a estar tan cerca de ella, agregó Quin, profundizando la comisura de su labio en la mejilla. Peter amplió su sonrisa.
Eso espero, murmuro papa. Olivia, dijo dirigiéndose a mí. Yo ya sabía lo que eso significaba. Él quería que yo los llevara hasta la habitación de Belinda y me quedara allí como una carabina.
Me levanté de mala gana, obviamente.
Tal vez ella está dormida, le dije.
Ella sabe que veníamos, añadió Quin rápidamente.
Llamamos temprano y le dije que estaría aquí sobre esta hora.
Ella debería habérnoslo dicho, murmuré mirando a papá. Él asintió con la cabeza pero no dijo nada más. En su lugar, se fue a su escritorio y luego cogió su caja de cigarros para ponerla encima de la mesa.
¿Son puros habanos, señor Gordon? Preguntó Peter a papa cuando este encendía uno.
Papá levantó las cejas.
¿Qué sabe usted sobre cigarros?
No mucho, pero mi padre fuma habanos. Puedo conseguirlos para usted, añadió, con su ofrecimiento era obvio que pretendía ganarse los favores de papa.
Soy perfectamente capaz de conseguirlos por mí mismo, respondió papá con severidad.
¿Has venido a visitar a Belinda o conversar con mi padre? Les pregunté.
Quin golpeo a Peter con el codo y los tres me siguieron del estudio a la escalera.
Normalmente, mis padres no aprueban las visitas masculinas en la habitación de mi hermana, dije a los que me seguían. Uno de ellos se rio, pero yo no le di la satisfacción y seguí mostrándome dura. Me detuve en la puerta del dormitorio Belinda y los tres se pararon ansiosos a mí alrededor. ¿Qué poder tenía Belinda para causar a estos chicos tanto entusiasmo y deseo? Me pregunté. ¿Era simplemente su promiscuidad o había algo más, algo que yo no podría tener nunca, algo dado al nacer, una emoción, una promesa que daba a las hormonas de los hombres lo mismo que si agitaras una cerveza.
Un momento, le dije. Eran como caballos, Ellos se asfixian con las bridas y hasta bufan, pensé, llame a la puerta.
¿Si? Contesto Belinda
Han llegado tus invitados. ¿Estás presentable?
Sí, Olivia. Pueden entrar, dijo ella y abri la puerta.
Cualquiera que viera a Belinda en estos momentos seguramente no creería mi informe sobre su aborto. Incluso tuve que admitir que estaba impresionada con lo radiante que se veía. Sabía que Carmelita no había vuelto a subir aquí desde el desayuno, por lo que quedaba claro que era Belinda la que había arreglado el cuarto y abierto las cortinas permitiendo así entrar el sol suave y brillante haciendo que todo se viera limpio y fresco.
Belinda tenía puesto uno de sus más indecorosos camisones, el escote del cual llegaba hasta sus pechos maduros. Con la manta baja, el contorno de sus pechos era poco menos que si nos lo hubiera revelado plenamente. Llevaba el pelo bien cepillado hasta los hombros. Belinda siempre se arreglaba el pelo más que yo, pero ella se tomaba más molestias en su aspecto del que me tomaba yo. Si ella pudiera recubriría las paredes de su habitación con espejos, no parecía cansarse jamás de observar su propia imagen.
Súbete hacia arriba la manta o ponte una bata, ordené.
Ella se sonrojó y tiró de la manta contra su pecho rápidamente.
Y, ¿quién ha venido a verme? Preguntó suavemente.
Los tres muchachos entraron tímidamente en la habitación.
Dicen que te han llamado para avisarte que venían, así que no sé porque preguntas de quien se trata, Belinda, le comenté. Ella me ignoró y se concentró en ellos.
Te he traído esto, dijo Arnold con rapidez y empujo el ramo de rosas rojas hacia ella.
Oh, son simplemente hermosas, ¿no es cierto,, Olivia? ¿Podemos encontrar un jarrón para las flores?
¿Nosotras?, le pregunte.
Ella inclinó la cabeza con esa sonrisa de niña.
Bueno, yo no creo que sería apropiado para mí para salir de la cama, dijo dándole énfasis con un aleteo de parpados, pensé que parecía un ventilador.
Solté un gruñido, me adelanté y cogí las flores. Había un jarrón sobre la cómoda. Fui al baño a llenarlo con agua.
Espero que puedas comer dulces, oí como Peter le decía.
Por supuesto que puedo, dijo Belinda. A Olivia le gusta el caramelo también, añadió en voz alta mientras que yo regresaba del cuarto de baño.
Ciertamente no, le dije. Puse el jarrón en su mesita de noche y metí las rosas de tallo largo en él.
Belinda se rió y empezó a abrir la caja. Ella cogió un de chocolate y lo sostuvo entre sus labios, cerrando los ojos y gimiendo de deseo, los tres muchachos abrieron sus ojos y se revolvieron como si estuvieran sufriendo.
Belinda, eso es asqueroso, le dije. Si te lo vas a comer, cómetelo, pero no salives por todas partes.
Ella se rió y ofreció una ronda como si fueran niños. Cada uno tomó un caramelo. Negué con la cabeza vigorosamente cuando volvió la caja hacía mí.
Puede por favor ponerlo sobre mi mesa, Olivia. , dijo.
Suspiré profundamente, sin ocultar mi disgusto. ¿Cómo me había convertido de repente yo en su doncella? Me pregunté, pero hice lo que me había pedido.
Contádmelo todo, todo lo que me he perdido y no os dejéis nada atrás, no me importa lo pequeño que os pueda parecer a vosotros, dijo Belinda aplaudiendo con sus manos y cayó sobre su gran almohada de color rosa suave y esponjosa. El pelo le caía alrededor de su cara como si fuera el marco de un cuadro, empleando una gran estrategia para sacar brillo a su imagen.
¡Arnold lanzó una carrera ayer para terminar la temporada de béisbol, declaró Peter. Él hizo nueve lanzamientos y solo le pararon tres!
¡Oh, no empecéis a hablar conmigo acerca de deportes. Todo lo que siempre me contáis sobre vosotros, son resultados, errores y dobles jugadas, es aburrido.
¿Aburrido? Dijo Peter.
Quin se echó a reír.
Claro que si, dijo. Las cosas de atletas siempre son aburridas. Se inclinó sobre la cama junto a Belinda. Escribí una canción para la banda. Lo hemos llamado “Llévame a la playa”.
Tienes que conseguir que la toquen para mí, dijo Belinda.
Claro que sí. Vas a venir al garaje a escucharla tan pronto como te recuperes.
¿Voy a estar lo suficientemente bien el lunes para poder ir, Olivia?
Te ves muy bien en este momento, respondí con sequedad.
A Quin le sorprendieron fumando en el baño de chicos ayer. El no irá a la escuela el lunes, reveló Arnold con una sonrisa alegre.

jueves, 3 de junio de 2010

Capitulo 1 -Llanto en la noche- (3º parte)

Belinda se quedó en casa el resto de la semana. Le dijimos a todo el mundo que tenía la gripe. Pensé que Carmelita sabía que algo mucho más grave había ocurrido. Ella le llevaba a Belinda sus comidas y veía que ella no estornudaba y tosía. Sin embargo, mama la mimaba y cuidaba como si la mentira fuera cierta. La oí hablar con sus amigos por teléfono, diciéndoles lo enferma que Belinda estaba.
Un día se encuentra bien y al siguiente, se pone tan enferma que no se puede levantar, divagaba ella describiéndoles los síntomas a sus amigas alegando que había llamado al médico para recibir instrucciones.
Todo esto me disgustaba. Me había sorprendido especialmente la rapidez con la que papa se había adaptado a la fachada que inventaron él y mama. A la mañana siguiente, se levantó y vistió a la hora habitual, ya sentado a la mesa del desayuno, con la lectura de su periódico como si la noche anterior en realidad hubiera sido un mal sueño. La única indicación en su rostro era una mirada rápida, pero fuerte, hacia mí cuando Carmelita entró en el comedor y preguntó por la salud de Belinda. Entonces fue cuando mama entro con su larga y detallada explicación, derramando su burbujeante arroyo de mentiras piadosas. Papá miró complacido.
Desde que yo había terminado la escuela, había ido a trabajar para él como aprendiz de contable. Papá decidió que sería una gran pérdida enviarme a alguna universidad de artes liberales, sólo para llenar el tiempo, hasta que encontrara un hombre decente y adecuado para casarme. Olivia, cualquier hombre que se case contigo apreciaría más que fueras práctica, agregó.
Yo no estaba entusiasmada con ir a la universidad de todos modos, y siempre había sido muy buena con los números. Papá decía que yo tenía una buena cabeza para los negocios. Dijo lo que sabía desde que yo era un niña y vendía arándanos de nuestro pantano. Yo con un stand en la calle que discurría por nuestra propiedad. Los turistas pensaban que era dulce que una niña se comportara tan en seria con el dinero. Lo que más impresionó fue que papá cogiera mi dinero y lo pusiera en una cuenta de ahorros con intereses en lugar de gastarlo en las tiendas de dulces o juguetes.
Por lo menos tengo a alguien en la familia para heredar mi negocio, declaró. Había llegado a aceptar que él no tendría un hijo, pero con el tiempo, yo creía que ya no pensaba en mí como un sustituto inferior. Él me daba demasiados elogios en la oficina para que lo creyera.
Papá era verdaderamente un millonario hecho a sí mismo, una historia de éxito que ilustra el sueño americano, un pequeño empresario que hizo buenas decisiones de negocios y poco a poco pero con firmeza y un negocio más grande y más grande. Sablo sobre él en varias revistas regionales y una vez en los periódicos de Boston.
Había comenzado con un barco de pesca individual y luego compró un segundo y un tercero. En poco tiempo, tenía una flota de barcos destinados a pescados y mariscos para un mercado nacional cada vez mayor. Se expandió por el enlatado de camarón en Boston y construyó una impresionante cadena financiera de las empresas relacionadas, haciendo que el movimiento astuto para obtener un interés dominante en las instalaciones de transporte por carretera para poder controlar sus gastos generales. Según su propia confesión, fue a veces un despiadado hombre de negocios, sofocando la competencia, bajando los precios para expulsarlos de sus territorios. Se volvió más y más influyente en la política, recogió los contratos gubernamentales y siguió ampliando su alcance y su alta influencia sobre el mercado.
Después de menos de seis meses, yo sabía casi todo sobre la empresa, y papá incluso me permitió sentarse en alguna de las reuniones de la empresa para escuchar y aprender más. Una vez que terminaban, a menudo se volvía hacia mí para que diera mis opiniones, y por varias veces tomó mi consejo.
Belinda, en cambio, no sabía nada del negocio. De acuerdo con la forma en que se comportaba y su pensamiento, ella creia que el dinero entraba en nuestras vidas como la lluvia. Cuando se necesitaba allí estaba, y nunca hubo sequía, nunca escucho las palabras; No nos lo podemos permitir, Belinda.
A menudo la sermoneaba acerca de ser ingratos y desagradecidos.
Lo damos todo por sentado, como si nos lo debieran, acuse.
Ella me dirigía esa sonrisa dulce tan suya y se encogía de hombros. Yo podía acusarla de asesinato y ella haría lo mismo.
Rara vez alegaba ni negaba nada. Era como si ella creyera que era inmune a la responsabilidad y a la culpa, que los santos la habían dispensado y podía hacer lo que su pequeño corazón deseara, sin importar las consecuencias.
Era cierto incluso ahora, pensé con disgusto, con nuestros padres diciendo que era mejor fingir que no pasó nada. Belinda acababa de tener la gripe. Casi creía que papá se había convencido de que no había enterrado a un bebé prematuro.
Al día siguiente, cuando volví de la oficina, caminé detrás de nuestra casa, curiosa por saber si podía encontrar la tumba sin marcar. Nuestra tierra detrás de la casa era casi una hectárea completa antes de que llegara el acantilado que daba al océano Atlántico. Se trataba de una pronunciada bajada a la playa de rocas. Había algunos caminos seguros que conducían a la pequeña playa privada que teníamos. Nuestro extenso astillero de arces y algunos árboles de roble, y una gran parte de el permanecía sin cultivar. La hiedra venenosa crecía entre las zarzas y rosales silvestres y más de una vez, Belinda se había alejado demasiado, sufriendo los resultados durante semanas.
Un gran espacio de césped estaba bordeado por las agrupaciones de azafrán, tulipanes emperador, junquillos y narcisos, Se había hecho un cenador y un estanque con bancos a su alrededor, y me encontré tan tranquila para sentarse y mirar hacia el mar.
A veces, me gustaba caminar hasta el borde del acantilado y ver la marea, hipnotizada por el movimiento rítmico de las olas, las olas, la espuma que tiraba encima de las rocas, escuchando a las gaviotas gritar mientras se derrumbaban por las almejas. Yo iba hasta el mismo borde y cerraba los ojos. Podía sentir mi dominio del cuerpo como si se tratara de la tentación de volar por el acantilado y estrellarme en el acantilado contra las rocas.
Cuando era más joven, Belinda se asustaba por el océano. Ella no era aficionada a los barcos de vela, odiaba el peligro y el olor de las algas. Rara vez o nunca se iba a pescar en el bote de madera, la única razón que podía haber para ir a la playa, era hacer una fiesta y después permanecer lo suficientemente lejos del agua a fin de no ser mojada por las olas rompiendo contra la costa.
Una vez, cuando yo tenía nueve años y ella tenía siete años, la llevé hasta el borde del acantilado conmigo y le pedí que cerrara los ojos. Se asustó tanto que dio la vuelta y corrió hacia la casa. Pensé en eso ahora y me pregunté qué habría hecho si se hubiera caído.
Jerome acababa de terminar de escardar cuando salí de nuevo para encontrar la tumba. Él asintió con la cabeza y se dirigió hacia el cobertizo. Con los brazos cruzados sobre mi cuerpo, yo caminaba con tanta naturalidad como si fuera dando paseo, los ojos revoloteando de un lado a otro, en busca de signos de tierra que había sido perturbada. Caminé todo el camino hasta el borde del acantilado sin ver nada.
¿Dónde pudo papa poner al niño y las demás cosas? no sería sólo un pequeño agujero, ¿verdad?
Di la vuelta hacia los arces y me detuve cuando pensé que había encontrado un espacio en uno de los árboles que parecía que había sido desenterrado. Me acerqué y cuando me arrodillé e inspeccionado el terreno, decidí que este era el lugar. Lo confirmo un estremecimiento en mí y me levanté como si me esperaba que el niño muerto gritara pidiendo ayuda, incluso con su voz apagada.
Años más tarde, yo vendría aquí de nuevo y encontraría el lugar cubierto, por el pasto esmeralda y las malas hiervbas, con un parche de enebro que se mecia con el viento del océano, un recuerdo de aquella noche horrible.
En este momento me enfade por todo esto, sin embargo, no me gustaba sentirme espeluznante y sombría. No me gustaba enterrar los pecados de Belinda porque no me gustaba la mentira. Cuando te acuestas, pensé, te haces vulnerable y débil. Papá era un hombre mucho más débil a mis ojos, por todo lo que había hecho, aunque yo estaba segura que tenía sus pesadillas también.
Huí del lugar, odiando a Belinda para poner a todos en esta horrible posición.
Papa debería haber hecho sufrir a Belinda consecuencias y no consentir que ella este arriba en su cuarto siendo mimada durante toda la semana, pensé. Creía que nunca se comentaría de nuevo lo que ocurrió, pero me sorprendió una noche hacia el final de esa semana. Él estaba en su oficina inclinado sobre el libro de cuentas de la familia cuando yo pasé y me llamó.
Cierra la puerta, Olivia, ordenó tan pronto como entré. Así lo hice y luego me volví hacia él. Se sentó detrás de su escritorio con frialdad-. Tenemos que dejar todo esto tras nosotros Olivia. Me he dado cuenta que has estado toda esta semana mirándome de forma diferente como si esperaras que yo diga o haga algo más.
No quiero hablar sobre tu conciencia, papá, le dije y él hizo una mueca como si le hubiera escupido. Lo siento. Es difícil para mí fingir que no ha pasado nada.
Escúchame, Olivia. La cualidad más importante es la lealtad. Cada familia es un mundo en sí mismo y cada miembro de ese pequeño mundo debemos protegerla a toda costa.
Sólo entonces pueden surgir la libertad individual, los intereses y talentos que perseguir. Proteger la familia es bueno, dijo con firmeza en los ojos. Es la lección que me enseñó mi padre y la lección que espero que tú también tengas en cuenta.
Entre nosotros, podemos criticar y discutir, pero tenemos que dejarlo de lado cuando se amenaza a la familia. Es la religión con la que yo vivo, Olivia. Es mi única bandera y por la única causa por la que yo daría mi vida.
Me quedé mirándolo un momento. Papá me miró como si estuviera a punto de llorar. Tenía los labios apretados con tanta fuerza que las mejillas sobresalían.
No me condenes por amaros, por amar a mi apellido y a la reputación, Olivia. Aprende de ello, declaró.
Tomé una respiración profunda. Papá y yo habíamos tenido muchas conversaciones en el pasado, pero rara vez vi que sus ojos se llenaran de lágrimas, me sentía mal por él, me dio pena haberle hecho sentir culpa.
Entiendo papa, dije. Realmente lo creo.
Eso es bueno, Olivia, porque tú eres mi esperanza. Tendrás que tomar muchas decisiones para nuestra familia cuando yo no esté, y espero que siempre recuerdes esta semana y recuerda todo lo que te he dicho.
Si papa, lo prometo.
Él sonrió y se levantó. Luego caminó alrededor de la mesa y me rodeo con su brazo.
Estoy orgulloso de ti, Olivia, dijo besándome en la frente. Muy orgulloso.
Lo vi regresar a su escritorio. Se le veía cansado, como un hombre que lleva demasiadas cargas. Me quedé un momento hasta que él bajó la vista a sus papeles, y luego lo dejé.
Sus palabras se aferraron a mí, incluso después de apagar las luces por la noche y apoyar la cabeza en la almohada. Sus palabras se quedaron grabadas para siempre junto con la imagen de sus ojos llenos de lágrimas.
Hay un terrible precio que pagar por ser un líder, pensé, una carga terrible.
Tal vez Belinda fuera mejor que cualquiera de nosotros, especialmente que yo.
Mira lo que había hecho y, sin embargo esta noche, durmió como la mayoría de las noches, abrazó a sus animales de peluche, cerró los ojos, y soñó con campanillas, cintas, música y novios embelesados por sus sonrisas.
Considerando que mis sueños estaban centrados en un parche de tierra detrás de la casa y en mi padre, la reducida caja de cartón en el suelo, mientras que a través de sus lágrimas, decía, todo por la familia. Es todo para la familia.

Capitulo 1 -Llanto en la noche- (2º parte)

Papá regresó, con su cabello castaño oscuro alborotado los ojos llenos de tormento y shock. Vio la alfombra y los trapos mojados y lo recogió todo.
Voy a enterrar todo esto también, murmuró. Debe ser como si nada de esto hubiera pasado.
Miró a su alrededor con desesperación.
Lo tienes todo, papá.
Bien, dijo. Yo nunca había visto a nuestro padre con una mirada tan enloquecida. Estaba realmente asustado por Belinda, que descansaba allí con los ojos cerrados la mayor parte del tiempo. Me imaginé que ella tenía miedo de mirarlo a la cara ahora.
Después de que papa se volviera a ir, fui a ver cómo estaba mama. Ella estaba sentada en el borde de la cama, esforzándose por ponerse en pie y poder ir a ver a Belinda. Aún estaba muy pálida y tenía la respiración entrecortada.
Mama deberías acostarte de nuevo, dije acercándome a su lado.
¿Cómo esta Belinda?
Ella va a estar bien. La he bañado y ha vuelto a la cama.
Y...
Papá se ha encargado de todo lo demás.
¿Encargado?
El bebé murió de inmediato mamá, le dije. Era prematuro. Papá cogió al bebé y lo enterró en algún lugar. Él dijo que no quiere que nadie lo sepa.
¿Enterrado? Ella ahogó un grito y sacudió la cabeza. Dios nos perdone, susurró.
Yo pensaba que iba a caer hacia adelante al suelo, así que la cogí por el codo y traté de que siguiera descansando, pero ella negó con la cabeza.
Tengo que ir a ver como está, Olivia.
Ella se tambaleo. Puse mi brazo alrededor de su cintura y la ayudé a llegar a la puerta. Fue cobrando fuerzas a medida que llegaba a la puerta y fue a la habitación de Belinda.
Belinda comenzó a sollozar cuando mama se le acercó.
Lo siento, mamá, ella gimió. Lo siento.
Mama se sentó en la cama y la apretó entre sus brazos. Belinda lloraba. Mama la consoló.
Pobre niña, dijo.
¿Pobre niña? Debería ser azotada, murmuré, pero no pude evitar sentir lástima por ella, aunque yo no quería darle ni un ápice de simpatía.
No, no, querida. Está todo bien. Todo va a estar bien, susurraba mama.
Por último, Belinda se sorbió la nariz y se secó las lágrimas.
Sé que debería habértelo dicho, mamá, pero no podía. Estaba demasiado avergonzada y asustada, explicó.
Eso estuvo mal, Belinda. No se puede mantener un secreto a tus padres o a tu hermana, dijo, mirándome. Belinda me miró también. Todos te queremos.
Lo sé. Mamá. Lo siento, dijo ella.
¿Cómo ha podido suceder una cosa así? Preguntó mama en un susurro ronco que parecía ir dirigido más a mí que a Belinda.
Desde que tengo memoria, mama siempre me preguntaba a mí sobre Belinda. Esperaba siempre que yo estuviera a cargo de mi hermana pequeña, pero yo había estado ausente la mayor parte del tiempo tras finalizar la escuela, y sabía de las hazañas de Belinda sólo a través de chismes y lo poco que he observado en los días festivos. En este último año a Belinda le habían dado mucha libertad, mucha más de la que me habían dado a mí. Sin mí en casa, mama no hizo mucho caso sobre donde estaba Belinda o que hacía. Le permitieron dormir en casa de amigos y volver pasada la medianoche. Papá estaba siempre demasiado ocupado para darse cuenta, pensé, y ahora mira lo que ha ocurrido.
Dice que no sabe quién es el padre, declaré. Al parecer, hay demasiados candidatos.
¿Qué? preguntó mamá, con la cara retorcida en la incredulidad.
¿Pensaba que Belinda era una especie de ángel solo porque papa la tratara así?
¿Demasiados? ¿Cómo pueden haber sido demasiado numerosos, Belinda?
No lo sé, mamá. Por favor, no quiero pensar en ello. Por favor, le suplicaba y empezó a sollozar de nuevo.
Debemos saberlo, insistí. Papa debe saberlo e ir a verlos.
Tal vez sea mejor no lo hagamos, concluyo mamá, sucumbiendo a las lágrimas y lamentos de Belinda.
¿De que serviría ahora?
La gente debe ser responsable de sus acciones, mamá. Papá va a querer saberlo, añadí con firmeza.
Tengo sed, se quejó Belinda.
Muy bien, cariño. Está bien. Olivia te dará un poco de agua.
Necesito algo más frío, algo helado, exigió.
Olivia, por favor, dijo mamá, volviendo sus ojos suaves para mí.
No debemos ser blandos con ella ahora, madre. Ha hecho una cosa terrible para todos nosotros, dije. Madre sólo sostuvo mi mirada, rogando con los ojos. Me volví y salí de la habitación y baje las escaleras.
Carmelita se había despertado por el sonido de las pisadas en la escalera y la actividad anterior. Era una mujer alta, de piel muy oscura, medio-Portuguesa, medio negra-, lo que llamamos Bravos del Cabo. Ella había estado trabajando para nuestra familia los últimos diez años. Tenía 45 años, delgada, de rostro estrecho y los ojos del color de caramelo. Carmelita era la criada y cocinera perfecta para nuestra familia porque era fuerte, eficiente y discreta. Ella parecía no tener opiniones sobre cualquiera de nosotros y mantenerse a sí misma cuando no estaba trabajando.
Su pelo negro regaliz bajaba hasta los hombros cuando salió de su habitación para saludarme. Ella estaba en camisón y bata.
¿Alguien está enfermo? -le preguntó.
Belinda, le dije.
Oh. ¿Puedo hacer algo?
No, gracias, Carmelita, le dije. Puedo cuidar de ella, le dije con firmeza. Fijó los ojos oscuros en mi cara por un momento y, sin expresión, asintió con la cabeza y regresó a su habitación en la parte trasera de la casa. Yo sabía que ella no me había creído, pero incluso cuando era una niña, Carmelita nunca me había desafiado.
Cuando estaba en la cocina cogiendo la bebida para Belinda papá entro por la puerta de atrás. Se quedó allí un momento, con la cara manchada de sudor y las manos cubiertas de suciedad.
Ya está hecho, dijo. ¿Cómo están las cosas arriba? -preguntó, desviando su mirada hacia el techo.
Mama esta con ella, voy a llevarle algo frio.
Papá asintió con la cabeza y se miró sus muñecas y las manos manchadas antes de mirar hacia mí.
Entiendes porque lo estoy haciendo todo de esta manera, ¿no es así, Olivia? La conclusión es que es la mejor manera de proteger a la familia.
Entiendo, papá.
¿Ella dijo que nadie más sabía lo que ocurría?
Eso fue lo que dijo, respondí, no sin una mueca de escepticismo que papá decidió ignorar.
Bueno, se despidió.
Ella no me dice quién es el padre, añadí. Dice que no lo sabe.
Negó con la cabeza.
Tal vez sea mejor. No podemos acusar a alguien y agitar un nido de avispas.
Sea quien sea, no debe salirse con la suya, papá.
Ya está hecho. Deja que todo sea enterrado, agregó y luego fue para lavarse antes de volver a ver a Belinda. Una vez más, pensé, mi hermana mimada se escapa de algo terrible.
Cuando regresé a la habitación de Belinda con su agua, mamá se había recostado cómodamente. Le di el refresco y lo bebió a sorbos mientras me sonreía.
Gracias, Olivia. Lo siento, por todo.
Sí, es cierto, dije sin pestañear. Parecía que iba a estallar en llanto de nuevo y hacer que mamá se sintiera peor. Ahora descansa, Belinda. Seguro que no quieres enfermar gravemente, cambió de expresión al instante a una expresión de gratitud y luego extendió la mano para tomar mi mano.
Eres mi mejor hermana, ella dijo. Casi se echó a reír.
Soy tu única hermana, Belinda.
Lo sé, pero eres tan buena conmigo.
Ella es buena contigo. Es buena con todos nosotros, dijo mamá mientras me sonreía. Lo que todos tenemos que hacer ahora es descansar un poco.
¿Cómo se puede dormir después de esto? -Murmuré. Si mamá me escucho optó por ignorarme.
Papá llegó a la puerta y se asomó.
¿Y bien? , preguntó.
Ella está bien, Winston, dijo mamá.
Eso es bueno. Es mejor que nos comportemos como si esto no hubiera pasado, aconsejó.
Es lo mismo que pretender que no hay mar ahí fuera, declaré.
Tu padre tiene razón, Olivia. No servirá de nada hablar de ello, incluso entre nosotros mismos. Vamos a cerrar nuestros ojos e imaginar que era una pesadilla, sugirió.
No me sorprendió oírla decir una cosa así. Era la forma en la que mamá manejaba la mayoría de las cosas desagradables de su vida. Ni siquiera un evento como este sería diferente.
Se inclinó para besar a Belinda que le sonreía, y luego salió de la habitación. Papá se quedó mirando un momento hacia mí, luego al suelo y luego a Belinda.
Todo el mundo debería dormir, dijo y se fue.
Miré a Belinda. Ella me ofreció su sonrisa, pero yo sólo moví la cabeza hacia ella.
Estoy tan cansada, Olivia, dijo. Me siento por dentro muy débil, demasiado, pero yo no quería alarmar a nadie. Papá no querra que yo tenga que ir a ver un médico.
Vivirás, le dije. Sólo tienes que dormir.
Revisé la habitación una vez más y me dirigí hacia la puerta, deteniéndome en la puerta para mirar hacia Belinda. Parecía pequeña, como una niña otra vez. Cuando está dormida.
Me quedé despierta en mi cama intentando no pensar en Belinda, o en mis padres. Reflexioné acerca de ese niño muerto cuya chispa de la vida se apagó tan rápido y que fue enterrado en algún lugar en nuestra propiedad poco después, seguramente no tendríla ningún recuerdo de haber nacido en esta familia.
Por el momento, pensé, él era afortunado.