jueves, 17 de junio de 2010

Capitulo 2: "Es mi fiesta" (1ª Parte)

En los primeros días Belinda se convirtió en una inválida. No comía bien y lo que comía, a menudo lo devolvía. Su tez siempre sonrosada desapareció y no regresó hasta al final de la semana, que fue justo a tiempo para lo que ella había planeado. El sábado, vinieron tres chicos a verla. Ellos trajeron flores y dulces. Carmelita apareció en la puerta de la sala donde estábamos mamá, papá y yo.
Hay tres jóvenes aquí para ver Belinda, anunció con poca emoción.
¿Tres? Preguntó papa levantando las cejas.
Sí, señor.
¿Chicos?
Sí, señor Gordon.
Papa dirigió su mirada hacia mí y frunció el ceño.
Es un gran detalle, declaró mama. Me sonrió y siguió su camino sin prestar atención a nuestros ceños fruncidos.
Que pasen, papá se puso rígido, adquirió la presencia que solía usar cuando se sentaba en una reunión de negocias que sabía sería difícil. Tenía una manera de cuadrar sus hombros y subir su imponente nariz hasta que se parecía a un ave de presa. Papá era fornido, fuerte y muy intimidante cuando se enfadaba y con un destello de acero en sus ojos.
Sabía que todos los muchachos conocían a Carmelita. Todos habían estado aquí para ver a Belinda en varias ocasiones durante este año. Vino a Arnold Miller, que había sido mi principal sospechoso sólo porque Belinda había pasado mucho tiempo con él últimamente. Era muy alto, bien parecido con el pelo castaño claro y ojos verdes manchadas de marrón. Por lo que Belinda me había dicho, ella lo imaginaba porque era una especie de héroe de la escuela de deportes, su jugador estrella de baloncesto y el lanzador estrella de béisbol. La mayoría de las chicas lo quería como novio. A Belinda le gustaba ser envidiada más de lo que le gustaba ser amada.
Los padres de Arnold eran dueños de una fábrica de madera y almacén de equipos de jardinería, uno de los mayores puntos de venta en Provincetown. Arnold era el mayor de tres hermanos, todos varones. Pensé que era un poco tímido, pero yo no podía estar segura de ello cuando lo tenía delante. Belinda simplemente reía cuando estaba con él aquello había sido muy a menudo en los últimos meses.
Junto a Arnold estaba Quin Lothar, que tenía su pelo largo de color ámbar casi hasta los hombros, que era algo que padre detestaba de los hombres jóvenes. Quin fue también muy popular porque tenía su propia banda en la escuela, pero en mi opinión no era de ninguna manera tan guapo como Arnold. Las características de Quin eran demasiado grandes y tenía una frente estrecha con unas cejas que quedaban demasiado lejos en sus ojos castaños. La esquina derecha de su boca siempre parecía metida en la mejilla, dándole una sonrisa habitual e inteligente. Ahora que lo miraba, pensaba que él podría ser el padre del niño. Parecía capaz de dejar embarazada a Belinda y no preocuparse por ello.
Iba vestido descuidadamente, con pantalones gastados y un jersey descolorido, y obviamente no le importaba su aspecto o causar una buena impresión a mis padres.
El tercer joven era Peter Wilkes, un muchacho bajito, rechoncho, con cara redonda y suave. Su padre era Presidente de la Caja de Ahorros de Cape Cod. Belinda dijo que siempre tenía dinero para gastar y siempre se lo pagaba todo y lo llamaba su cartera, incluso a la cara. Belinda se jactaba de que ella sólo tenía que mirar algo y si deseaba que fuera suyo él iba y se lo compraba.
Llevaba una camisa blanca abotonada, pantalones y zapatos de cordones de vestir, pero de alguna manera, tal vez por la forma en la ropa colgada en su cuerpo obeso, el no parecía mejor que los demás.
Quin era el portavoz.
Buenas tardes, dijo. Vinimos a ver como se encuentra Belinda. Pensábamos que podríamos animarla, agregó.
Peter doblo sus mejillas en una sonrisa y levantó la caja de dulces en sus manos.
Si te parece bien, me gustaría que le dieras esto, dijo. Son bombones importados.
Arnold llevó flores. Él sólo asintió con la cabeza, cogía las flores como la Estatua de la Libertad sostenía la antorcha.
Papá no dijo nada. Tenía una manera de escucharlos y observarlos que nadie había previsto. Era algo que hacía para crear mal ambiente y una manera de probar a los demás. El silencio, por más breve que fuera, hizo que los tres muchachos se incomodaron. Se miraron el uno al otro con rapidez, se retorcían en sus ropas y miraban hacia mí y mi madre, al suelo y luego volvían a mirar a papa.
Le traje también algunas notas de las clases que está perdido, agregó Peter sacando del bolsillo del pantalón unos papeles.
Eso es muy responsable, dijo al fin mamá.
¿No tienen ustedes, muchachos, miedo de enfermar al final del año escolar? Preguntó papa estrechando los ojos de forma sospechosa.
No señor, Arnold respondió rápidamente.
No vamos a estar tan cerca de ella, agregó Quin, profundizando la comisura de su labio en la mejilla. Peter amplió su sonrisa.
Eso espero, murmuro papa. Olivia, dijo dirigiéndose a mí. Yo ya sabía lo que eso significaba. Él quería que yo los llevara hasta la habitación de Belinda y me quedara allí como una carabina.
Me levanté de mala gana, obviamente.
Tal vez ella está dormida, le dije.
Ella sabe que veníamos, añadió Quin rápidamente.
Llamamos temprano y le dije que estaría aquí sobre esta hora.
Ella debería habérnoslo dicho, murmuré mirando a papá. Él asintió con la cabeza pero no dijo nada más. En su lugar, se fue a su escritorio y luego cogió su caja de cigarros para ponerla encima de la mesa.
¿Son puros habanos, señor Gordon? Preguntó Peter a papa cuando este encendía uno.
Papá levantó las cejas.
¿Qué sabe usted sobre cigarros?
No mucho, pero mi padre fuma habanos. Puedo conseguirlos para usted, añadió, con su ofrecimiento era obvio que pretendía ganarse los favores de papa.
Soy perfectamente capaz de conseguirlos por mí mismo, respondió papá con severidad.
¿Has venido a visitar a Belinda o conversar con mi padre? Les pregunté.
Quin golpeo a Peter con el codo y los tres me siguieron del estudio a la escalera.
Normalmente, mis padres no aprueban las visitas masculinas en la habitación de mi hermana, dije a los que me seguían. Uno de ellos se rio, pero yo no le di la satisfacción y seguí mostrándome dura. Me detuve en la puerta del dormitorio Belinda y los tres se pararon ansiosos a mí alrededor. ¿Qué poder tenía Belinda para causar a estos chicos tanto entusiasmo y deseo? Me pregunté. ¿Era simplemente su promiscuidad o había algo más, algo que yo no podría tener nunca, algo dado al nacer, una emoción, una promesa que daba a las hormonas de los hombres lo mismo que si agitaras una cerveza.
Un momento, le dije. Eran como caballos, Ellos se asfixian con las bridas y hasta bufan, pensé, llame a la puerta.
¿Si? Contesto Belinda
Han llegado tus invitados. ¿Estás presentable?
Sí, Olivia. Pueden entrar, dijo ella y abri la puerta.
Cualquiera que viera a Belinda en estos momentos seguramente no creería mi informe sobre su aborto. Incluso tuve que admitir que estaba impresionada con lo radiante que se veía. Sabía que Carmelita no había vuelto a subir aquí desde el desayuno, por lo que quedaba claro que era Belinda la que había arreglado el cuarto y abierto las cortinas permitiendo así entrar el sol suave y brillante haciendo que todo se viera limpio y fresco.
Belinda tenía puesto uno de sus más indecorosos camisones, el escote del cual llegaba hasta sus pechos maduros. Con la manta baja, el contorno de sus pechos era poco menos que si nos lo hubiera revelado plenamente. Llevaba el pelo bien cepillado hasta los hombros. Belinda siempre se arreglaba el pelo más que yo, pero ella se tomaba más molestias en su aspecto del que me tomaba yo. Si ella pudiera recubriría las paredes de su habitación con espejos, no parecía cansarse jamás de observar su propia imagen.
Súbete hacia arriba la manta o ponte una bata, ordené.
Ella se sonrojó y tiró de la manta contra su pecho rápidamente.
Y, ¿quién ha venido a verme? Preguntó suavemente.
Los tres muchachos entraron tímidamente en la habitación.
Dicen que te han llamado para avisarte que venían, así que no sé porque preguntas de quien se trata, Belinda, le comenté. Ella me ignoró y se concentró en ellos.
Te he traído esto, dijo Arnold con rapidez y empujo el ramo de rosas rojas hacia ella.
Oh, son simplemente hermosas, ¿no es cierto,, Olivia? ¿Podemos encontrar un jarrón para las flores?
¿Nosotras?, le pregunte.
Ella inclinó la cabeza con esa sonrisa de niña.
Bueno, yo no creo que sería apropiado para mí para salir de la cama, dijo dándole énfasis con un aleteo de parpados, pensé que parecía un ventilador.
Solté un gruñido, me adelanté y cogí las flores. Había un jarrón sobre la cómoda. Fui al baño a llenarlo con agua.
Espero que puedas comer dulces, oí como Peter le decía.
Por supuesto que puedo, dijo Belinda. A Olivia le gusta el caramelo también, añadió en voz alta mientras que yo regresaba del cuarto de baño.
Ciertamente no, le dije. Puse el jarrón en su mesita de noche y metí las rosas de tallo largo en él.
Belinda se rió y empezó a abrir la caja. Ella cogió un de chocolate y lo sostuvo entre sus labios, cerrando los ojos y gimiendo de deseo, los tres muchachos abrieron sus ojos y se revolvieron como si estuvieran sufriendo.
Belinda, eso es asqueroso, le dije. Si te lo vas a comer, cómetelo, pero no salives por todas partes.
Ella se rió y ofreció una ronda como si fueran niños. Cada uno tomó un caramelo. Negué con la cabeza vigorosamente cuando volvió la caja hacía mí.
Puede por favor ponerlo sobre mi mesa, Olivia. , dijo.
Suspiré profundamente, sin ocultar mi disgusto. ¿Cómo me había convertido de repente yo en su doncella? Me pregunté, pero hice lo que me había pedido.
Contádmelo todo, todo lo que me he perdido y no os dejéis nada atrás, no me importa lo pequeño que os pueda parecer a vosotros, dijo Belinda aplaudiendo con sus manos y cayó sobre su gran almohada de color rosa suave y esponjosa. El pelo le caía alrededor de su cara como si fuera el marco de un cuadro, empleando una gran estrategia para sacar brillo a su imagen.
¡Arnold lanzó una carrera ayer para terminar la temporada de béisbol, declaró Peter. Él hizo nueve lanzamientos y solo le pararon tres!
¡Oh, no empecéis a hablar conmigo acerca de deportes. Todo lo que siempre me contáis sobre vosotros, son resultados, errores y dobles jugadas, es aburrido.
¿Aburrido? Dijo Peter.
Quin se echó a reír.
Claro que si, dijo. Las cosas de atletas siempre son aburridas. Se inclinó sobre la cama junto a Belinda. Escribí una canción para la banda. Lo hemos llamado “Llévame a la playa”.
Tienes que conseguir que la toquen para mí, dijo Belinda.
Claro que sí. Vas a venir al garaje a escucharla tan pronto como te recuperes.
¿Voy a estar lo suficientemente bien el lunes para poder ir, Olivia?
Te ves muy bien en este momento, respondí con sequedad.
A Quin le sorprendieron fumando en el baño de chicos ayer. El no irá a la escuela el lunes, reveló Arnold con una sonrisa alegre.

jueves, 3 de junio de 2010

Capitulo 1 -Llanto en la noche- (3º parte)

Belinda se quedó en casa el resto de la semana. Le dijimos a todo el mundo que tenía la gripe. Pensé que Carmelita sabía que algo mucho más grave había ocurrido. Ella le llevaba a Belinda sus comidas y veía que ella no estornudaba y tosía. Sin embargo, mama la mimaba y cuidaba como si la mentira fuera cierta. La oí hablar con sus amigos por teléfono, diciéndoles lo enferma que Belinda estaba.
Un día se encuentra bien y al siguiente, se pone tan enferma que no se puede levantar, divagaba ella describiéndoles los síntomas a sus amigas alegando que había llamado al médico para recibir instrucciones.
Todo esto me disgustaba. Me había sorprendido especialmente la rapidez con la que papa se había adaptado a la fachada que inventaron él y mama. A la mañana siguiente, se levantó y vistió a la hora habitual, ya sentado a la mesa del desayuno, con la lectura de su periódico como si la noche anterior en realidad hubiera sido un mal sueño. La única indicación en su rostro era una mirada rápida, pero fuerte, hacia mí cuando Carmelita entró en el comedor y preguntó por la salud de Belinda. Entonces fue cuando mama entro con su larga y detallada explicación, derramando su burbujeante arroyo de mentiras piadosas. Papá miró complacido.
Desde que yo había terminado la escuela, había ido a trabajar para él como aprendiz de contable. Papá decidió que sería una gran pérdida enviarme a alguna universidad de artes liberales, sólo para llenar el tiempo, hasta que encontrara un hombre decente y adecuado para casarme. Olivia, cualquier hombre que se case contigo apreciaría más que fueras práctica, agregó.
Yo no estaba entusiasmada con ir a la universidad de todos modos, y siempre había sido muy buena con los números. Papá decía que yo tenía una buena cabeza para los negocios. Dijo lo que sabía desde que yo era un niña y vendía arándanos de nuestro pantano. Yo con un stand en la calle que discurría por nuestra propiedad. Los turistas pensaban que era dulce que una niña se comportara tan en seria con el dinero. Lo que más impresionó fue que papá cogiera mi dinero y lo pusiera en una cuenta de ahorros con intereses en lugar de gastarlo en las tiendas de dulces o juguetes.
Por lo menos tengo a alguien en la familia para heredar mi negocio, declaró. Había llegado a aceptar que él no tendría un hijo, pero con el tiempo, yo creía que ya no pensaba en mí como un sustituto inferior. Él me daba demasiados elogios en la oficina para que lo creyera.
Papá era verdaderamente un millonario hecho a sí mismo, una historia de éxito que ilustra el sueño americano, un pequeño empresario que hizo buenas decisiones de negocios y poco a poco pero con firmeza y un negocio más grande y más grande. Sablo sobre él en varias revistas regionales y una vez en los periódicos de Boston.
Había comenzado con un barco de pesca individual y luego compró un segundo y un tercero. En poco tiempo, tenía una flota de barcos destinados a pescados y mariscos para un mercado nacional cada vez mayor. Se expandió por el enlatado de camarón en Boston y construyó una impresionante cadena financiera de las empresas relacionadas, haciendo que el movimiento astuto para obtener un interés dominante en las instalaciones de transporte por carretera para poder controlar sus gastos generales. Según su propia confesión, fue a veces un despiadado hombre de negocios, sofocando la competencia, bajando los precios para expulsarlos de sus territorios. Se volvió más y más influyente en la política, recogió los contratos gubernamentales y siguió ampliando su alcance y su alta influencia sobre el mercado.
Después de menos de seis meses, yo sabía casi todo sobre la empresa, y papá incluso me permitió sentarse en alguna de las reuniones de la empresa para escuchar y aprender más. Una vez que terminaban, a menudo se volvía hacia mí para que diera mis opiniones, y por varias veces tomó mi consejo.
Belinda, en cambio, no sabía nada del negocio. De acuerdo con la forma en que se comportaba y su pensamiento, ella creia que el dinero entraba en nuestras vidas como la lluvia. Cuando se necesitaba allí estaba, y nunca hubo sequía, nunca escucho las palabras; No nos lo podemos permitir, Belinda.
A menudo la sermoneaba acerca de ser ingratos y desagradecidos.
Lo damos todo por sentado, como si nos lo debieran, acuse.
Ella me dirigía esa sonrisa dulce tan suya y se encogía de hombros. Yo podía acusarla de asesinato y ella haría lo mismo.
Rara vez alegaba ni negaba nada. Era como si ella creyera que era inmune a la responsabilidad y a la culpa, que los santos la habían dispensado y podía hacer lo que su pequeño corazón deseara, sin importar las consecuencias.
Era cierto incluso ahora, pensé con disgusto, con nuestros padres diciendo que era mejor fingir que no pasó nada. Belinda acababa de tener la gripe. Casi creía que papá se había convencido de que no había enterrado a un bebé prematuro.
Al día siguiente, cuando volví de la oficina, caminé detrás de nuestra casa, curiosa por saber si podía encontrar la tumba sin marcar. Nuestra tierra detrás de la casa era casi una hectárea completa antes de que llegara el acantilado que daba al océano Atlántico. Se trataba de una pronunciada bajada a la playa de rocas. Había algunos caminos seguros que conducían a la pequeña playa privada que teníamos. Nuestro extenso astillero de arces y algunos árboles de roble, y una gran parte de el permanecía sin cultivar. La hiedra venenosa crecía entre las zarzas y rosales silvestres y más de una vez, Belinda se había alejado demasiado, sufriendo los resultados durante semanas.
Un gran espacio de césped estaba bordeado por las agrupaciones de azafrán, tulipanes emperador, junquillos y narcisos, Se había hecho un cenador y un estanque con bancos a su alrededor, y me encontré tan tranquila para sentarse y mirar hacia el mar.
A veces, me gustaba caminar hasta el borde del acantilado y ver la marea, hipnotizada por el movimiento rítmico de las olas, las olas, la espuma que tiraba encima de las rocas, escuchando a las gaviotas gritar mientras se derrumbaban por las almejas. Yo iba hasta el mismo borde y cerraba los ojos. Podía sentir mi dominio del cuerpo como si se tratara de la tentación de volar por el acantilado y estrellarme en el acantilado contra las rocas.
Cuando era más joven, Belinda se asustaba por el océano. Ella no era aficionada a los barcos de vela, odiaba el peligro y el olor de las algas. Rara vez o nunca se iba a pescar en el bote de madera, la única razón que podía haber para ir a la playa, era hacer una fiesta y después permanecer lo suficientemente lejos del agua a fin de no ser mojada por las olas rompiendo contra la costa.
Una vez, cuando yo tenía nueve años y ella tenía siete años, la llevé hasta el borde del acantilado conmigo y le pedí que cerrara los ojos. Se asustó tanto que dio la vuelta y corrió hacia la casa. Pensé en eso ahora y me pregunté qué habría hecho si se hubiera caído.
Jerome acababa de terminar de escardar cuando salí de nuevo para encontrar la tumba. Él asintió con la cabeza y se dirigió hacia el cobertizo. Con los brazos cruzados sobre mi cuerpo, yo caminaba con tanta naturalidad como si fuera dando paseo, los ojos revoloteando de un lado a otro, en busca de signos de tierra que había sido perturbada. Caminé todo el camino hasta el borde del acantilado sin ver nada.
¿Dónde pudo papa poner al niño y las demás cosas? no sería sólo un pequeño agujero, ¿verdad?
Di la vuelta hacia los arces y me detuve cuando pensé que había encontrado un espacio en uno de los árboles que parecía que había sido desenterrado. Me acerqué y cuando me arrodillé e inspeccionado el terreno, decidí que este era el lugar. Lo confirmo un estremecimiento en mí y me levanté como si me esperaba que el niño muerto gritara pidiendo ayuda, incluso con su voz apagada.
Años más tarde, yo vendría aquí de nuevo y encontraría el lugar cubierto, por el pasto esmeralda y las malas hiervbas, con un parche de enebro que se mecia con el viento del océano, un recuerdo de aquella noche horrible.
En este momento me enfade por todo esto, sin embargo, no me gustaba sentirme espeluznante y sombría. No me gustaba enterrar los pecados de Belinda porque no me gustaba la mentira. Cuando te acuestas, pensé, te haces vulnerable y débil. Papá era un hombre mucho más débil a mis ojos, por todo lo que había hecho, aunque yo estaba segura que tenía sus pesadillas también.
Huí del lugar, odiando a Belinda para poner a todos en esta horrible posición.
Papa debería haber hecho sufrir a Belinda consecuencias y no consentir que ella este arriba en su cuarto siendo mimada durante toda la semana, pensé. Creía que nunca se comentaría de nuevo lo que ocurrió, pero me sorprendió una noche hacia el final de esa semana. Él estaba en su oficina inclinado sobre el libro de cuentas de la familia cuando yo pasé y me llamó.
Cierra la puerta, Olivia, ordenó tan pronto como entré. Así lo hice y luego me volví hacia él. Se sentó detrás de su escritorio con frialdad-. Tenemos que dejar todo esto tras nosotros Olivia. Me he dado cuenta que has estado toda esta semana mirándome de forma diferente como si esperaras que yo diga o haga algo más.
No quiero hablar sobre tu conciencia, papá, le dije y él hizo una mueca como si le hubiera escupido. Lo siento. Es difícil para mí fingir que no ha pasado nada.
Escúchame, Olivia. La cualidad más importante es la lealtad. Cada familia es un mundo en sí mismo y cada miembro de ese pequeño mundo debemos protegerla a toda costa.
Sólo entonces pueden surgir la libertad individual, los intereses y talentos que perseguir. Proteger la familia es bueno, dijo con firmeza en los ojos. Es la lección que me enseñó mi padre y la lección que espero que tú también tengas en cuenta.
Entre nosotros, podemos criticar y discutir, pero tenemos que dejarlo de lado cuando se amenaza a la familia. Es la religión con la que yo vivo, Olivia. Es mi única bandera y por la única causa por la que yo daría mi vida.
Me quedé mirándolo un momento. Papá me miró como si estuviera a punto de llorar. Tenía los labios apretados con tanta fuerza que las mejillas sobresalían.
No me condenes por amaros, por amar a mi apellido y a la reputación, Olivia. Aprende de ello, declaró.
Tomé una respiración profunda. Papá y yo habíamos tenido muchas conversaciones en el pasado, pero rara vez vi que sus ojos se llenaran de lágrimas, me sentía mal por él, me dio pena haberle hecho sentir culpa.
Entiendo papa, dije. Realmente lo creo.
Eso es bueno, Olivia, porque tú eres mi esperanza. Tendrás que tomar muchas decisiones para nuestra familia cuando yo no esté, y espero que siempre recuerdes esta semana y recuerda todo lo que te he dicho.
Si papa, lo prometo.
Él sonrió y se levantó. Luego caminó alrededor de la mesa y me rodeo con su brazo.
Estoy orgulloso de ti, Olivia, dijo besándome en la frente. Muy orgulloso.
Lo vi regresar a su escritorio. Se le veía cansado, como un hombre que lleva demasiadas cargas. Me quedé un momento hasta que él bajó la vista a sus papeles, y luego lo dejé.
Sus palabras se aferraron a mí, incluso después de apagar las luces por la noche y apoyar la cabeza en la almohada. Sus palabras se quedaron grabadas para siempre junto con la imagen de sus ojos llenos de lágrimas.
Hay un terrible precio que pagar por ser un líder, pensé, una carga terrible.
Tal vez Belinda fuera mejor que cualquiera de nosotros, especialmente que yo.
Mira lo que había hecho y, sin embargo esta noche, durmió como la mayoría de las noches, abrazó a sus animales de peluche, cerró los ojos, y soñó con campanillas, cintas, música y novios embelesados por sus sonrisas.
Considerando que mis sueños estaban centrados en un parche de tierra detrás de la casa y en mi padre, la reducida caja de cartón en el suelo, mientras que a través de sus lágrimas, decía, todo por la familia. Es todo para la familia.

Capitulo 1 -Llanto en la noche- (2º parte)

Papá regresó, con su cabello castaño oscuro alborotado los ojos llenos de tormento y shock. Vio la alfombra y los trapos mojados y lo recogió todo.
Voy a enterrar todo esto también, murmuró. Debe ser como si nada de esto hubiera pasado.
Miró a su alrededor con desesperación.
Lo tienes todo, papá.
Bien, dijo. Yo nunca había visto a nuestro padre con una mirada tan enloquecida. Estaba realmente asustado por Belinda, que descansaba allí con los ojos cerrados la mayor parte del tiempo. Me imaginé que ella tenía miedo de mirarlo a la cara ahora.
Después de que papa se volviera a ir, fui a ver cómo estaba mama. Ella estaba sentada en el borde de la cama, esforzándose por ponerse en pie y poder ir a ver a Belinda. Aún estaba muy pálida y tenía la respiración entrecortada.
Mama deberías acostarte de nuevo, dije acercándome a su lado.
¿Cómo esta Belinda?
Ella va a estar bien. La he bañado y ha vuelto a la cama.
Y...
Papá se ha encargado de todo lo demás.
¿Encargado?
El bebé murió de inmediato mamá, le dije. Era prematuro. Papá cogió al bebé y lo enterró en algún lugar. Él dijo que no quiere que nadie lo sepa.
¿Enterrado? Ella ahogó un grito y sacudió la cabeza. Dios nos perdone, susurró.
Yo pensaba que iba a caer hacia adelante al suelo, así que la cogí por el codo y traté de que siguiera descansando, pero ella negó con la cabeza.
Tengo que ir a ver como está, Olivia.
Ella se tambaleo. Puse mi brazo alrededor de su cintura y la ayudé a llegar a la puerta. Fue cobrando fuerzas a medida que llegaba a la puerta y fue a la habitación de Belinda.
Belinda comenzó a sollozar cuando mama se le acercó.
Lo siento, mamá, ella gimió. Lo siento.
Mama se sentó en la cama y la apretó entre sus brazos. Belinda lloraba. Mama la consoló.
Pobre niña, dijo.
¿Pobre niña? Debería ser azotada, murmuré, pero no pude evitar sentir lástima por ella, aunque yo no quería darle ni un ápice de simpatía.
No, no, querida. Está todo bien. Todo va a estar bien, susurraba mama.
Por último, Belinda se sorbió la nariz y se secó las lágrimas.
Sé que debería habértelo dicho, mamá, pero no podía. Estaba demasiado avergonzada y asustada, explicó.
Eso estuvo mal, Belinda. No se puede mantener un secreto a tus padres o a tu hermana, dijo, mirándome. Belinda me miró también. Todos te queremos.
Lo sé. Mamá. Lo siento, dijo ella.
¿Cómo ha podido suceder una cosa así? Preguntó mama en un susurro ronco que parecía ir dirigido más a mí que a Belinda.
Desde que tengo memoria, mama siempre me preguntaba a mí sobre Belinda. Esperaba siempre que yo estuviera a cargo de mi hermana pequeña, pero yo había estado ausente la mayor parte del tiempo tras finalizar la escuela, y sabía de las hazañas de Belinda sólo a través de chismes y lo poco que he observado en los días festivos. En este último año a Belinda le habían dado mucha libertad, mucha más de la que me habían dado a mí. Sin mí en casa, mama no hizo mucho caso sobre donde estaba Belinda o que hacía. Le permitieron dormir en casa de amigos y volver pasada la medianoche. Papá estaba siempre demasiado ocupado para darse cuenta, pensé, y ahora mira lo que ha ocurrido.
Dice que no sabe quién es el padre, declaré. Al parecer, hay demasiados candidatos.
¿Qué? preguntó mamá, con la cara retorcida en la incredulidad.
¿Pensaba que Belinda era una especie de ángel solo porque papa la tratara así?
¿Demasiados? ¿Cómo pueden haber sido demasiado numerosos, Belinda?
No lo sé, mamá. Por favor, no quiero pensar en ello. Por favor, le suplicaba y empezó a sollozar de nuevo.
Debemos saberlo, insistí. Papa debe saberlo e ir a verlos.
Tal vez sea mejor no lo hagamos, concluyo mamá, sucumbiendo a las lágrimas y lamentos de Belinda.
¿De que serviría ahora?
La gente debe ser responsable de sus acciones, mamá. Papá va a querer saberlo, añadí con firmeza.
Tengo sed, se quejó Belinda.
Muy bien, cariño. Está bien. Olivia te dará un poco de agua.
Necesito algo más frío, algo helado, exigió.
Olivia, por favor, dijo mamá, volviendo sus ojos suaves para mí.
No debemos ser blandos con ella ahora, madre. Ha hecho una cosa terrible para todos nosotros, dije. Madre sólo sostuvo mi mirada, rogando con los ojos. Me volví y salí de la habitación y baje las escaleras.
Carmelita se había despertado por el sonido de las pisadas en la escalera y la actividad anterior. Era una mujer alta, de piel muy oscura, medio-Portuguesa, medio negra-, lo que llamamos Bravos del Cabo. Ella había estado trabajando para nuestra familia los últimos diez años. Tenía 45 años, delgada, de rostro estrecho y los ojos del color de caramelo. Carmelita era la criada y cocinera perfecta para nuestra familia porque era fuerte, eficiente y discreta. Ella parecía no tener opiniones sobre cualquiera de nosotros y mantenerse a sí misma cuando no estaba trabajando.
Su pelo negro regaliz bajaba hasta los hombros cuando salió de su habitación para saludarme. Ella estaba en camisón y bata.
¿Alguien está enfermo? -le preguntó.
Belinda, le dije.
Oh. ¿Puedo hacer algo?
No, gracias, Carmelita, le dije. Puedo cuidar de ella, le dije con firmeza. Fijó los ojos oscuros en mi cara por un momento y, sin expresión, asintió con la cabeza y regresó a su habitación en la parte trasera de la casa. Yo sabía que ella no me había creído, pero incluso cuando era una niña, Carmelita nunca me había desafiado.
Cuando estaba en la cocina cogiendo la bebida para Belinda papá entro por la puerta de atrás. Se quedó allí un momento, con la cara manchada de sudor y las manos cubiertas de suciedad.
Ya está hecho, dijo. ¿Cómo están las cosas arriba? -preguntó, desviando su mirada hacia el techo.
Mama esta con ella, voy a llevarle algo frio.
Papá asintió con la cabeza y se miró sus muñecas y las manos manchadas antes de mirar hacia mí.
Entiendes porque lo estoy haciendo todo de esta manera, ¿no es así, Olivia? La conclusión es que es la mejor manera de proteger a la familia.
Entiendo, papá.
¿Ella dijo que nadie más sabía lo que ocurría?
Eso fue lo que dijo, respondí, no sin una mueca de escepticismo que papá decidió ignorar.
Bueno, se despidió.
Ella no me dice quién es el padre, añadí. Dice que no lo sabe.
Negó con la cabeza.
Tal vez sea mejor. No podemos acusar a alguien y agitar un nido de avispas.
Sea quien sea, no debe salirse con la suya, papá.
Ya está hecho. Deja que todo sea enterrado, agregó y luego fue para lavarse antes de volver a ver a Belinda. Una vez más, pensé, mi hermana mimada se escapa de algo terrible.
Cuando regresé a la habitación de Belinda con su agua, mamá se había recostado cómodamente. Le di el refresco y lo bebió a sorbos mientras me sonreía.
Gracias, Olivia. Lo siento, por todo.
Sí, es cierto, dije sin pestañear. Parecía que iba a estallar en llanto de nuevo y hacer que mamá se sintiera peor. Ahora descansa, Belinda. Seguro que no quieres enfermar gravemente, cambió de expresión al instante a una expresión de gratitud y luego extendió la mano para tomar mi mano.
Eres mi mejor hermana, ella dijo. Casi se echó a reír.
Soy tu única hermana, Belinda.
Lo sé, pero eres tan buena conmigo.
Ella es buena contigo. Es buena con todos nosotros, dijo mamá mientras me sonreía. Lo que todos tenemos que hacer ahora es descansar un poco.
¿Cómo se puede dormir después de esto? -Murmuré. Si mamá me escucho optó por ignorarme.
Papá llegó a la puerta y se asomó.
¿Y bien? , preguntó.
Ella está bien, Winston, dijo mamá.
Eso es bueno. Es mejor que nos comportemos como si esto no hubiera pasado, aconsejó.
Es lo mismo que pretender que no hay mar ahí fuera, declaré.
Tu padre tiene razón, Olivia. No servirá de nada hablar de ello, incluso entre nosotros mismos. Vamos a cerrar nuestros ojos e imaginar que era una pesadilla, sugirió.
No me sorprendió oírla decir una cosa así. Era la forma en la que mamá manejaba la mayoría de las cosas desagradables de su vida. Ni siquiera un evento como este sería diferente.
Se inclinó para besar a Belinda que le sonreía, y luego salió de la habitación. Papá se quedó mirando un momento hacia mí, luego al suelo y luego a Belinda.
Todo el mundo debería dormir, dijo y se fue.
Miré a Belinda. Ella me ofreció su sonrisa, pero yo sólo moví la cabeza hacia ella.
Estoy tan cansada, Olivia, dijo. Me siento por dentro muy débil, demasiado, pero yo no quería alarmar a nadie. Papá no querra que yo tenga que ir a ver un médico.
Vivirás, le dije. Sólo tienes que dormir.
Revisé la habitación una vez más y me dirigí hacia la puerta, deteniéndome en la puerta para mirar hacia Belinda. Parecía pequeña, como una niña otra vez. Cuando está dormida.
Me quedé despierta en mi cama intentando no pensar en Belinda, o en mis padres. Reflexioné acerca de ese niño muerto cuya chispa de la vida se apagó tan rápido y que fue enterrado en algún lugar en nuestra propiedad poco después, seguramente no tendríla ningún recuerdo de haber nacido en esta familia.
Por el momento, pensé, él era afortunado.

sábado, 29 de mayo de 2010

Capitulo 1 -Llanto en la noche- (1º parte)


Al principio creía que estaba soñado, porque cuando me desperté y abrí los ojos, no oí nada, solo el silbido del viento que sopla desde el océano. La corriente de la luz de la luna se filtraba a través de mi visillo blanco bañando las paredes con una luz de color amarillo pálido. La persiana de mi ventana golpeó contra el cristal y, a continuación, oí el sonido de nuevo, esta vez con los ojos abiertos. Yo escuchaba, mi corazón golpeando como un tambor en aumento constante en previsión de algún anuncio o evento. Después de un momento lo escuché una vez más.
Sonaba como un gato en celo, pero no teníamos gato. Papá odiaba a los animales domésticos, era más una obligación que un placer. Los únicos animales que según el eran de utilidad era un perro guardián o un perro guía para ciegos, y no tenía necesidad de ninguno de ellos. Nuestra casa estaba lo suficientemente lejos del centro de Provincetown y estaba rodeada de muros de diez pies de alto con una puerta de entrada que la cerraba Jerome, nuestro mayordomo, todas las noches. Papá también mantiene la escopeta debajo de su cama, "por si acaso." Decía el, es mucho más barato que la alimentación de los perros guardianes, y concluía "y también es más eficaz."
Esta vez el sonido fue aún más fuerte. Me senté tan deprisa que alguien podría pensar que tenía resortes debajo de mí, pero me di cuenta de los agudos gritos no eran de mi imaginación o de las pesadillas. El ruido venía a través de la pared entre mi habitación y la de Belinda. No fue un aullido, exactamente, ni era un chillido. Había algo familiar en el sonido y sin embargo, algo inusualmente crudo. No era ciertamente un ruido que a Belinda se le ocurriera hacer, pero no había duda de que emanaba de su dormitorio.
Salí de mi cama, cogió mi bata de la silla de al lado de mi cama, y metí los brazos en las mangas al salir de mi habitación. Papá y mamá ya había salido de su dormitorio. Madre estaba todavía en camisón y papá estaba en pijama. El sonido horrible continuó.
Por todos los infiernos... papá comenzó a abrir la puerta cerrada de Belinda. Lo seguí, con mama en tercer lugar, pero cuando papá abrió la puerta y llego un grito horrendo de Belinda, mama se inclinaba hacia adelante.
Winston, ¿Qué ocurre? -exclamó ella.

Papá encendió la luz, iluminando la visión más sorprendente y alarmante que podíamos tener ante nosotros.
Belinda estaba tirada en el suelo, con sangre en su camisón y que llegaba hasta sus pechos. Allí, entre sus piernas, había un bebé recién nacido, el cordón umbilical y la placenta aún adherida a ella.
Belinda tenía en los ojos un espantoso terror. Los ojos del bebé se cerraron, movió su bracito y luego dejó de moverse.
"Jesús, María y José”-exclamó papá en voz baja, con los pies golpeo el suelo debido a la sorpresa.
Los ojos de mama estaban desorbitados y se inclinó hacia papa como si su médula espinal se hubiera convertido en gelatina.
!Leonora¡, dijo papá.
Llévala a la cama papa, le dije. Yo me encargo de Belinda.
Miró de nuevo una vez más para comprobar que todo era real y no un producto de su imaginación. Luego se agachó, metió los brazos bajo mama y la levantó como si fuera un bebé llevándola de regreso a su dormitorio.

Entré en la habitación de Belinda, rápidamente cerrando la puerta detrás de mí. Nuestros criados estaban abajo y seguramente se habrían despertado también. Belinda gimió. Tenía los ojos en blanco como si la habitación estuviera girando. Ella tenía los brazos en alto, como si tuviera miedo de tocar al bebé o ella misma.
Yo no lo podía creer. ¿Que acaba de suceder?, dije. Todo su cuerpo temblaba. Me acerqué a ella y contemplé el espectáculo sangriento.
¿Estabas embarazada? ¿Todo este tiempo has estado embarazada? Pregunté con incredulidad.
Sí, dijo ella, jadeando.
Ahora todo tenía sentido. Muchas veces durante los últimos meses papá y yo habíamos hecho comentarios sobre el aumento de peso de Belinda. Ultimamente ella parecía estar muerta de hambre en cada comida y no parecía en absoluto preocupada por que las caderas y la cara se le hinchaban cada vez más. Realmente no le importaba. Era más bien papá quien se quejaba. Su muñeca Barbie poco a  poco fue desapareciendo ante sus ojos y en su lugar creció esta criatura que no se preocupaba por su aspecto. Yo se lo decía a mi hermana.
Oh, una o dos veces, le dije cosas como: ¿No temes perder tu séquito de novios?
Ella no se mostró preocupada, aunque es cierto que los hombres jóvenes y menos jóvenes seguían visitándola o pidiendo que les acompañara a navegar, o a pasear por la playa o la ciudad. Ahora que miré fijamente hacia ella se retorcía en el suelo de la habitación, su niño callado e inmóvil entre sus muslos, me di cuenta de porque me habia impedido tan insistentemente verla desnuda en varias ocasiones. Tras una búsqueda rápida en su armario descubri un par de fajas en una caja. También comprení ahora su repentino interés, y poco normal, por los vestidos holgados, como los que utilizaba la abuela y que cada vez ella usaba más.
Me arrodillé a su lado y puse mi mano sobre el pecho del niño pequeño. Lo sentí frío y ya no vibraba por los latidos del corazón, el pecho no subía y bajaba con las respiraciones.
No creo que este vivo, le dije.
Ella gimió de nuevo.
Por favor, Olivia, sácalo de aquí… no quiero tocarlo, dijo.
No me moví rápidamente. Me quedé mirando la pequeña criatura arrugada durante un tiempo, estudiando sus rasgos faciales, sus labios azules y sus dedos tan pequeños que ni siquiera uno de mis dedos pequeños era más ancho que todos los de su pequeña mano juntos.
Es un niño, le dije, más como un pensamiento en voz alta, ella expresó que no queria saber nada..
Belinda cerró los ojos y empezó a hiperventilar. Ví su sufrimiento por un momento, todavía aturdida por lo bien que había mantenido este secreto. ¿Qué pensaría nuestro padre ahora de su pequeña princesa? Me pregunté.
¿Tienes una idea, incluso un indicio de una idea, de lo terrible que es esto que has hecho, Belinda? ¿Te has parado a pensar en lo que acaba de suceder y a pensar en lo que esto va a hacer a nuestros padres? ¿Por qué no lo contaste antes, papá podría haber hecho algo al respecto en vez de engañar a todo el mundo y ocultar tú condición?
Tenía miedo, murmuró y comenzó a lloriquear y sollozar. Seguro que ahora todo el mundo me odia.
Ah!, y ahora que esperas ¿que todos te quieran? Repliqué. Ella cerró los ojos y contuvo la respiración un momento.
Por favor, por favor, Olivia, ayúdame, pidió.
¿De cuántos meses estabas embarazada? Le pregunté.
No lo sé exactamente, pero por lo menos de seis o siete, dijo rápidamente.
Es por eso que este niño es tan pequeño. Se trata de un nacimiento prematuro.
Sabía que estabas teniendo sexo con alguno de tus novios, Belinda. Lo sabía. Te dije que esto iba a suceder. Te lo advertí. Ahora mira, mira lo que has conseguido con tus juegos, que comportamiento más egoísta.
Ella sollozaba una disculpa.
Derecha, murmuré. Todos acaban en un abrir y cerrar de ojos y luego se van.
Por favor, Olivia...
¿Quién es el padre? -Pregunté. Ella no respondió.
Hay que decirlo, Belinda. Sea quien sea que soporte al menos la mitad de la responsabilidad. Papá va a querer saber. ¿Quién es? ¿Arnold Miller?
Él era un muchacho con el que había estado mucho más que con otros.
No, dijo ella rápidamente. Arnold y yo nunca fuimos tan lejos.
Entonces, ¿quién fue, Belinda? Yo no voy a jugar a las adivinanzas contigo. Dímelo, si no me lo dices, te voy a dejar aquí revolcándose en este... desastre.
No lo sé, se lamentó. Por favor, Olivia.
¿Cómo no lo vas a saber? a menos que tú... Dios mío, Belinda, ¿con cuántos hombres te has acostado? ¿Y tan de seguido que no puedes determinar quién era el padre de este... este niño?
Por el momento yo no sabía lo que me molestaba más: que ella hubiera tenido tantos amantes o que yo no hubiera tenido ninguno.
Ella se limitó a sacudir la cabeza.
No lo sé, Olivia. No lo sé. No quiero culpar a nadie. Por favor.
Vas a tener que decirle algo a papá, Belinda, le advertí. Él no se conforma con un no lo sé.
Abrió los ojos y miró hacia mí, y por un momento, pensé que iba a revelar el nombre del padre de su bebé. ¿Sería alguien a quien yo conociera también?
¿Y bien?
No puedo culpar a alguien si no lo sé a ciencia cierta, se declaró finalmente. ¿Puedo?
Todos son culpables. Puede ser que también nombre a todos ellos y dejar que cada uno sude, dije, pensando que sería una venganza justa y poética.
No puedo, gemía, ella negó con la cabeza tan fuerte que yo pensé que iba a arrancársela de su cuello.
Bueno, tu misma. Ya verás lo que va a pasar ahora. Ya verás, predije.
Me levanté y fui a su cuarto de baño para coger unas toallas.
Luego envolví al niño muerto con una. Lo puse en la cama junto con el cordón umbilical y la placenta justo en el momento en que papa abría la puerta del dormitorio y entraba en la habitación. Miró a su alrededor, evitando mirar a Belinda por un momento. Miró al niño antes de volver su mirada inquisitiva hacia mí.
Creo que está muerto, papa, le dije.
Asintió con la cabeza.
Es lo más probable, dijo, y se acercó a la cama. Se agachó lentamente levantando su grande mano y puso la punta de su dedo índice en el cuello del bebé. Sí, dijo. Una bendición.
Belinda comenzó a llorar.
¡Basta ya!, dije inclinándome sobre ella. ¿Quieres que Carmelita te oiga y venga corriendo aquí arriba?
Belinda amortiguo sus sollozos y se volvió para un lado.
¿Puedes bañarla y llevarla de regreso a la cama? me preguntó papá.
Sí, papá.
¿Esta ella... sangrado o algo? ¿Vamos a necesitar un médico?
No lo creo.
Asegúrate. Yo, ahora vuelvo, dijo.
¿Cómo está mi madre?
Yo la he calmado un poco, pero todavía está temblando, dijo con tristeza.
Después de meter a Belinda en la bañera iré a verla, le prometí.
Bien, dijo, y se fue de la habitación.
Levántate, Belinda. No puedo levantarte y llevarte hasta el cuarto de baño. Voy a echar un poco de agua en tu bañera.
Al menos por ahora tapate. Te ves absolutamente repugnante gimiendo y revolcándote en el suelo. Le dije.
Ella gimió en respuesta y empezó a levantarse sobre los codos. Había sangre en sus piernas, pero ella no parecía estar sangrando más. Respiró hondo y suspiró de nuevo tan profundamente que pensé que se había desmayado.
¿Sientes algún dolor?
No necesito un médico, dijo. Voy a estar bien.
Tal vez no necesites un médico, pero si vas a estar bien eso queda por ver, le dije.
Miré de nuevo al niño muerto. Yo no podía distinguir el color de su mechón de pelo porque su cabeza estaba cubierta de sangre pegajosa. No había manera de estudiar y determinar quién pudiera ser el padre, pensé,  me fui al baño para llenar la bañera de Belinda.
Después de que la ayudé a meterse en la bañera, oí que papá regresaba a la habitación. Fui a la puerta del baño y vi que había traído una caja de zapatos. Me miró mientras levantaba el niño muerto, lo envolvió más estrechamente en la manta, y luego con cuidado, como si estuviera vivo, lo puso en la caja.
Tendremos que limpiar esto nosotros mismos, dijo, señalando con la cabeza hacia el suelo. No quiero que los criados sepan nada, Olivia.
Yo me encargo de ella, papá.
¿Cómo está?
Ella está bien. Va a vivir, dije con aspereza. Él asintió de nuevo y levantó la caja en sus brazos.
¿Qué vas a hacer, papá?
Hizo una pausa.
Voy a tener que enterrar al pobre, dijo.
Por un momento me quedé allí mirándolo mientras agarraba el ataúd improvisado en sus brazos.
¿No tenemos que informar de ello a alguien? Le pregunté.
Si hacemos eso, Olivia, este acontecimiento será una terrible noticia de primera plana en todos los hogares y en la taberna en Provincetown. No sería bueno para Belinda, y sería muy perjudicial para la familia. Aparentemente, ella hizo un buen trabajo al mantener todo esto en secreto para nosotros, pero habrá que asegurarse de que nadie más sabe sobre él, añadió.
Sí, papá.
No lo olvides. Tan pronto como hayas terminado con ella, por favor, échale una mirada a tu madre.
Lo haré, papá.
Se quedó mirándome un momento y luego miró la caja en sus brazos.
Tiene que ser así, concluyó, más para sí que para mí, pensé. Dio media vuelta y salió corriendo de la habitación con la caja de zapatos firmemente acunada en sus brazos.
Volví a la bañera y me encargué de que Belinda se lavara. La ayudé a secar su cuerpo y luego le traje una camisa nueva y limpia. Después de que conseguí tumbarla de espaldas en la cama, bajé a la habitación de la limpieza. Me di cuenta de que tenía que ir de puntillas y escabulléndome por mi propia casa, moviéndose como un ladrón para no despertar a Carmelita, nuestra criada y cocinera, o a Jerome. Cogí un cubo, una fregona, trapos y detergente. Luego volví a la habitación de Belinda y llené el cubo con agua caliente.
Afortunadamente, se había bajado de la cama en una alfombra y la alfombra había absorbido la mayor parte de la sangre. Me di la vuelta hasta la alfombra y la arrastré sobre cualquier rastro del horrible acontecimiento. Belinda yacía con los ojos cerrados, gimiendo en voz baja, de vez en cuando sollozaba. Mientras trabajaba, iba recitando una retahíla de quejas y castigos.
Desde luego esta vez la has hecho buena. Madre está fuera de sí y papa esta pálido como un cadáver.
Todos vamos a tener pesadillas para siempre. ¿Qué te creías, que todo iba a desaparecer sin que nadie lo supiera?
Hice una pausa y miré su pequeña cara.
¿Pensaste que estar embarazada era como tener un resfriado o el sarampión? Tal vez te hayas dañado para siempre, Belinda, Tal vez ahora nunca serás capaz de tener un hijo decentemente. Nadie va a querer casarse contigo. ¿En qué estabas pensando? despotrique. ¿Cómo podía estar pasando esto? Me pregunté. ¿Cómo podría alguien, incluso Belinda, hacer algo así a sí misma y su familia?
Por favor, Olivia, por favor, detente. Por favor, le pidió poniéndose sus manos sobre los oídos.
Detenerme, yo podría parar y tu limpiarías este desastre, murmuré. ¿Alguien más sabía acerca de tu embarazo? No se lo dijiste a ninguno de tus amigas chicle de goma del instituto, ¿verdad? seguí. La mayoría de las amigas de Belinda eran tontas.. Llamé a todas ellas, club de chicle de goma, porque pensé que sus cerebros estaban llenos de goma.
No, nadie sabe nada, juró. Siempre me vestía y desnudaba en privado cuando daba clases de educación física, y nunca me ducho en el instituto.
Espero que estés diciendo la verdad, le advertí.
Fui al baño y limpié la bañera para que Carmelita no encontrara ningún rastro de esta tragedia.

viernes, 28 de mayo de 2010

Epilogo

La primavera sobre el cabo siempre me sorprendía. Era casi como si nunca esperara que volviera. Los inviernos eran largos y tristes con días cortados por el borde agudo de noche, pero nunca me fijé en los cielos nublados y en los vientos gélidos como hacían los demás. Sobre todo mi hermana menor Belinda. Por lo que yo puedo recordar nuestros compañeros creían que yo era tan fría como el invierno. No recuerdo exactamente cuándo o como esto comenzó, pero un día alguien se refirió a mí como la señorita fría y a Belinda como señorita cálida, y aquellas etiquetas siguen hasta estos días.
Cuando ella era una niña, a Belinda le gustaba salir de la casa, correr hacia el aire libre, coger el viento en su pelo, y dar vueltas y reír hasta que se mareaba y se caía sobre la arena, histérica, excitada, sus ojos casi tan luminosos como dos velas de cumpleaños, todo lo que ella hacía era una explosión. Nunca hablaba despacio, siempre hablaba como si las palabras aplastaran sus pulmones y tuviera que soltarlas antes de que muriera. Todo lo que ella decía, por lo general era puntuado al final con un jadeo, “tenía que decirlo antes de que me muera”
Cuando tenía doce años Belinda andaba con un movimiento de caderas propio de una mujer madura, girando y moviendo sus hombros como una cortesana entrenada. Agitaba sus manos frente a sus admiradores como una geisha, pretendiendo ocultar sus ojos coquetos y conteniendo la risa entre sus pequeños dedos. Yo veía como los hombres volvían sus cabezas y se embobaban hasta que comprendían lo joven que era, casi siempre volvían a mirar para asegurarse y en sus caras oscuras se podía contemplar la decepción.
Su risa era contagiosa. Quienquiera que estuviera a su alrededor el tiempo suficiente rompía con una risa llena de vida como si ella los tocara con una varita mágica que les hacía olvidarse de su depresión, su tristeza o angustia. La gente, sobre todo los muchachos, se hacían amnésicos en su presencia olvidando sus responsabilidades, sus deberes, sus citas y sobre todo, sus propias reputaciones. Ellos hacían las cosas más tontas solo por conseguir su atención.
“Usted se parece a una rana, Tommy Carter. Queremos oírle croar. Vamos”, ella se burlaba, y Tommy Carter, dos años mayor, casi un graduado de instituto, se agachaba como un sapo e iba saltito a saltito hasta un coro de risas y aplausos. Poco después Belinda lo dejaba, conduciendo a alguien más al borde precario de sanidad y dignidad.
Yo siempre supe que ella crearía algún problema. Pero nunca comprendí cuan desastroso podría llegar a ser. Traté de corregir su comportamiento, enseñarla como ser una dama, y sobre todo, como ir alrededor de muchachos y hombres con precaución. Ellos siempre le daban regalos y ella siempre los aceptaba, no importa cuan enérgicamente la advirtiera contra ello.
“Esto te crea una obligación, le decía. Devuelve estas cosas, Belinda. La cosa más peligrosa que puedes hacer es llenar el corazón de un joven de falsas promesas”.
“No las pido”, protestó. “bueno, tal vez lo insinuó pero no los obligo. Entonces no les debo nada. A no ser que yo quiera deberles algo”, añadía con una risa maliciosa.
Por alguna razón se me fue impuesta la tarea de enseñar a Belinda la dirección que ella tan desesperadamente necesitaba.
Nuestra madre evitaba la responsabilidad y las obligaciones. Ella lamentaba oír algo repugnante o ver algo feo. Su vocabulario siempre estuvo lleno de eufemismos, palabras para ocultar las verdades oscuras en nuestro mundo. La gente no moría, ellos se marchaban para siempre, papá nunca era tacaño con ella. Él era de espíritus. Ella lo hacía sonar como si los espíritus fueran algo que coges de la gasolinera cuando llegas con el depósito del coche vacío. Siempre que cualquiera estuviera enfermo, ella los culpada a esa enfermedad. cogimos frío por ser descuidados y conseguimos dolores de barriga de comer los productos de alimentación incorrectos. Esto era siempre el resultado de una pobre opción que nosotros habíamos hecho y si nosotros solo lo intentáramos, mejorariamos todos y nunca enfermariamos y cada uno sería feliz otra vez.
“Cerrad fuerte los ojos y desead mejorar, es lo que yo hago”, decía mi madre.
Para mí lo peor era el modo en que nuestra madre veía lo que Belinda hacía, ella decía que sus fracasos eran nada más que un revés temporal. Sus travesuras y pequeños actos indecentes eran siempre debido a la juventud. Ella lo superaría pronto.
“Ese pronto nunca llegara, madre”, decía yo con la autoridad de un clarividente.
Pero madre nunca escuchó. Ella agitaba el aire alrededor de sus oídos como si mis palabras no fueran nada más que un molesto mosquito. Durante un tiempo me quejé, “yo siempre me levantaba del lado equivocado de la cama”.
Yo cerraba los ojos y esperaba que todo se marchara; las tormentas, la enfermedad, el mal comportamiento de Belinda, el temperamento pobre de papá, la estrechez económica, guerras, pestilencia, crimen, todo esto, solo se marcharía para que fuera todo más levemente soportable.
El cuarto de nuestra madre estaba siempre lleno de flores. Ella odiaba la humedad, los olores mohosos. Llenaba su día de melodías de caja de música y en realmente llevaba gafas con cristales teñidos de rosa porque ella odiaba los colores embotados, las cosas descoloridas, las molestas nubes oscuras que asomaban sus caras magulladas en nuestro camino.
Belinda era aún más pequeño que yo y, yo tenía que admitir que tenía la cara más perfecta, sus ojos eran más azules, los míos eran más color gris, ella tenía una nariz más pequeña y su boca estaba en una proporción perfecta. Sus labios siempre tenían una curva suave que le hacía un hoyuelo diminuto en su mejilla izquierda, cuando Belinda era pequeña papa tocaba su hoyuelo con un dedo y fingía que era un botón, Belinda entonces, como se suponía, bailaba y hacia un baile ostentoso cuando aún tenía solamente dos o tres años.
Papá emitía una risa tan profunda que parecía como si saliera del fondo de su corazón cuando ella daba vueltas e hacía piruetas en la sala de estar siempre con su índice derecho apretado en la cima de su cabeza. Madre se reia y aplaudía como lo hacía cualquier invitado que tuviéramos.
¿No puede Olivia bailar también? preguntó el Coronel Childs, uno de los amigos íntimos de papá, cuando pregunto yo alce la vista y papá me miró fijamente un momento y luego sacudió su cabeza despacio, sus ojos intensos y firmes sobre mi rostro.
No, Olivia no baila. Olivia piensa, dijo con una cabezada aprobatoria. Ella planifica y organiza. Ella es mi pequeño general.
Después cuando ya fuimos más mayores papa seguía refiriéndose a mi como mi pequeño general, Belinda se burlaba haciéndome saludos militares en los vestíbulos o en la mesa, luego se reía y me abrazaba y decía “solo bromeaba Olivia, no seas tan odiosa”.
“Ser seria y tenerse autorespeto no es odioso, Belida, deberías intentarlo”.
Ah, no puedo. Mi cara no hará esas líneas en mi frente. Mi piel solo tendrá alegrías, gritó, marchándose a toda velocidad con sus risas tontas que arrastran detrás de ella como las colas de cinta sobre una cometa.
Ella era muy frustrante todo el tiempo. ¿Porque sería que ni mi padre ni mi madre vio en ella lo que yo vi? nuestro papá raras veces se disgustaba por algo que Belinda hacia o decía y si por el fuera, lo dejaría todo como si nunca hubiera pasado. En el momento que el levantara la voz y comprobara lo que Belinda hacia el cogería el control de aquel carácter salvaje y ardiente.
Muchas veces yo había sido testigo de su rabia, lo vi soltar su furia contra políticos, representantes gubernamentales, abogados y otros hombres de negocio. Lo vi reñir a criados por su trabajo tan severamente que ellos abandonaban su presencia con su mirada al suelo, sus cabezas bajas, sus caras pálidas. Él era mordaz y agudo con sus palabras, podría destruir a alguien con solo una palabra.
Sin embargo, en el momento de castigar a Belinda, él daba marcha atrás. Yo casi podía verlo extender la mano y tirar las palabras hacia atrás a sus labios. Si sus ojos parecían cristales con lágrimas, él la trataba como si la hubiera herido de forma fatal y al final le compraba algo nuevo o le prometía algo maravilloso. Era como si las risas de ella fueran imprescindibles para pasar el día.
A veces, mientras cenábamos todos juntos o después de la cena en el salón sentados mirando la televisión o leyendo, yo miraba a papa y lo veía mirar fijamente a Belinda, su cara llena de admiración, sus ojos fijos sobre sus delicados rasgos de la misma forma que un coleccionista de arte podría apreciar alguna antigüedad rara, alguna obra maestra.
¿Por qué no me mira él así alguna vez? me pregunté tristemente. Yo nunca había hecho nada que lo hiciera avergonzarse o sentirse infeliz. Yo sabía que él estaba orgulloso de mis logros, pero se comportaba como si no esperara menos. Comprendí que él tomo por sentado que yo siempre conseguiría premios en el colegio, elogios de sus socios o logros en casa.
Cuando termine la escuela con las notas más altas, él me besó sobre la frente y sacudió mi mano. Casi esperé que me diera un número de identificación personal colocado en una cinta sobre mi pecho y me promocionara en su empresa. Mi recompensa debía ser un lugar de responsabilidad en el negocio de la familia hasta el día en el que algún señorito fino se acercara al papá y pidiera mi mano en matrimonio. Nunca entendí bien lo por que él fijó estos canones, esperanzas y expectativas sobre mí. Papá simplemente rechazó creer que los tiempos fueran diferentes, que los jóvenes buscaran a mujeres con calidades muy diferentes que la de tener una familia fina y un buen comportamiento. Era casi como si él creyó que él y nuestra familia estabamos exentos de los cambios sociales y políticos que afectaron a todos los demás.
Si él alguna vez era desafiado en sus creencias, él sacudia su cabeza y decia, el mal comportamiento no es buen negocio.. No hay ningún beneficio en ello. ¿Siempre que hagas algo en esta vida, deberías parate y preguntarte si estas actuando correctamente? si haces esto, siempre tomaras las opciones derechas.
Era algo que él debería haberle enseñado a Belinda, pensé, pero él nunca la sermoneó. De hecho, él raras veces le daba cualquier consejo. Le permitieron ser un espíritu libre, que flotaba por nuestra casa y nuestras vidas, despreocupada, espontánea, impenitente y siempre sin ninguna obligación,  sin preocuparse y sin la más minima responsabilidad.
Cuando preguntaba a papá sobre aquello, él movia la cabeza, dándo la impresión de que yo tenía razón, y luego él se paraba y me decia; Vas a tener que cuidar de ella.
¿Cuándo comenzara a cuidarse ella misma, papá? ella está en el último curso del instituto, repliqué. Algunas mujeres nunca se hacen nada más que viejas muchachas, dijo él.
Pensé que él solamente ponía excusas y esto siempre me ponía furiosa. ¿Por qué siempre tenía escusas para Belinda? ¿Por qué no la agarraba un día y la sacudía hasta que esa risa tonta y coqueta desapareciera de su cara de porcelana? ¿Por qué no la obligaba a crecer? ¿Por qué no la forzaba a afrontar las consecuencias de sus acciones? eso en la madurez, declaré en mi discurso imaginario, un discurso que raras veces pronunciaba y cuando lo hacia ellos no prestaban atención.
No quiero crecer, tuvo una vez Belinda la audacia de confesar. Es aburrido y desagradable y deja fruncido el ceño por las preocupaciones. Quiero ser una niña para el resto de mi vida y hacer que los hombres me cuiden.
¿No tienes amor propio, ni una pizca? pregunté.
Ella encogió y ablandó aquellos ojos y aquellos labios que hacían sonreir a tantos.
Solo cuando lo necesito, declaró.
A veces, cuando me dirigía a ella se me hacía un nudo en el estómago. Yo me sentía como si empezara una lucha y tuviera las piernas hechas de acero, la frustración amenazaba con partirme en dos, desee extender mi mano y pegarla en su cara de tonta.
Y luego ella me abrazaba y decía, Olivia tu tienes bastante amor propio para nosotras dos, tengo la gran suerte de que seas mi hermana mayor.
Después ella se iba corriendo para encontrarse con sus amigos y coquetear con su multitud de admiradores masculinos, abandonándome para que yo atendiera sola cualquier tarea que papa hubiera impuesto para las dos.
Debo confesar que a veces yo estaba allí de pie, mirándo como se escapaba de sus quehaceres y deseaba ser ella. Cuando ponía su cabeza en la almohada por la noche, estaba siempre llena de pensamientos dulces, mientras que la mía era una calle principal con un desfile de preocupaciones y obligaciones. Sus oídos estaban llenos de la música y promesas. Los mío fueron llenados de reuniones y citas. Yo era la agenda personal de papa. Él podía poner la punta de su dedo sobre el hoyuelo de Belinda y hacer que su risa le calentara el corazón, pero él sólo tenía que señalarme con su dedo para que le dijera cualquier fecha o acontecimiento que tuviera previsto.
No es que fuera ingrato. Él se jactaba de su pequeño general, pero algo en mí, la Belinda que había en mí, quería que él mencionara otras cosas sobre mí. ¿Sé que él pensó que yo era más significativa y más prometedora para traer el éxito a la familia, pero ¿ninguna vez pensó en mi como la mejor? ¿Podía yo ser atractiva y responsable a la vez?
Lamentablemente, concluí y temí, papá se parecía a la mayor parte de hombres, débil cuando veía una risa coqueta, un gesto frívolo, tonto, un abrazo rápido y el beso como si el afecto fuera cualquier tipo del substituto de la responsabilidad.
Algo dentro me dijo que si yo quería que los hombres me admiraran tendría que imitar a mi hermana y dejar todas las responsabilidades y las ideas solo en mi cabeza.
¿Pero sería más feliz de esa forma? la mayor parte de los hombres que yo había encontrado en mi vida trataron de convencerme, pero estaba empeñada en no hacerme el juguete de algún hombre como mi madre se había hecho para mi padre. Belinda piensa que es feliz, pero ella no entiende como los hombrecitos realmente piensan de ella, y el poco respeto que le tienen, concluí. Ellos podrían ansiar y desearla, pero cuando estuvieran satisfechos, cuando la hubieran usado, se hubieran saciado, la dejarían a un lado, donde ella se quedaría sola en la miseria, en algún sitio gritando sobre su juventud y belleza pérdida, odiando al mundo por haber envejecido, ella moriría siendo una niña.
Yo moriría siendo una mujer, y no sería utilizada para satisfacer a ningún hombre. Sí, había una parte de mí que se quería parecer a Belinda, pero que era tener a unos cuantos hombres plantados frente a mí si tenía que someterme a tanto.
Llámenme pequeño general. Llámenme señorita fría y llamen a Belinda señorita caliente, pensé.
¿Pero al final, ellos me llamarán a mí con respeto, y realmente, al final, qué importa más, respeto o amor? nadie realmente sabe que es el amor. ¿Cuántos maridos y mujeres tenían esta obligación supuestamente mágica?
La opción era simple, pensé: estre ser un soñador o ser realista y pasar el día haciendo lo que quiero y no esperando.
Belinda bailaba y mi padre reía. Mi madre escapaba del dolor y la oscuridad, y yo, estaba de pie detrás de todos ellos, como una pared impenetrable, manteniendo el desastre lejos de nuestro umbral. Al final todos ellos me apreciarían.
¿Y qué querría alguien más de eso?
El tintinear de la risa del Belinda se extendió a lo largo de los pasillos oscuros de mi propia duda, llenando mi mente con pequeñas chispas, impidiéndome estar absolutamente segura.


BELINDA LOGAN


OLIVIA LOGAN

PARA MI ESTAS SON LAS PROTAGONISTAS

SINOPSIS

BELINDA LOGAN ERA UN ESPÍRITU LIBRE, DESPREOCUPADO, ESPONTÁNEO, FELIZ.
OLIVIA ERA SIEMPRE LA SENSIBLE. LA HERMANA RESPONSABLE. OLIVIA TOMÓ DESPUÉS DE SU PADRE, UN HOMBRE TAN FRÍO Y PREVISIBLE COMO EL VIENDO DE CAPE COD, UN HOMBRE POSEÍDO POR UNA NECESIDAD INTERIOR DE SER RESPETADO Y ACEPTADO.
PERO AUNQUE OLIVIA SIEMPRE SUPO QUE SU HERMANA PEQUEÑA CREARIA PROBLEMAS, NUNCA IMAGINO CUAN DESASTROSOS PODRIAN LLEGAR A SER. ENTONCES LLEGO LA TRAGICA NOCHE, CUANDO OLIVIA FUE DESPERTADA POR EL SILBIDO DEL VIENTO DEL OCÉANO, UN SILBIDO QUE SE CONVIRTIO EN UN GEMIDO SOBRENATURAL. LA TRAGICA NOCHE DE LA CUAL SU PADRE PROHIBIO QUE VOLVIERAN A HABLAR ALGUNA VEZ. LA NOCHE QUE ELLOS NUNCA OLVIDARÍAN. LA NOCHE QUE ENVIARÍA A LAS SIGUIENTES GENERACIONES DE LOGANS POR UN CAMINO INEVITABLE DE MENTIRAS, ENGAÑOS Y ANGUSTIA...